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Editado: a la Basílica de Guadalupe (horrorosa, de estilo neocatecumenal) nos llevó el guía obligados, y si flipáis con la foto friki del papamóvil me guardo la de la sábana santa. Todos tenemos nuestros momentos 😉

Tenía ganas de escribir este post, sobre todo porque ya tengo pensado el siguiente. Es difícil condensar quince días en unas líneas cuando han sido tan intensos.
En los viajes parece que el tiempo transcurra a otro ritmo. No sólo se trata de un vuelco sobre tus horarios, comidas y costumbres habituales. Son también los acontecimientos que se precipitan o ralentizan sin poder tomar control sobre ellos, es la gente nueva, los horizontes nuevos y tú misma, que te vas depurando en un proceso que te acerca a realidades diferentes, ya sean propias o ajenas. Ésos son los viajes buenos, los que por las circunstancias que sean, te golpean más allá.

Éste ha sido un gran viaje, mejor incluso que lo soñado, aunque me temo que será imposible transmitir toda su esencia aquí, en este resumen improvisado. Para ayudar, he colgado dos vídeos en internet, por si así me pudiera acercar más a lo que realmente ocurrió.

Me han sugerido que escriba este post por capítulos, pero ni creo que el viaje dé para tanto ni me apetece a mí prolongar la nostalgia más de lo necesario.

Queda largo, pero llevo mucho sin escribir y los blogueros cercanos no están muy prolíficos, por lo que espero que se sobrelleve bien.

Seguro que se me olvida algo, aunque todo tenga importancia relativa. Si con algo tuviera que quedarme sólo diría que fueron días muy felices.

Para empezar, un minitest de una sola pregunta:

¿Dónde me picaron bichos (pulgas supongo) de entre todos los medios de transporte que utilicé?

a) En el autobús primera clase DF-Oaxaca
b) En el autobús segunda clase Oaxaca-Pto.Escondid o
c) En la sala de espera de la estación de segunda clase
d) En el metro de MéxicoDF
e) En un coche alquilado
f) En un taxi mexicano cualquiera
g) En un taxi colectivo mexicano cualquiera
h) En una lancha de pescadores destartalada
i) En el avión de Iberia Madrid-MéxicoDF

Efectivamente, ¡en el avión de Iberia! Nada más llegar al DF ya estaba llenita de ronchas, ronchas que, todavía no lo sabía, aumentarían posteriormente con la picadura de mosquitos. Es lo que tienen los paraísos tropicales: los mosquitos.

Bueno va, no me enrollo más, resumen resumido:

El primer día, llegué al amanecer a la capital y nos dedicamos a descansar en el hotel bueno y dar una pequeña vuelta por los alrededores. Curiosamente, nuestro hotel estaba en pleno barrio gay, del que no hay nada que reseñar ya que viene a ser como el barrio gay de tantas ciudades.
El segundo día, decididas a hacer turismo, fuimos al Templo Mayor, las ruinas de la antigua ciudad precolombina, enclavada en pleno centro. Visitamos el museo. Muy interesante todo. Ahí, tan pronto, empecé a cogerle gusto a la comida mexicana, gusto que no despareció en todos los días de estancia en ese país. Poco me queda por probar, sólo los chapulines (especie de saltamontes asados), que no me atraen demasiado, no por escrúpulos, sino porque dicen que no son nada del otro mundo, y yo no estoy por perder el tiempo. 🙂
El tercer día, decidimos conocer un poco mejor la ciudad, y sin nada claro, comenzamos a movernos, un poco sin rumbo. En principio, en metro (le cogimos el truco rápido y a partir de ahí no prescindimos de él). El metro del DF cuesta menos de veinte céntimos de euro; vale, que en México el nivel de vida es más bajo, pero proporcionalmente no tanto como para esa diferencia. En definitiva, es muy barato. Se calcula que cuatro millones de personas lo utilizan diariamente. Era una parte más de esta ciudad tan… masiva. Existen los vagones sólo para mujeres, que pensándolo en frío me parece un error y una estupidez, por mucho que sea para protegerlas, pero a los que nos subimos no sólo porque te veías abocada a ello sino por curiosidad. Una tontería, lo dicho, sobre todo porque no dura toda la línea.
Luego fuimos a pie, a pie, a pie. Ese día me hice rozaduras en los pies, qué mala estrategia. Es que el DF es un poquito grande, un poquito nada más. Descubrimos que hay zonas temáticas. Ejemplos:
Las imprentas, todas en la misma plaza. Los mercadillos de bragas-calcetines-vaqueros con brillos. Son masivos, es que no se me ocurre otra palabra. Alucinante. Claro, México es una pequeña China, además que tienen que vestir a veinte millones de habitantes. Casi pesadilla. Pero no todo había acabado ahí. En nuestra errática e infructuosa búsqueda de la plaza Garibaldi (que no nos llamaba la atención especialmente, pero por ir a algún sitio), pasamos por las calles de los muebles, los juguetes, los trajes de puesta de largo y los trajes de caballero (y niño, muy importante), pero las definitivamente mortales fueron las de telas/mercerías. Calles, y calles, y populosas calles llenas de tiendas de telas, una tras otra, y no se acababan nunca. Ahí fui consciente de la pequeñez del ser humano, además del poco mundo que yo conocía. No hay manera de describirlo.
Por la tarde, una vez asumido que ése no era nuestro entorno, decidimos irnos a una zona más… universitaria. Así fuimos a parar a Coyoacán, que más que universitario es un barrio pijoguay, pero bueno va. Un barrio encantador en realidad. Allí vivía Frida Kalho, pero ése día el museo estaba cerrado. De todas formas, tampoco hubiésemos ido aunque estuviese abierto, creo.
Cosas que me sorprendieron de los mexicanos, por lo que pude observar, y que no hace en absoluto gala a su fama: beben muy poco (alguna cerveza suelta, a veces con las comidas) y fuman aún menos. Ahí me di cuenta de lo borrachuzos que somos los europeos. De todas formas, en este viaje apenas bebí, sólo un día. No es plan estar por ahí de resaca (¿Me estaré volviendo responsable con los años? Ummm, no creo).
En nuestra pequeña esquizofrenia de combinar hoteles caros (que no lo eran tanto, de algo nos tenía que servir este euro desbocado) con las peores penurias, la siguiente noche la pasamos en un autobús de camino a Oaxaca. Llegamos al amanecer y en la pulcra y novísima estación (de primera clase) nos sorprendió un terremoto. 6.7 escala de Richter. Silencio sepulcral en toda la estación, que por nueva y metálica todos intuimos segura. Ha sido el más fuerte que he vivido. La sensación fue de mareo, de mareo considerable, puesto que no sólo te mueves tú, sino que también se mueve el suelo, y si fijas mucho la vista (para comprobar que no estás soñando, principalmente) te acabas mareando. Después, resulta que la zona es propensa a los seísmos, y que antiguamente hasta había un dios de los temblores, pero una es ignorante. No pasó nada grave, algunas iglesias tocadas y unos pocos chavales que no pudieron ir a la escuela porque las aulas resultaron afectadas. La prensa, al día siguiente, afirmó que las alarmas antisísmicas no habían funcionado.
Salimos a conocer Oaxaca y ¡oh, sorpresa!, Oaxaca es preciosa. No sé por qué (por un boca a boca mal entendido, quizá) yo pensaba que iba a ser una cutrería de ciudad tercermundista que en principio contemplábamos visitar sólo de paso, y nada más lejos de la realidad. De nuevo, mi ignorancia, y sobre todo, la falta de organización del viaje. Bueno, después de la experiencia mercería decidimos comprarnos todas las guías del mundo (no eran muchas las disponibles) y tener un poquito más de previsión, y el resto del viaje estuvo mejor (no es que la experiencia mercería fuera tan horrible, conocimos la “verdadera realidad mexicana”, pero mejor no repetirla), y transcurrió sin ninguna sorpresa desagradable digna de mención.
Pues eso, que Oaxaca nos encantó. No recuerdo qué famoso escritor la llamó “la ciudad de jade”, y con toda razón. Lo que más sorprende de Oaxaca es que está plagada de edificios históricos de piedra verde, de tonalidad pastel, ya que se construyeron a partir de unas canteras cercanas cuyas piedras tenían ese color. En las fotos se aprecia mucho menos que en la realidad. El suelo de muchas calles también está cubierto de este material. Tiene un algo especial, único.
El resto de edificios estaban bastantes cuidados (para lo que es México) y pintados en colores muy vivos. La ciudad, tanto por tamaño y aspecto, como por ambiente, recordaba a cualquier ciudad de provincias española, pero con el encanto de lo exótico.
Quizá por ser ciudad universitaria, se notaba una vida cultural más que aceptable. Además, había bastante inquietud social, en sentido de reivindicaciones generalizadas, aunque no se percibiera de entrada. No hay que olvidar que hace menos de un año esta ciudad sufrió una revuelta considerable. A los responsables de lo de entonces los han encarcelado, son presos políticos, y cuando estuvimos había una huelga de hambre en la plaza principal por su liberación. Donde más notamos el ambiente caldeado fue en los transportes, con los taxis luciendo pegatinas en contra del gobernador (que tiene que ser un elemento bueno) y todo el mundo hablando mal del monopolio de transportes. Visto lo visto, y hablado lo hablado, decidimos irnos a Pto. Escondid-o en un autobús de segunda clase, de los que no cogen los turistas, porque descubrimos que tardaba ¡cuatro horas menos! Aún así el viaje se ponía en casi siete horas por carretera dura de montaña. Ahí descubrimos a nuestro héroe de conductor. Quita a Fernando Alonso, que no tiene mérito ninguno. Este hombre. Se debería hacer un concurso de conductores de autobús latinoamericanos, hay auténticos maquinones, y éste ganaría.

Pero antes de eso fuimos de visita a Monte Albán. Se trata de la primera urbe construida en Mesoamérica y es una maravilla. Ahí fuimos con guía y nos enteramos de todito todo.
Recuerdo el hotel. Me gustó mucho, costaba sólo 400 pesos, unos treinta euros dos personas, y era un edificio colonial (colonial-colonial, es decir, viejo), pero nos gustó porque era austero (evitaba la decoración hortera en la que suelen caer tantos hoteles) a la par que limpio, y el patio interior (que poseían todos los edificios del centro histórico, a modo español) era precioso.
El mercado Benito Juárez me impactó, qué pena no haber hecho ninguna foto del interior, aunque incluso así resultaría difícil recoger el ambiente que allí había. Quita tú cualquier zoco árabe, y auténtico auténtico. Estaba lleno de montones de cosas que yo no sabía lo que eran y de gente, barullo, vida en definitiva. Tras él se encontraba el mercado de comidas elaboradas y más allá el de artesanías, con los mejores precios del estado en alebrijes, tapetes, ropa tradicional y cerámica negra.
Oaxaca nos encantó tanto que decidimos pasar un día más allí a la vuelta y así poder comprar algunas artesanías.
Para el camino hasta Pto. Escondid o hicimos acopio de Biodramina y la verdad es que dormimos casi todo el viaje. Esta vez viajamos de día y llegamos al destino a la hora de comer. Buscamos hotel y encontramos uno que estaba muy bien, muy mono, no demasiado caro, en plena calle principal, aunque luego descubrimos que era un poco ruidoso y de ahí el precio, pero no nos importó demasiado. Este pueblo, no muy grande, es bastante turístico, con las típicas tiendas de souvenirs, camisetas, toallas y flotadores de pato, aunque aún no está masificado de la forma que conocemos España o como lo puede estar la zona de Cancún. Lo bueno es que pillamos temporada baja (en México las vacaciones son como en España) y la temporada de lluvias es de mayo a septiembre, por lo que viajamos en la época ideal, además de ser la buena del marisco. Nos dedicamos a turistear, a comer, principalmente, y nos fuimos a dormir pronto.
A la mañana siguiente, muy muy temprano, de noche aún, tal y como nos había aconsejado la de Información, nos dirigimos a la laguna. “Un viaje un poco loco” lo llamó. En este punto tengo que decir que la dos señoras que nos atendieron en Información Turística, tanto en Pto. como en Oaxaca, eran excelentes, de lo mejor que me he tropezado, aprender deberíamos de ellas, y no esos niños en prácticas que nos encontramos aquí a veces, claro que ése es otro tema.
La Laguna, que estaba a unos sesenta kilómetros, merece un capítulo aparte.

Cuesta trabajo no idealizarlo.
Había que coger (agarrar, por supuesto) un minibús y luego un taxi. Bueno, allí llaman colectivo a todo. Una vez llegadas a un pueblo de pescadores había que tomar, negociaciones mediante, una lancha que tras unos cuarenta minutos, a través de una preciosa laguna de agua salada rodeada de mangles, nos llevaría hasta el pueblo en el que nos íbamos a quedar, ya en la playa.
Continuaban las negociaciones. Allí puedes dormir en una choza, por un precio irrisorio, o acampar en el terreno de alguien, por un precio más irrisorio todavía. Nosotras decidimos acampar, y a pesar de que nos habían recomendado a algunas personas, al final optamos por quedarnos en el “porche” (de arena, primera línea de playa) de Doña Mode (Modesta).
De este lugar sorprende que la población es afromestiza, bastante diferente a otras zonas del estado, de hecho lo llaman “África en América”. Bueno, pronto nos dimos cuenta de que aquello era más bien una mini Jamaica de unos quinientos habitantes: nada más llegar y acampar nos ofrecieron pescado frito, y de postre, marihuana. Así, gratis, como gesto de hospitalidad. Vinieron a fumar los viejos del pueblo, supongo que llamados por la novedad. Allí fumaba todo el mundo, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, y nosotras fumamos gratis todos los días de nuestra estancia. La música que se escuchaba era sobre todo la cumbia, pero también el reggae.

No sería la única comida que nos ofrecerían. La verdad es que no paramos de comer en todo el tiempo que estuvimos allí. Solía ser pescado que Doña Mode amablemente se encargaba de cocinarnos (frito, en sopa…), siempre muy picante, pero también quesadillas, y ostras. Desayunábamos coco que también nos regalaron (no lo hacían con todo el mundo). Se notaba que les habíamos caído en gracia, porque había otros habitantes de fuera (cuatro o cinco, de la capital y unos argentinos) pero no eran tan amables con ellos.
Doña Mode era todo un personaje: cincuenta y tantos o sesenta años, malhablada, muchas veces malhumorada (aunque parecía que todo el mundo la quería), con tatuajes en los brazos, se pasaba el día en la hamaca, fumando marihuana y viendo telenovelas (y, oh, drama cuando se desintonizaba la tele, cosa que solía ocurrir con relativa frecuencia). Daba un poco de miedo a todo el mundo, pero a nosotras nos trató fenomenalmente bien. Por ejemplo, llegaba la pareja de mexicanos y le pedían que si podía cocinarles un pescado y ella: “No”. Así, seco, sin más explicaciones. Nosotras flipando mientras nos comíamos el pescado que nos acababa de preparar. O alguien, que si le podía dar agua, y ella: “No”. La verdad es que el agua escaseaba, diría que incluso más que la cerveza, y en alguna ocasión le tuvimos que dar a Doña Mode agua de nuestra botella. A veces Doña Mode no tenía limones, o tortillas, y vivía del pescado que le regalaban y de trapichear un poco con marihuana y con cervezas, que revendía un poco más caras, porque ella tenía ¡nevera!, con candado, por supuesto.
Allí no es que vivan al día, viven al momento. Las conversaciones eran del tipo “me debes quince pesos”, “toma estos diez pesos”, “cuesta cinco pesos” (diez pesos son unos setenta céntimos de euro).
Lo bueno es que allí la comida nunca falta porque la laguna es riquísima en pesca. De hecho, estas personas, con estas carencias materiales, consideran, por ejemplo, que comerse un pescado que tenga más de seis horas es una guarrería porque ya no está fresco “y no sabe igual”, ni siquiera conservado en frigorífico.
Y felices viven, eso se nota nada más llegar, todo el día tirados en las tumbonas, o haciendo surf los jóvenes, “tableando”.
Por la tarde, comprándole unas ostras (a buen precio gracias a Doña Mode), conocimos a Honorio, que se convertiría en nuestro guía. Por unos ocho euros nos llevó de excursión, en lancha, durante varias horas, por las salinas, aprovechando la marea baja y que iba a atardecer. También venía Héctor, llamado “el General”, un señor mayor al que todos le tenían cierto respeto.
Aquello es ESPECTACULAR, sólo tenéis que ver las fotos, cualquier cosa que diga se queda corta, y las sensaciones de paz y libertad infinitas.
Compramos pescado, baratísimo, a una familia de otra lancha, y pensamos en regalarle uno a Doña Mode. Ella, encantada y agradecida, nos cocinó gratis el resto de nuestra estancia. También pescamos ostras con Honorio y nos las fuimos comiendo durante el trayecto. Las ostras se crían en abundancia en las ramas de los mangles, las que penetran en el agua, junto con mejillones, y no hay más que arrancarlas con un cuchillo. También hay berberechos, pero curiosamente allí nadie los come, no les gustan.
A Honorio le caímos muy bien y nos propuso irnos al día siguiente de pesca, ya sin cobrarnos, como amigos. Nosotras encantadas, aunque no nos hubiera importado pagarle.
Llegamos anocheciendo, y por desgracia, en el transcurso de ir desde donde nos dejaba la lancha hasta nuestra tienda, donde teníamos la crema repelente de mosquitos, nos picaron muchos, lo que nos amargó un poco la estancia, pero fue llevadero. Sí había luz eléctrica, una o dos bombillas por casa.
Al día siguiente, quedamos con Honorio para ir a pescar. También vendría con nosotras su amigo Ricardo.
Doña Mode, entre charla y charla, nos puso al día de los cotilleos del pueblo. Para empezar aquello no era tan idílico como parecía, porque además de contarnos historias un tanto truculentas descubrimos que algunos estaban peleados con otros.
Nos contó, por ejemplo, que Ricardo acababa de salir de la cárcel después de unos días por una falsa acusación de violación por parte de una pija de la capital. La verdad es que conociendo los detalles de la historia y al hombre en cuestión nos la creímos. Íbamos un poco temerosas por nuestra seguridad allí y resulta que los que tenían miedo de los de fuera eran ellos. También nos contó la tremenda historia de cómo se había hecho Honorio la cicatriz que le abarcaba desde el cuello hasta la boca, tan sólo unos meses atrás. Resulta que Honorio,
muy buenecito, tímido e inocentón, de unos veinte años, que todavía vivía con los padres, era gay y en una visita a su hermana, en Tijuana, conoció a un estadounidense negro (lo de que fuese negro negro les llamaba mucho la atención) que quedó prendado de él. El tipo este, completamente obsesionado, fue tras Honorio hasta el pueblo de la laguna y le propuso irse a vivir con él a EEUU, pero Honorio no quería y el tipo este, en un arrebato “mío o de nadie” partió una botella y con el casco fue a rajarle el cuello, directo a la yugular, pero Honorio afortunadamente sobrevivió. Al tipo lo metieron en la cárcel y poco después EEUU pidió su extradición. Ahora está en una cárcel de EEUU y Honorio con una cicatriz de por vida que me temo que lo tiene amargado. Las historias de la gente de los lugares.
Dormimos en nuestra tienda, divinamente, y nos despertamos con la luz del día.
Me hizo gracia Doña Mode. La noche anterior, viernes, había estado dándole al tequila en el bar del pueblo y andaba con una resaca de caballo. Le di una pastilla de ibuprofeno y se quedó maravillada. Amiga… Antes de irme le regalé la caja.
Ese día estuvo muy bien, salimos en canoa con Honorio y Ricardo. Las lanchas a motor sólo las usan con los turistas, ellos usan canoa, para ahorrar combustible. Pescaron básicamente ellos, no voy a mentir, pero decían que les habíamos traído suerte, porque llevaban días buscando unas conchas que se llaman “callos de hach a” y por fin dieron con un filón. Éstas nunca las venden vivas, porque lo valioso es la concha, que usan en artesanía, por lo que nunca acaban en restaurantes, se las comen ellos. Como nosotras nunca las habíamos probado nos invitaron a comerlas después, así que nos podemos considerar afortunadas de que probamos una delicatesen rarísima. Después de pescar subimos al faro, desde donde había unas vistas increíbles. Ya anochecido, los invitamos a unas cervezas y ellos a nosotras a unas tapas de ostras, conchas-nácar y callos de hach a, y todos tan felices.

De entre todas las cosas que nos contaron me llamó la atención especialmente una: cada comunidad se organiza a su manera y ellos estaban organizados de tal manera que todo lo que pescaban, y no fueran a comer, se lo compraba automáticamente la comunidad, por lo que ellos no tenían que preocuparse en venderlo. Todos estaban muy contentos con esta organización.

Con un poco de pena, aunque sintiéndonos afortunadas por haberlo vivido, nos despedimos de toda esta gente tan amable preguntándonos si nos quedaríamos a vivir ahí toda la vida y respondiéndonos que por un lado sí (aunque con wc y ducha propias, decíamos, porque ahí eran compartidos por un montón de casas, -pese a lo cual, y la falta de agua durante algunas horas, se mantenían razonablemente limpios-).

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Regresamos a Pto. Escondid o y nos dedicamos un día a hacer, de manera improvisada, lo que llamamos “chiringuiting”, que consiste en tomarse una cerveza y una tapa en cada chiringuito del pueblo que se nos fue ocurriendo. Acabamos de noche. Al día siguiente, alquilamos un coche y fuimos por un montón de playas maravillosas que hay a lo largo de la costa oaxaqueña. Acabamos en Huatulco, que no nos gustó nada, porque eso sí que era masificado en plan España y cadenas hoteleras. Al día siguiente regresamos a Oaxaca (otro palizón), pasamos el día allí, de compras, o más bien de paseo y de ruta gastronómica, como acostumbramos. Esa noche vimos un eclipse total de luna. Tuvo su magia.

Después México DF otra vez y Teotihuacán, espectacular. Teotihuacan está a unos cincuenta kilómetros del centro y durante esa ruta se pueden observar los millones de casas en cemento visto que conforman esa ciudad tan imponente y dura que es México DF.
Y hotel bueno otra vez y volver. Y paliza de avión y jetlag y ya no estar ahí.

Me ratifico: fueron unos días muy felices.

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