Hoy caía una buena sobre Madrid, de lluvia, me refiero. La gente en los portales, esperando a que pasase, y no pasaba nunca.

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Por la Gran Vía, chinos, marroquíes, ofrecían paraguas cada diez metros, “¿palaguas?”, “baratiito“; y más si sólo ibas con capucha, entonces te acechaban. A tres euros, parecía que se habían puesto de acuerdo, que estaban esperando, todos los paraguas en stock, hasta el día en que la lluvia hiciese por fin su aparición, para sacarlos a la vez.

Pero yo no quería paraguas, paso de gastarme el dinero para luego perderlos, entre otras razones. Y me iba a mojar igual.

Madrid estaba distinta, algunas calles como ríos, la gente mirando alrededor, desorientada, o caminando a toda prisa, otros en los portales, algunos despistados queriendo seguir bebiendo en la plaza, como si no pasara nada, negándose a admitir que su rutina de tantos meses se había visto interrumpida.

Yo, ubicándome. También.

Ha sido el mes de noviembre más rápido de mi historia. Ha sido. Ya es 21 de noviembre.

Me largo de aquí, me voy a donde los vientos.

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