Acabo de ver un youtube en el que Berlusconi tiene un lapsus: “Soy un perseguido. El más grande de la historia, dado que siempre me han absuelto, con dos prescripciones. He gastado 200 millones en jueces… perdón en abogados“.

Se podría decir que son la injusticia, la incompetencia o la maldad, las que tienen al mundo hecho el asco que es, pero cada día tengo más claro que todas ellas se pueden resumir, a efectos prácticos, en la corrupción. Es la corrupción la que no deja levantar cabeza a continentes enteros como África y Latinoamérica. ¿Qué decir de Rusia?, los países islámicos… EEUU, y sus contratos de reconstrucción…

En Europa, nos reíamos/escandalizábamos de Italia, era el referente, y en España, aunque con numerosos y evidentes casos repartidos por toda la geografía, sabíamos que le íbamos a la zaga, hasta ahora no se había materializado la sensación de que estamos en el mismo nivel. La corrupción, se ha demostrado, llega hasta lo más alto y lo más profundo del estado. Y a aquel gobierno de Aznar, que llegó ejemplarizante y con savia nueva tras los turbulentos últimos años de González, ahora comprobamos el grado de podredumbre que lo aquejaba. Hasta arriba, hasta el mismo Aznar, hasta Fraga, en el PP están todos en el ajo, y no hablamos siquiera de “miro hacia otro lado”, sino de participación activa. Y cuando no es el PP es el PSOE, porque al menos a nivel local me consta que, donde vivo, la corrupción es sistemática. No se necesitan sentencias judiciales cuando se saben las cosas. Pienso luego existo. Después de oír esas patéticas grabaciones del caso Gürtel no necesito más para saber qué se cocía, no necesito que ningún juez me diga que un alcalde ha cobrado comisiones si veo cómo se recalifica, se especula, y donde antes había un pinar o una playa, ahora hay un edificio horroroso con todos los pisos por vender, y el alcalde, y su primo y su colega son más ricos que antes. Está en todas partes, no puedes escapar. A poco que te muevas te afectará, y entonces está la disyuntiva, o te unes a ellos (al menos colaboras, con suerte sales beneficiado), o te jodes. Está podrido, podrido todo, y ahora mismo es imposible regenerarlo. La razón más importante es porque la gente lo ha interiorizado tanto que es incapaz de darse cuenta de la gravedad del problema, y de que es la corrupción, desde el escalón más bajo al más alto, la que tiene al mundo como está, desde la más mínima contratación municipal hasta el viscoso mundo de los bancos, en el ámbito público y en el privado. La correlación es directa, y hasta que no se comprenda eso no se podrá solucionar. Ni siquiera me sorprende que con la que tiene liada el PP no baje la intención de voto. No es sólo porque la crisis desluzca las filas ajenas, es porque mucha gente lo ve normal. Sí, normal, porque es lo que ellos harían de estar en esa posición.

No puedo evitar pensar en soluciones, aunque sé que no la tiene (a día de hoy es impracticable operar tantos cerebros; la única esperanza es la educación, que de por sí es lenta, y encima mala), o que la tiene, impuesta desde arriba por las autoridades (crear organismos de control más poderosos y eficientes, quizá), pero los poderes políticos actuales no la van a llevar a cabo, visto lo visto. Me viene a la mente una disposición del emperador Constantino, que ante el problema de la inflación desmedida y la corrupción generalizada, síntomas del comienzo del declive de un imperio tan grande cuyo control escapaba de las manos, ordenó la creación de un cuerpo de inspectores para asegurar la ejecución de ciertas medidas de control (una de ellas era que los comercios y casas de comidas debían exponer sus precios en el exterior, de ahí la costumbre actual de muchos restaurantes de mostrar la carta en la puerta). La creación de este cuerpo de vigilancia supuso tal esfuerzo y absorbió tal cantidad de recursos del imperio, que acabó por ser uno de los factores que precipitó su caída.

Quizá otra medida, la más fácil y más difícil a la vez, fuera erradicar los paraísos fiscales (se calcula que la trama Gürtel tiene dinero en siete paraísos fiscales, -el dinero que debe de haber allí probablemente no lo sepan ni ellos, aunque se habla de ocho mil y pico de millones de euros-). Cualquier ilegalidad económica sería mucho más difícil de llevar a cabo si después no tienen dónde esconder el dinero. ¿No fue en la cumbre ésa donde Zapatero pilló silla cuando se acordó eliminar los paraísos fiscales? No me lo creí en su momento, y sigo sin ver ninguna medida al respecto. Nada, que no hay nada que hacer. Y si de vez en cuando va alguno a la cárcel es porque le cae mal al de enfrente. Tal como están las cosas, la maquinaria de los “malos” funciona a pleno rendimiento y la correlación de fuerzas está demasiado desequilibrada.

Hablemos del tiempo, que es de lo que se habla cuando no se tiene qué decir. O cuando todo cansa y sólo queda el fluir del momento.

Iba yo a escribir un post hace cuatro o cinco días comentando que ya había terminado el verano. Maldición, justo entonces se batió récord de temperatura, como suele ocurrir últimamente: 38 grados y medio, y un sopor que me hizo sentir enferma, (y este lugar, apunto, nunca fue Sevilla). Aunque nada en comparación con los 43 grados de unas semanas atrás. Macorina y yo, cada una en un sofá, como perrillos exhaustos. A ocho kilómetros hacia el interior hicieron 47 grados, 34 grados a las 4 de la mañana, y a esas horas no se produce el efecto invernadero dentro de los termómetros callejeros.

Pero ya ha terminado el verano, aunque siga sin llover. Hoy se ha levantado nublado y un viento brutal, que me gusta. Ha tumbado una maceta de más cincuenta centímetros de diámetro y la ha partido. Tenía una palmera dentro que transplantaré esta tarde, si me da por ahí. Qué pena, esa maceta la compré en Granada hace años. Me costó muy muy barata, lo peor fue transportarla. La palmera la compré en Ikea Alcorcón, el año terrible, cuando huí a Madrid, y para protegerme del agobio y la contaminación del centro, convertí mi salón en un jardín/invernadero, con sus muebles de jardín, sus regaderas, su terraza y sus cortinas de cuentas verdes. La palmera, oferta del momento, medía 30 centímetros y ahora es más alta que una persona. Ahora, que revienta de cantidad de raíces, la pondré en la tierra, como a mí, para que arraigue.

Mientras escribo estas palabras escucho “La Torre del La Vela”, de 091.

(siento el ruido de fondo) ,  (¡qué años!…)

Hace falta Granada -pequeña gran ciudad- para sentir la canción como es (Torre de La Vela = Alhambra), aunque haya cosas universales (Lorca, que estás en los cielos) . Y es que ya soy de muchos sitios. Je. Me retrotrae a antes, antes del año terrible, y así por fin todo tiene continuidad. El viento hace el ruido ése, el tipo peli de miedo, pero es mediodía. Lo peor es mi madre diciendo “¿otra cerveza de “ésas” te vas a beber?“, y yo “no es tanto, una normal es así“, y señalo la mitad dando más margen del real. Es sólo cerveza, y esta mañana he trabajado bien. Decía del viento, y de la palmera que arraiga, y yo no. Porque yo no. Es mentirijilla. Ya verás dentro de dos semanas, cuando coja carretera y manta.

Ya no siento la sensación de desarraigo total de hace cuatro años. Lo quise, lo conseguí y se cumplió la maldición de los deseos cumplidos. Extraña sensación, de desasosiego y flotabilidad, de magnífica libertad.

Me dispuse a plantar. Y era fácil, o así me resultó. Ahora me resisto a lo contrario, y también es fácil. Es sólo seguir como siempre.

Que sople, que sople más, que caigan todas la macetas, los toldos, los carteles. Hay gente que no lo soporta, mi madre, por ejemplo, que es de fuera, pero yo me crié en los vientos del sur. Escribió Almudena Grandes “Los aires difíciles“, y me decepcionó. Ella sabía de la importancia, intenta plasmar la influencia en los locales, pero se pierde. No encontré en el libro lo que esperaba.

Ocurrió otro episodio, ya escribí otro post al respecto, hace años, en el blog antiguo. Veré a ver si lo puedo recuperar. Pues no lo encuentro, cómo me exasperan estas cosas. Quizá nunca lo escribí, sólo lo soñé. O lo borré, no lo descarto. Argggg, me cabrea. Se me quitan hasta las ganas de reproducirlo. No, decía del viento que corrió sobre la plaza de Chueca, de pronto, y todas supimos interpretar que era el fin de todo, el fin del año terrible.

Noticias: El Tiempo (mi abuelo sólo veía de la tele El Tiempo -él era simple, pero sabio-). Mañana: ¡Levante grande en el Estrecho! Eso, que corra, que corra el aire.

Mañana levantazo: tiembla Euskadi, que voy pa yá, tiembla Lavapiés, que te voy a cerrar.

Desciendo por el Spotify y la música me evoca otra noche de verano: el paisaje más desértico, un pueblo costero de cuestas imposibles, porros y copas en los callejones… Besos furtivos, el coche… y pasar del cielo al infierno en diez segundos. Los objetos pesaban más y yo nunca me había sentido tan utilizada. El volante, la radio con sus luces azules, los ojos inaccesibles, y me dice “me gusta esta canción”, y yo respondí, estúpidamente, enojada, “esta canción siempre fue muy bonita”. La oimos y se fue. Y sólo me quedó aquel cielo enorme, tan estrellado que daba rabia, la radio y el volante inútil, el salpicadero gris y las ganas de morirme.

Nada que ver con aquella otra noche… también en verano, en verano sería puesto que nos bañábamos desnudas en la playa, ¿cuándo fue? Cómo falla y traiciona la memoria… Lo típico, a la luz de la luna llena, perfecto todo, pero empezó a hacer frío y salimos del agua. Y entonces va y me dice la tía: “¿dónde está la parte de arriba de mi bikini?”, “pues no sé”, “¿dónde la dejé?”, “no sé, tú sabrás”, “pues de aquí no nos vamos hasta que no la encontremos, que es nuevo el bikini”. Quince minutos o más tardamos, medio borrachas, en encontrar el bikini. Vaya manera de joder el momento romántico. Y luego a dormir en el coche, por algo estábamos en el quinto pino y habíamos bebido. E intentamos colocar los asientos abatibles como cama, tal y como indicaban las instrucciones del manual, pero de noche y en aquel estado no había manera, de pronto tropezabas en la arena con trozos de tu propio coche. Desistimos y dormimos a la manera tradicional, es decir, mal.

Y una vez más juré no volver a dormir en el coche, pero seguí sin cumplirlo.

Y la vez del terremoto… En el paisaje más desértico, pero con otras. Decidimos dormir en el suelo, pero hubo un terremoto. Un terremoto, cuando duermes directamente en el suelo, es una experiencia, a nosotras nos supo a punto 8 en la escala Richter. Alguien gritó, seguramente a kilómetros, pero en el paisaje desértico y con la noche tan quieta sonó al lado. A una le dio miedo y decidió por todas que había que dormir en el coche ya que existía el riesgo de que nos violaran (!). Qué calor, qué infierno…

Y la vez de los gatos… El “gomina&go”. Salimos a la playa, en la bolsa un bote de gomina como único producto cosmético. Ese día no volvimos a casa. Acabamos en un pequeño pueblo de interior de otra provincia, en la discoteca con los bikinis y los vestidillos. ¡Cuánto ligamos! Sin dinero, había que dormir en el coche. Como no conocíamos el lugar decidimos quedarnos en la plaza del pueblo, por seguridad y, sobre todo, porque tras tanta invitación habíamos acabado borrachas como cubas, y éramos incapaces de mover el coche siquiera unos metros más allá. Unos cinco minutos después de habernos instalado descubrimos que estábamos justo debajo de una farola. Pero una farola que deslumbraba tanto que era imposible conciliar el sueño. A mi acompañante entonces se le ocurrió utilizar las partes de arriba del bikini a modo de antifaz. Un cuadro. Aún así, allí no se podía estar, así que transcurrido un rato, saqué fuerzas de flaqueza y desplacé el coche unos diez metros, más no pude. A los cinco minutos, aproximadamente, descubrimos que habíamos aparcado al lado de un contenedor de basura y que los gatos nos empezaba a invadir, a saltar y subirse por el capó, y a pasearse por él descaradamente. Yo dije que ya no movía más el coche, que así se quedaba, me puse el bikini de antifaz porque seguía habiendo bastante luz y me dormí. A la mañana siguiente nos despertamos más o menos a la vez. Para nuestra sorpresa, el coche ya no estaba rodeado de gatos, sino de un montón de vecinos curiosos alucinados por nuestra presencia (y por nuestros curiosos antifaces). Pero mucha mucha gente, y todos nos miraban. Dijimos, al tiempo, “¡vámonos de aquí!”.
Y acabamos en una playa tan bonita como la del paisaje más desértico, otro día más. Nos duchábamos en la playa, gomina&go.

Siempre así, en mi afán por apurar los momentos.

Se me ha caducado la licencia del Word y ahora no puedo abrirlo. Era pirata, por supuesto. Podría decir que por eso no escribo posts con tanta frecuencia, pero mentiría. No escribo porque cada momento libre que encuentro me dedico a jugar a absurdos juegos de ordenador, casi todos online, sin el valor suficiente para abordar uno verdaderamente en condiciones, un juego con mayúsculas, de los que te ocupan horas y horas de tu vida, un Diablo, un Civilization, un Sims mismamente. No leo blogs ni periódicos digitales, sólo tengo ecos de las noticias, abducida por el embotamiento de agosto.

No me aguanto ni yo.
Este verano se me está haciendo tan pesado que sólo es comparable a cuando estaba en la facultad y me quedaban para septiembre. Calor, mal humor y lucha por que mi motivación pase de ser fingida a real, así se puede resumir la situación. Y una necesidad de evasión de que no tiene límites. Pereza e inutilidad.
Como no tengo el Word, utilizo, por primera vez en serio, el Pages del Mac. No está mal, tiene su aquél, debería descubrirlo, aunque ahora mismo no estoy para eso, me conformaré con salir del paso. Como todo en Mac, estéticamente es más agradecido.
Sigo con mi retahíla: me han vuelto a comer los mosquitos, ahora, a la vejez, en mitad de agosto, vinieron un día y me comieron. Desde el despiste de México no me atacaban así. Debo de tener algún tipo de reacción alérgica, pero sólo en determinadas ocasiones, porque estas hinchazones y picores no son normales.
Y la casa llena de gente… Y tener que comprar, cocinar y mantener la compostura. Feliz y sonriente. Sin música se vaya a despertar el niño. Vestida.
Pero a la playa no voy, por eso no paso; un chiringuito al anochecer, como mucho.
Y lo peor es que sé que objetivamente no tengo motivo para quejarme, ni por esta acidez de estómago.
Sólo me puedo recluir en el lugar más caluroso de la casa, allí donde nadie va. Aguanto hasta el borde del síncope. Las noches son lo mejor, pero suelo estar cansada y me dan remordimientos porque temo no rendir al día siguiente, aunque de todas formas no lo vaya a hacer.
Engaño, miento, me invento ocupaciones imprescindibles y hago vistas gordas. No me reconozco y me sorprende mi ingenio para el escaqueo. Descubro que muchos funcionan así.
Me conforma que el verano pasará.
No pretendía este post así, pero si ha salido por algo será.
Tenía cosas en el tintero, unas canciones, un juego precioso, felicitar a Macorina por haber vuelto a escribir, pero hoy no van.
Quizá debería rendirme ante la evidencia, admitir que necesito fines de semana como todo el mundo, y no descansarlo luego todo junto. Mañana es sábado y me estoy inventando que puedo trasnochar. No he ido al concierto de flamenco bajo la luz de la luna en lugar paradisíaco por remordimiento, pero me desquito tomándome mi copa yo sola.
Desciendo por el Spotify y la música me evoca otra noche de verano: el paisaje más desértico, (sé que la música en verano se comunica por las ventanas abiertas, pero me da igual), el paisaje más desértico…

Hace un calor horroroso (NO quiero que empecéis los norteños “uy, pues aquí ha refrescado”, que yo también veo El Tiempo). Repito, hace un calor horroroso, estoy de mala leche, la perra se ha vuelto a subir en el sofá recién limpio y paso de decirle por enésima vez que se baje, y pensé que me iba a salir un post más bonito, pero no. Definitivamente no me gusta el verano, no voy a decir odio porque me reservo la palabra para personas e instituciones. Me han vuelto a denegar un permiso, esta vez uno realmente importante y estoy entre desanimada, asqueada, deprimida, aburrida y yo qué sé. Es que manda huevos, se pone una, crea una empresa que da empleo -en estos tiempos-, buena para el medio ambiente y la salud de las personas, ¿y qué hacen las instituciones? Joderte. Como si ya no fuera suficientemente difícil en sí mismo. ¿Pero qué se puede esperar de ellos? Si son todos unos corruptos, unos ineptos, unos tarados. Este país es UNA MIERDA, no me extraña que estemos como estamos. Es como en los tiempos de la facultad, a más tonto el profesor más suspendía, tenía que remarcar el puesto que ostentaba. En este caso, estamos entre el “bajo cuerda”, por el que ya he tragado (y encantada, al menos es un camino establecido, a eso hemos llegado) y la más absoluta incompetencia. Y acabo de borrar la frase que había escrito porque ya me estoy pasando y soy una señorita :P :D

No, pero sobreviviré, como en la canción, y me vengaré, como en las pelis.

Pero con el calor no puedo. Qué sopor. Hasta el ordenador pilla unos recalentones que se me ha apagado cuatro o cinco veces en la última semana. Va haciendo falta otro. No me extraña, son dos años y medio de todo el día, todo el día, para ocio y para trabajo.

No es parálisis, como otras veces, es desgana.

Sí que me está saliendo feo el post, con la de cosas que se me ocurrían mientras viajaba. En fin, es el momento, no me voy a morir ni nada.

A ver, voy a buscar un Youtube bonico, para no dejaros mal sabor de boca:

Uy, en Estocolmo, qué fresquito:

Hacía mucho tiempo que no oía a Van Morrison, hoy he vuelto a hacerlo, en el coche; sólo volvíamos a casa, pero hubiéramos llegado hasta Marrakech:

Days like this

Did ye get healed

Y ya que nos ponemos…

Queen Of The Slipstream

You’re the Queen of the slipstream
With eyes that shine
You have crossed many waters to be here
You have drank of the fountain of innocence
And experienced the long cold wintry years.

There’s a dream where the contents are visible
Where the poetic champions compose
Will you breathe not a word of this secrecy, and
Will you still be my special rose?

Goin’ away far across the sea
But I’ll be back for you
Tell you everything I know
Baby everything is true

Will the blush still remain
On your cheeks my love
In the light always seen
In your head?
Gold and sliver they placed
At your feet my dear
But I know you chose me instead

Goin’ away far across the sea
But I’ll be back for you
Tell you everything I know
Baby everything is true

You’re the Queen of the slipstream
I love you so
You have crossed many waters to be here
And you drink at the fountains of innocence
An experience you know very well

Estas fotos fueron tomadas el 10 de mayo en la T4 del aeropuerto de Barajas.

Al leer hoy un post de Marc Vidal, sobre el mismo tema, me he acordado de las fotos. En ellas se ve cómo una voluntariosa empleada de la limpieza intenta atajar con rollos y rollos de papel, una gotera que a todas luces la desborda:

(la calidad no es muy buena, pero el móvil que llevaba en ese momento no daba para más):

Papel contra goteras en la T4 (2)

Papel contra goteras en la T4

bonita versión: • Romeo and Juliet – The Killers

Cada día me parezco más a mi madre. Hoy he estado con mi hermana y me lo ha comentado justo después de que yo lo pensara. No es que me queje, que mi madre es una mujer admirable, pero no deja de sorprenderme.

Mañana tengo que estar, activa y en otro lugar, a las siete de la mañana. No tengo remedio: la hora en que me duermo es inversamente proporcional a la hora en que tengo que levantarme y a la importancia de la cita. Cuanto más relevante el evento, más tarde me acuesto, menos duermo. Deben ser los nervios, rechazo interno, o quién sabe. Pensaba que con el tiempo la costumbre se iría atenuando, pero no, soy incorregible. Por eso me acuerdo de que me parezco a mi madre, ella siempre dice que cuando tiene que viajar, aunque sea algo irrelevante, la noche antes se pone nerviosa y no puede dormir. Y ya tiene la tira de años, y sigue así. Va a ser que esto no tiene solución.
Será el riesgo, la negación, o vete tú a saber.
Y aquí estoy, que últimamente no escribo un post ni a la de tres; pues hoy, esta noche, me ha dado por ahí. Y con copita y todo, que me he puesto para amenizarme a mí misma. Bueno, ya tengo dos dedos de frente (al menos eso quiero creer) y no me voy a dar el pasote, pero el amago lo tengo.
Me he puesto a los Smiths, altito, que no falte de ná. Cuánto tiempo.
Mañana me voy cagar. Qué finura hablando/escribiendo, ¿verdad? Es la pura verdad.
Asquito de días intensos que estoy teniendo. Tiempo ha me hubiera largado con viento fresco, pero no tengo más remedio que apencar.
Yo no se qué le pasa a esta perra que cada día ladra más, ¿será la música? Son las 23:45 h. Ya se aburrirá, espero.
He tenido tantos posts que escribir estos últimos tiempos… Se los llevará el viento, como los besos que no diste, o como diga la canción.
De verdad que necesito aire puro y éste es mi último reducto.
Qué bonitas canciones las de Morrisey.  Y qué pena que se acabe la copa, y la noche.
Hace un rato he estado con chicas veiteañeras, jóvenes, risueñas y despreocupadas. Me adapté, reí, volví a viejas anécdotas, y sentí vacío y desarraigo.
Que no se acabe la noche.
No puedo decir que sea duro. Duro sería no tener qué comer mañana, el terror, la desesperanza.
Sólo es… un peso.
¿Qué hubiera sido de mi vida de quedarme en Gales, con o sin ella?, ¿de seguir viajando? Cada día que pasa eliges, eliminas posibles.
Me gusta la brisa del mar que siempre corre aquí. Cambió el paradigma, que es como se llama ahora a que el mundo no tiene nada que ver con lo que era o te imaginaste que pudiera ser, ya no existe nada de lo que fue. Y no soy una viejecita flipada con el invento de la radio, y adoro internet, pero estoy asqueada de que todo ha ido a peor. No es sólo que nos vendieran algo que nunca fue, es que esto… no.
Creo que he pillado un poco de insolación; si es que yo el sol… fatal.
No quiero ser pesimista, seguiré riendo, pero ya creo en menos cosas. Sí en que la revolución está en cada uno de nosotros y es mental.
Vaya post a trompicones, todavía soy capaz de colgarlo.
Tiempo, dinero. Ganas.
Me acuerdo cuando me miró, se le iluminaron los ojos, sonrió y me dijo, entre sorprendida y maravillada: “¡Estás soñando!”. Sí, yo sueño, siempre he soñado, despierta, que se disfruta más. Soñaba que me quería mientras me estaba queriendo.
Se va a acabar la noche, lo estoy viendo. Y mañana no voy a estar lúcida, también lo estoy viendo. Si alguna vez lo estuve.
Y pasaré el día a trompicones, como el post.

Para situarnos en esta historia de claros y oscuros, hay que remontarse a los años anteriores a la guerra civil (a riesgo de parecer Garci, pero no, no va a ser tan horrible :P , aunque un poco larga sí).

Sucedió en uno de los municipios de la Serranía de Ronda, en la provincia de Málaga. Por aquel entonces, y aún hoy, se trata de pequeños pueblos muy aislados por las condiciones orográficas, donde había clanes rurales con unas leyes internas diferentes y un sentido de la propiedad muy arraigado.

Este suceso que voy a contar fue tergiversado por los medios de comunicación de la época para entretener a los lectores. Los periodistas se basaron en habladurías y versiones de segunda mano, porque repito, estos pueblos estaban muy aislados y los viajeros lo más lejos que llegaban era a Ronda. Ya existen pocas personas vivas que sepan del suceso, pero alguna queda.

Fernando Fajardo Arroyo era un pastor de cabras de treinta y cinco años, casado y con cinco hijos, de buen carácter en general, aunque algo camorrista y muy influenciable por los comentarios de su familia. No tenía buena fama en el pueblo, y se sospechaba que había robado ganado. Tenía arrendadas unas tierras junto a la finca de su suegro, llamada La Fuencaliente. Aunque era pastor había pensando dedicarse a la agricultura y cuando se enteró de que su suegro iba vender la finca, famosa por su excelente producción, no dudó en mostrar interés. Sin embargo, y aunque ofrecía más dinero que nadie, el suegro se negó a vendérsela, no sabemos la razón (pero ya se la podía haber vendido). Prefirió hacerlo a Santiago Bermúdez, primo de Fernando. Cuando Fernando se enteró de que su primo había comprado las tierras montó en cólera. Él interpretaba que tendría más derecho que nadie a comprarlas. Furioso y enardecido por los comentarios del pueblo y la familia, exigió a Santiago que le revendiera la finca, a lo que éste se negó. Fernando lo consideró como una traición y juró vengarse. En el pueblo comentaba, cada vez que tenía ocasión, que la Fuencaliente tenía que ser suya.

Fuencaliente

Santiago, era un hombre trabajador que llevaba una ganadería, cultivaba la tierra y era guarda de unas minas. Vivía con su esposa y los cuatro hijos de ambos, la menor (que aún vive) de apenas unos meses.
Pasan unos meses y parece que los ánimos se habían calmado, pero Fernando va a la feria de ganado de Ronda en septiembre, vende las cabras y se compra una escopeta. Con el dinero en una mano y la escopeta en otra, va en busca de Santiago y le replantea la compra. Comienzan a discutir, Fernando dispara el arma, hiere a Santiago y, sin ser su intención, mata a la hija de éste, de dieciocho años, que viajaba con su padre en la parte de atrás del mulo.
Fernando se convierte en un forajido perseguido por la guardia civil y huye al monte. Aún así, su afán de conseguir la finca se incrementa y hace llegar la noticia de que su venganza no está cumplida, por lo que Santiago, temeroso, siempre se hace acompañar por un arma y la guardia civil establece un retén permanente para protegerle.
El 3 de diciembre de ese año el retén de la guardia civil marcha a reprimir una revuelta en el pueblo de al lado. En ese momento Fernando acecha la finca, pero es sabedor de su mala puntería. Envía a su hijo en busca de su sobrino, Paulino Fajardo, de veintitrés años, y le requiere para que le ayude en la venganza. No sabemos las motivaciones del joven, pero lo cierto es que colabora con su tío.
Van a la finca y sorprenden a Santiago y a su hijo mayor mientras trabajan el campo. Les disparan, matan al padre y dejan malherido al hijo que huye al monte entre la niebla. La esposa de Santiago, al oír los disparos, sale con la hija pequeña en brazos y también son tiroteadas, al igual que los otros dos hermanos. A continuación, sueltan a los cerdos para que terminen con ellos.
Tan sólo sobreviven el hijo mayor y la pequeña, a pesar de haber recibido disparos.
Fernando vuelve a la sierra, acompañado por su familia y su sobrino.

familia

Fotografía tomada antes de los crímenes: 1 y 2 el matrimonio asesinado Santiago Bermúdez y su mujer, 3 y 4 los dos hijos, 5 es el sobrino Paulino Fajardo colaborador del asesino, y 6 Fernando Fajardo.

Fue tal la crueldad del crimen que todo el país pedía justicia. Las autoridades se obsesionaron por atrapar al asesino.
Estuvieron a punto en varias ocasiones:
Cuentan que un día descansaba en un alto el bandolero junto a su hijo, al que había encargado que vigilara mientras él dormía. El niño no estuvo atento y cuando Fernando despertó una pareja de civiles estaba tan cerca que sólo le dio tiempo a coger la escopeta y salir corriendo, dejando allí la munición y al niño.
Los civiles capturaron al niño y lo llevaron con ellos a la casa de un pastor, donde estuvieron descansando y tomando café. Mientras, Fernando los vigilaba. Cuando se fueron, Fernando pasó por la casa, tomó café, y siguió a los civiles. Los encañonó y ordenó al niño que corriera hacia un lugar seguro.

Fernando visitaba con frecuencia las casas de la zona y los vecinos, por miedo o complicidad, no lo delataban. En una ocasión paró en un cortijo, entró en la casa y dejó la escopeta y el zurrón en el quicio de la puerta. Justo entonces pasaba por la zona una pareja de civiles que viendo la escopeta y el zurrón imaginaron que el bandolero se encontraba dentro del cortijo, dieron el alto a lo que Fernando respondió con un rápido movimiento que le permitió alcanzar la escopeta y encañonar a los civiles que huyeron despavoridos hacia el río, entre una lluvia de disparos. Los civiles subieron al cortijo varias horas después. Mientras tanto, Fernando hacía tiempo que se había marchado; los civiles tomaron como escudos humanos a dos hijas del dueño ante el temor de que Fernando se encontrara aún en el cortijo. Para justificar semejante ridículo la emprendieron a balazos con la fachada principal de la casa. Aún son visibles los impactos de los proyectiles en la pared de la casa.

A pesar de estas ocasiones en la que Fernando logró escapar, acabaron por dar con su paradero. Se produjo una emboscada y un enfrentamiento muy largo y duro que finalizó con la muerte de Fernando y dos de sus hijos, así como de un guardia civil.

El sobrino, Paulino Fajardo, huyó herido y desapareció, al tiempo que comenzaba su leyenda.
Paulino hace suyas las malas intenciones de su tío, extendidas ahora a toda la familia de los Bermúdez, a quienes acusaba del chivatazo que acabó con la vida de su tío y estuvo a punto de terminar con la suya.
Paulino, posiblemente, estimaba que la polémica entre Santiago y su tío Fernando era una cuestión familiar y no de justicia, que había que dilucidarla entre ellos. Quizás la idea que manejaban era matar a Santiago, pero una vez cumplido el objetivo la eliminación de testigos justificaba, para Paulino y Fernando, los otros asesinatos; ahora Paulino pretendía seguir matando a los Bermúdez, esta vez por chivatos.
Paulino contaba con grandes simpatías entre la gente del campo y en su pueblo; así se explica que, tan sólo un mes después de ser herido, hubiera curado sus heridas e intentara asesinar a otro de los Bermúdez, tiroteándolo cuando se dirigía a la Fuencaliente con su familia en un mulo. Con más puntería que su tío, más arrojo y más simpatías que él, siguió huido en la sierra. Con fama de comunista, para muchos era un referente de la situación convulsa que se vivía en el país. Su nombre, frecuentemente, se utilizaba como amenaza: “como baje Paulino Fajardo de la sierra, a más de uno…”, decían los naturales de la zona cuando los conflictos con los señoritos del lugar se tornaban especialmente difíciles. Se tiene constancia de varios tiroteos con la guardia civil, y también intentó tres nuevas agresiones contra los Bermúdez.
Con el estallido de la guerra civil, Paulino Fajardo pasó de proscrito a Jefe de Milicias Populares de su pueblo. La transformación fue radical: un hombre de campo, con una imagen rudimentaria de la justicia, que había intentado matar a sus parientes y había participado en una carnicería, asume responsabilidades de un cargo político. Aún en medio de una guerra y cuando más fácil tenía la venganza, parece que cambia sus reglas del juego y acepta normas hasta mucho más allá que sus correligionarios del Frente Popular. Así, de bandolero en la sierra pasó a protector de personas de derechas. Curiosamente, no volvió a ejercer ningún acto violento contra los Bermúdez. Una vez en el poder, no lo utiliza para vengarse.
Se tiene constancia de que también evitó la muerte del cura de su pueblo y de muchos otros de ideología de derechas. La secretaria local de falange fue capturada en Ronda y Paulino Fajardo fue hasta allí a lomos de un caballo blanco que había pertenecido al capitán de la guardia civil, para conseguir salvarla del fusilamiento, hecho que consiguió y que está certificado por esa misma persona.
Según dicen, aunque ya raya la idealización y hasta la extraña “santificación” de este personaje, Paulino Fajardo custodió personalmente la mano de Santa Teresa para que no sufriera daño alguno y posteriormente la depositó en un convento de Marbella. La mano, con el tiempo, fue donada a Franco que la mantuvo en su dormitorio como reliquia durante los años que ejerció la dictadura.
Sin embargo, Paulino debió conservar gusto por el modelo de justicia que trataron de aplicar su tío y él en la Fuencaliente: sabedor de que la moral de la tropa estaba baja y de la ineficacia de los comités locales, siguiendo su costumbre de participar en los ajustes de cuentas e impartir su peculiar justicia, mató de un tiro a bocajarro a un Jefe de Milicias de Marbella que se quedaba con dinero de los milicianos.
Antes, el Jefe de Milicias, había escrito una carta contra Queipo de Llano con insultos y amenazas y la firmó como Paulino Fajardo. Cuando las tropas franquistas tomaron Ronda, Paulino es puesto en busca y captura. Su madre, el cura, la falangista y otros muchos hablan por él y consiguen que se entregue con la promesa de que será tratado con justicia. Paulino se entrega, pero tres días después fue fusilado en la cárcel de Málaga sin que se le hubiera abierto causa judicial ninguna. Era el año 1.937.

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