— canción para amenizarnos —

Se dice que hay ocasiones en que la realidad supera a la ficción. La historia que voy a contar a continuación (larga, nada del otro mundo), trata simplemente de un caso extremo, de película, uno de ésos que no crees posible que ocurra tan fácilmente, y menos un día cualquiera, en una aventura controlada.

¿Os acordáis de aquel año en que Granada iba a albergar el Campeonato del Mundo de Esquí y fue el único año que no nevó?
Pues en realidad sí nevó, un día, y fue el día en que yo acampaba en la sierra.
Claro, como no nevaba, no nevaba, no íbamos preparados, y a pesar de los años, y mis no pocas aventuras, correrías y situaciones precarias, que las he tenido, ése sigue constando en mi currículum como el día que pasé más frío de toda mi vida.
Qué malo es el frío, sobre todo cuando se quiere dormir.

Resumiré, porque es largo, no conocéis a los protagonistas y han pasado ya unos cuantos añitos.

Resulta que decidimos ir de excursión un grupo de unas quince personas, amigos de la universidad. El plan original era caminata de ocho horas, acampada y vuelta al día siguiente. Entre los excursionistas se encontraban dos o tres montañeros casi profesionales, que trabajaban en campamentos de verano en la sierra y se conocían todas las rutas. Se suponía que nuestra meta era llegar hasta un refugio, pero no nos quedaríamos a dormir en él porque era muy pequeño y nosotros demasiadas personas, por lo que llevábamos dos tiendas de campaña grandes.
La caminata en sí misma tenía su enjundia, sobre todo para los que no estábamos acostumbrados y éramos fumadores, pero la aguanté como una campeona y, de hecho, me llamaban “el equipo revelación” (qué cabrones, pensaban que les iba a fastidiar la excursión), aunque tengo que reconocer, aquí entre nosotros, y muchos años después, que lo pasé un poquillo mal.

Cuando nos faltaban un par de horas por llegar, retrasados sobre el horario previsto, cómo no, (pero no por mi culpa, conste), al llegar a un alto, comenzó una fina nevada, preciosa, porque se apreciaban las diferentes formaciones de cristales perfectamente. Todos “ohhh, qué boniiiito”. Sí sí, qué bonito.
Ya en ese momento hubo algún avispado que propuso volver atrás, pero era una locura, nos hubiera pillado la noche con toda seguridad, y en realidad, en el fondo, también teníamos muchas ganas de la experiencia, había costado juntarnos a todos y ponernos de acuerdo, y apetecía la noche de hoguera. En cualquier caso, la nevada pareció cesar.

Lo que muchos no sabíamos era que la última parte del trayecto iba a ser la más dura, no sólo porque a esas alturas (nunca mejor dicho) estábamos bastante cansados, sino porque el camino se estrechaba hasta convertirse en un sendero de unos escasos treinta centímetros de anchura, con caída de decenas de metros a un lado, y había que permanecer en fila india y coordinar con precisión el avance en grupo.

Alcanzamos el refugio al anochecer, muy cansados todos, y todavía quedaba la labor de plantar las tiendas y buscar leña.

En el refugio había una pareja que recibió horrorizada nuestra llegada y, sin mediar palabra, ni responder a nuestros saludos, se largó de allí. No nos dieron tiempo ni a decirles que no nos quedaríamos en el refugio, que llevábamos nuestras propias tiendas. Nunca supimos a dónde fueron, porque estábamos muy lejos no sólo de cualquier lugar habitado, sino a horas de cualquier otro sitio donde se pudiera pasar la noche en condiciones medianamente seguras, incluso si llevabas tienda.

Bueno, volvamos a la operación instalación de tiendas. Ya en ese momento surgieron las primeras discrepancias. Por un lado, había un grupo que opinaba que había que instalar las tiendas al lado del refugio, ya que éste serviría de cortavientos y así haría menos frío. Por otro lado, se formó otro grupo, con el que yo estaba de acuerdo, que sostenía que al lado del refugio el terreno era demasiado abrupto y las piedras harían que fuese incómodo a la hora de dormir, por lo que era más conveniente instalarla en un pequeño alto situado a una mayor distancia de allí. Todo hay que decirlo, al primer grupo pertenecían los más “expertos”, y al segundo los “cafres”, pero la segunda tienda iba a estar más animada sin duda.

La que en un principio parecía una discusión técnica y amable terminó por agriarse, supongo que en gran parte fruto del cansancio todos teníamos, y los grupos se separaron de forma menos amistosa de lo deseable, formándose corrillos de critiqueo.

Tardamos mucho más de lo esperado en montar las tiendas, sobre todo mi grupo, y nos fue muy difícil encontrar leña, porque era de noche y por aquel lugar tampoco abundaba. Finalmente, conseguimos hacer un fuego medianamente decente al lado del refugio, cenar y montar la típica reunión de licor y guitarra.

Antes de lo que en principio hubiésemos imaginado, nos fuimos a dormir. Ahí surgió un problema grave: no había suficientes aislantes. Esto era debido a que algunos directamente no habían traído porque era gente que apenas acampaba y no tenían el equipo completo o habían pedido sacos prestados, y también porque, en una confusión, en la tienda de los “preparados” se habían quedado con algún aislante nuestro, pero eso lo descubriríamos al día siguiente.
Total, que hubo que repartir los pocos aislantes de los que disponíamos entre todos los sacos, con lo que cabíamos a medio aislante por personas, eso con suerte, porque hay que considerar el reajuste de los movimientos una vez dentro. Para mayor dificultad, la tienda se nos quedaba pequeña, porque en la pelea que había ocurrido con anterioridad la distribución de grupos no había sido exactamente numérica, sino más bien por afinidad, de tal manera que en nuestra tienda sobraban un o dos personas mientras que en la otra estaban más holgados, pero nadie quería ser el que se fuera a la otra tienda.

Describiré mi posición: incrustada en un lateral de la tienda (canadiense, es decir, de pico, no iglú, con lo que el lateral formaba un ángulo de unos cuarenta y cinco grados), con el plástico cubriéndome la cara en su mayor parte, y al otro lado las rodillas de… Pedro (que era el que me caía peor de la tienda con diferencia). No había manera de encontrar una postura medianamente cómoda. Imposible. Cuando no era el uno que se movía, era el otro que se levantaba a mear, con la consiguiente reacción en cadena de todos los ocupantes de la tienda. Y hablar, y risas, y “échate para allá, por favor, que me estás clavando el codo/pillando el pelo/aplastando el brazo”. Y de pronto, “qué frío”. Cada vez hacía más frío, además de que se nos estaba pasando el efecto del licorcillo que hubiéramos podido tomar. La falta de aislantes se dejaba notar, además de que muchos sacos no eran precisamente para “alta montaña”. Yo me enzarcé en un forcejeo particular con Pedro, y aquello estaba empezando a llegar al nivel de la mala hostia. Qué pesadilla, cada vez había menos risas y hacía más frío. Ni aún estando apiñados se calentaba aquello.
Pasaban las horas y yo no me podía dormir de puro frío, de frío mortal, ni por todo lo cansada que estaba después de la caminata. Frío en la cara, en los pies, en los costados. Me tenía que dar la vuelta cada diez minutos porque toda la parte del cuerpo que estaba en contacto con el suelo se me quedaba congelada. Así una hora, y otra. Alguna gente, los menos, habían conseguido conciliar el sueño. El resto se esforzaba en ello, pero cada cierto tiempo se oía susurrar: “qué frío”, “¿tú puedes dormir?”, “estoy congelado”, y reestructuraciones de saco y resoplidos.

En un momento en que alguien volvió de fuera oí decir que estaba nevando, pero ya no sabía si era sueño o realidad.

Al final, conseguí dormir una hora o así, calculo, pero puedo afirmar que, a pesar del tiempo que ha pasado, ésa fue la noche que más frío he pasado en toda mi vida.

Por la mañana, nos levantamos temprano, todos a la vez. “Ha nevado”, “ha nevado”, se oía decir, unos con mayor tono de preocupación que otros.

Al principio no capté la gravedad del asunto. Empecé a darme cuenta cuando fui a coger mis botas, en la entrada, fuera de la tienda, desesperada como estaba por irme tras un arbusto porque no me había sentido capaz de salir en toda la noche.
Yo pensaba que habría nevado… un poquito. No aquello. Mis botas estaban enterradas bajo cincuenta centímetros de nieve. Ni las encontraba. Salía una bota de uno, otra de otro… La tienda estaba asimismo rodeada de cincuenta centímetros de nieve, por lo que las paredes, alrededor de la parte donde descansábamos, estaban literalmente cubiertas de nieve. Con razón, aquello no era normal.
Las botas ni siquiera mojadas, congeladas. Las mías y las de todos.
De las dos tiendas comenzó a salir gente que miraba a su alrededor como si estuviesen en otro planeta, y poco a poco, uno detrás de otro fuimos concientes de todos los problemas que aquella situación, en principio pintoresca, acarreaba.

Dos de los montañeros expertos (los expertos de verdad) fueron a echar un vistazo al camino: era imposible volver, el sendero no se distinguía bajo la nieve, y durante casi un kilómetro tenía una caída de decenas de metros. Era peligrosísimo intentarlo, un suicidio.

-“¿Alguien sabe dónde estamos?
No, por increíble que parezca, tras una rápida encuesta entre todos los presentes, nadie del exterior sabía dónde estábamos. Algunos familiares y amigos sabían que habíamos ido de excursión a la sierra, pero ninguno el lugar exacto. Al ser un grupo tan grande a nadie se le había ocurrido que pudiera pasar algo, o habían delegado la responsabilidad en otros que a su vez habían hecho lo mismo. Además, nadie podía prever que iba a nevar, las noticias no lo mencionaron, y menos de aquella manera.

Los montañeros expertos dijeron que como el día se había levantado despejado era posible que parte de la nieve se derritiese a lo largo del día y dejase ver esa primera parte del sendero, que era la más peligrosa, porque la de más adelante era más fácil. Sin embargo, aunque hacía sol, también mucho frío y no parecía que la nieve se fuese a derretir. Además, había un temor añadido, y era que a lo largo del sendero la nieve se convirtiese en hielo si tardábamos mucho en salir.

Nos reunimos en el terreno de nadie que había entre las dos tiendas para discutir la situación. Había que decidir si volver o no, inmediatamente. Si lo volvíamos habría que ir retirando la nieve con matas y palos e ir avanzando poco a poco, y no sabíamos cómo estaba el resto del camino, sólo hasta donde nos alcanzaba la vista, no teníamos ni idea de lo que nos podíamos encontrar más adelante, ni si habría algún punto en el que no se podría seguir una vez metidos en faena y tener que volver atrás. Estaba chungo, chungo, chungo.

La prudencia aconsejaba quedarnos y esperar a que la nieve o el hielo desapareciesen.
Sin embargo, había un problema grave: no teníamos leña, la poca que se pudiera encontrar estaba mojada y además era peligroso estar andando de un lado a otro a más de treinta metros del refugio porque la nieve lo cubría todo y te podías caer por cualquier barranco. Y esperar, con ese frío y todo nevado, a casi tres mil metros de altura, sin ropas adecuadas ni fuego, no era ninguna tontería.

Había otro problema, este de aparente menor importancia, y era que no teníamos muchos alimentos. El viaje estaba en principio planeado para acabar unas horas después, no para estar un día más en la montaña. Un día o los que fuesen.

Otro temor más, si nos quedábamos esperando, era que el tiempo volviese a empeorar (aunque en principio no pareciese que eso fuera a ocurrir), nevase de nuevo y el problema se agravara aún más.

Llegados a este punto, tomada conciencia por parte de todos de la situación, se desató la crisis, y los nervios. Las “niñas pavas” de la tienda de los “expertos” se pusieron a llorar. De hecho, las únicas que no lloramos fuimos mi compañera de piso y yo. Flipadita me quedé. Bueno, y E., que no lloró en ese momento pero lo haría posteriormente, por una pelea que tuvo con su novio, motivada también sin duda por las malas condiciones ambientales.
Lloros, lamentos, soluciones absurdas, ataques de risa histérica, algún “vamos a morir” sincero, de todo se oyó en aquel momento.
Uno decía que tenía que volver porque tenía que sacar el contenedor de la basura de la comunidad y que si no lo hacía lo iban a matar/despedir, y que necesitaba el dinero. Se nos fue media conversión en discutir sobre la importancia de sacar el contenedor de la basura, y en convencer al chaval de que lo olvidara y que su vida era más valiosa que aquel dinero.

Se hizo una votación para saber quiénes querían volver. Sólo dos personas, de las que mejores equipos llevaban, decidieron volver (el chaval de la basura era uno de ellos, el otro uno de los montañeros expertos). Quedamos en que si los demás no habíamos vuelto al día siguiente llamarían a la guardia civil.
Los despedimos, lloros y lamentos de nuevo, como si se fueran a la guerra, o nuestras vidas dependiesen de ellos. Bueno, en realidad era un poco así.

A pesar de todo esto las divisiones internas continuaron. Algunos del grupo de mi tienda consideramos que se le estaba dando un dramatismo excesivo a la situación, y los de la otra tienda nos empezaron a mirar mal, como si fuésemos unos irresponsables, y a cuchichear y tomar decisiones entre ellos sin tenernos en cuenta.

De alguna manera, conseguimos ponernos de acuerdo en crear un grupo que iría a buscar leña, con mucho cuidado, para que se fuera secando y poder hacer fuego, mientras otros limpiábamos de nieve los alrededores de las tiendas para no matarnos y para que cuando llegase la noche no estuviesen tan frías.
Otra decisión que se tomó, con la que nunca estuve de acuerdo por exagerada, fue la de reunir todos los alimentos de los que disponíamos en un solo montón. Luego se descubrió que alguna gente había escondidos alimentos, “uy, no me había dado cuenta que de que tenía esa tableta de chocolate en el bolsillo de la mochila”…
Pasamos el día de más mal rollo que bueno, sobre todo los de la otra tienda.
Hubo pelea también porque algunos de los que habían ido a por leña consideraban poco menos que habían arriesgado su vida por los demás, por lo que los teníamos casi que servir el resto del día.

En fin, la naturaleza humana, que es como es, en todo su esplendor.

Al llegar la noche, algunos consideraron la posibilidad de dormir en el refugio, yo misma me lo planteé, pero como todos no cabíamos, y por no pelearnos más, se decidió que nadie dormiría allí.
Entre los mismos grupos hubo disensiones, algunos de una tienda (los que habían dormido con piedras bajo la tienda) se fueron a la otra y viceversa (los que habían pasado mucho frío, -aunque no sabían que casi todos habían pasado el mismo frío-). Continuó la discusión del día anterior, “ésta tienda es mejor que la otra”, “la vuestra la habéis colocado fatal”, “ a ver la vuestra”, blablabla.
La segunda noche pasamos menos frío porque pudimos prepararlo todo mejor.

Al día siguiente el cielo se levantó despejado, pero volvieron diciendo que el camino se había helado.
Había que hacer una reunión de nuevo y decidir si irnos o quedarnos. Si nos quedábamos, los que se fueron el día anterior llamarían a la guardia civil, como tenían encargado, con lo cual sería un follón, y a esas alturas ya todos estábamos más que hartos de dormir en esas condiciones, además de que no quedaba mucha comida, por lo que decidimos intentarlo y emprender el camino de vuelta.

Era muy peligroso, y cada vez que lo recuerdo pienso que podría haber pasado una desgracia, pero lo hecho, hecho está. El problema era la gente que no tenía botas adecuadas, entre las que me encontraba. Cuando digo hielo, era hielo, capas de uno y dos dedos de grosor, caída al vacío si te resbalabas. Además, llevábamos peso encima, las mochilas, los sacos y demás. Los que llevaban zapatos adecuados cargaron con las cosas de los que no. Se perdieron un par de sacos por el camino. Por supuesto, lo que se caía pasábamos de recuperarlo.
En una ocasión estuve a punto, a punto, a punto de no contarlo, y pocas veces he sentido más alivio que cuando dejamos atrás el sendero maldito. El resto del camino fue mucho más fácil, o así nos lo pareció, aunque sólo fuera en comparación.

Y así quedó, por fin, como una anécdota para contar, como acabo de hacer. Espero no haberos aburrido mucho, que larga era.

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