La verdad es que para mí la Nochevieja es una fiesta que ni fu ni fa. Me da una pereza tremenda la historia de arreglarse para salir, y ni cuento lo de gastarse el dinero en un cotillón ridículo, a eso me niego. Por eso, siempre intento montar un plan alternativo, aunque también me suele fastidiar tener que desplazarme, así que este año creo que paso de todo.

He tenido Nocheviejas anodinas, incluso algunas en las que no me lo he pasado muy bien, pero también recuerdo unas cuantas muy buenas, como la de hace dos años, en una casa rural, o la del año pasado, surrealista e inesperada, en un hotel setentero de Tánger; o aquélla que entre tanto jaleo tuvo un momento muy especial.

Pero ésta que voy a contar se lleva la palma por diferente, rara, absurda, y porque hay que ser tonta para hacer una cosa así. Era lo que tenía la edad, y el aburrimiento.

Sicilia…, digo Costa del Sol, mil novecientos noventa y poco…

Yo no tenía plan, y Eva, mi compañera de piso, tampoco, así que decidimos cenar en casa de sus padres y después darnos una vuelta por el pueblo.
Hacía muy buen tiempo aquel año en la costa y nos vestimos con sendos vestidos negros de tirantes y chales correspondientes. Con toda la parafernalia, comimos las uvas en casa de mi amiga y después, muy monas y maquilladas, nos dispusimos a salir.

[En este momento, es inevitable, se me ha venido a la cabeza esta canción, versión cutre pero no he encontrado otra].

Acostumbradas a la bulla de Granada, la sola idea de salir por el pueblo nos causaba sopor.
La madre de Eva nos hizo prometer que no iríamos al pueblo de al lado, más grande, porque esa noche había muchos borrachos. Las dos lo prometimos, evitando mirarnos, porque la madre de mi amiga era muy zorra y casi leía la mente, pero, en cuanto salimos de la casa y nos subimos al coche, enseguida estudiamos la posibilidad de la escapada; sin embargo, la descartamos, no por nada, sino porque en el pueblo vecino la animación no iba a ser mucho mayor que en el que ya estábamos.
Llegamos al centro del pueblo y casi nos sumimos en una depresión del panorama que encontramos. Entonces, no recuerdo quién tuvo la brillante idea, pero pudimos ser cualquiera de las dos, pensamos que si nos íbamos a Granada podíamos llegar a las tres y pico de la noche, en toda la fiesta, quedarnos unas tres horas, que no estaba mal, y volver. Estaríamos de vuelta a eso de las nueve, lo que no era tan descabellado tratándose de Nochevieja. Sabíamos dónde iban a estar nuestros amigos y nos encantó recrearnos en la idea de la cara que pondrían al vernos aparecer.
Así que, ni cortas ni perezosas, nos pusimos en camino. Había un pequeño fallo, y era que el Panda descapotable de Eva (tremendo cacharro con el que pasamos mil aventuras) tenía la ventanilla del copiloto estropeada, estaba atascada a la mitad y no se podía subir ni bajar, por lo que empezamos a pasar un poco de frío, pero no había dolor, emocionadas como estábamos con nuestra aventura.
Casi cuatro horas después, llegamos a Granada, para darnos cuenta de que no recordábamos exactamente dónde estaban nuestros amigos y que nos era imposible ponernos en contacto con ellos (no existía el móvil por aquel entonces). Nos pusimos a buscarlos y no los encontramos, pero sí sabíamos que otro grupo estaba seguro en un pueblo de la sierra, a media hora de camino, y a ésos sí que era fácil encontrarlos porque el pueblo era muy pequeño. Como ya habíamos llegado hasta allí, decidimos seguir un poco más para no haber hecho el viaje en balde.
Nos dirigimos hacia la sierra. Recordemos: enero, Sierra Nevada (nevada), vestido de tirantes y chal (porque no podíamos volver a su casa a por abrigos no fuera que la madre notase algo raro y pusiera el grito en el cielo) y la ventanilla del Panda rota.
Llegamos al pueblo, nos bajamos del coche y la gente, toda con sus abrigos y plumas, nos miraba como si estuviésemos locas por ir en tirantes. Nos pusimos a recorrer el lugar, preguntando a la gente por las cuestas empedradas, nosotras con nuestros tacones.
Al final los encontramos en la única discoteca del pueblo, llamada “Elton John” (escrito con brocha sobre la pared). Sí, se sorprendieron mucho, pero más bien corroboraron su idea de que estábamos un poco pa yá. Pasamos una hora con ellos, hasta que nos dimos cuenta de que era momento de volver si no queríamos liarla, así que nos subimos a nuestro Panda y nos fuimos.
La vuelta fue mucho peor que la ida, y del jijijajá pasamos al “qué frío”, “qué sueño”. A la altura de Loja hubo un momento crítico en el que de verdad nos dormíamos, pero no podíamos parar. Buscábamos temas de conversación interesantes, el más interesante, y no se nos ocurría otro que un amigo que le ponía los cuernos a la novia, pero ya lo teníamos más que agotado.
Paramos a comer churros por Fuengirola o por ahí. Cuando quedaban unos treinta kilómetros se rompió la capota del coche y yo tenía que ir aguantándola con las dos manos. Un cuadro.
Al final llegamos. La madre de mi amiga nos dijo que estaba segura de que habíamos ido al pueblo de al lado, nosotras lo negamos con vehemencia, pero ella nos respondió, convencida (y andaba más desencaminada de lo que imaginaba), que a ella no la engañábamos.

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