Debo cada uno de mis gustos a la influencia de amigos de paso, como si yo no pudiera aceptar el mundo, sino por mediación de unas manos humanas”.

M. Yourcenar
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A eso me refería con “Herencias”, no a ninguna telenovela sudamericana.
Supongo que todos, a estas alturas, cargamos una lista, con más de un nombre, de personas que en un momento estuvieron y ya no están, gente que formó parte de tu vida, ya fuera amigo o pareja, y que ahora no vuelve si no es rodeado por un halo de nostalgia; existen incluso los que han superado las barreras que inevitablemente va imponiendo el tiempo, y permanecen en nuestra colección de allegados, más o menos cerca del lugar donde residimos. Cada una de estas personas nos ha dejado algo, un gusto por una comida, una canción, costumbres…

Pensaba que enumerarlas sería fácil y he descubierto que no lo es. Así llevo días, entre unas cosas y otras, amontonando trozos de pasado, reviviendo sentimientos, hasta perdonando.

Se trata de aprendizaje, el que llaman de la vida, el que no enseñan en la escuela y menos en la universidad.
Va desde cosas tan simples como apreciar una caricatura, que le debo a la inefable Isa, hasta descubrir cantantes que me acompañarían toda la vida, como puede ser Van Morrison, de quien supe gracias a Nina, una de esas mujeres que admiré más que amé. De Lola, Marguerite Yourcenar.
¿Y las cosas que un día te gustaron pero que desaparecieron junto con su portador? Mimetismos temporales.
Prefiero seguir enumerando las que sí quedaron, aunque alguna se empeñe en esconderse en los recovecos de la memoria:
De los chicos de informática, los juegos de ordenador, las casas rurales, la Alpujarra, a prever cuándo será buena una puesta de sol.
De Eva, a disfrutar conduciendo.
De Mariluz, la ternura.
De María José, los pepinillos en vinagre, las iglesias románicas, el sexo duro, el Pesquera.
De Lourdes, los Tanqueray con limón exprimido en las terrazas del puerto las noches de verano.
Sofía, Dead Can Dance; Sofía, cuya sombra recae de tarde en tarde sobre mí, o quizá debiera decir su fantasma. A renunciar me enseñó también, sin quererlo. Las sesiones de pelis de terror, los porros en silencio. A estar en mi sitio, al menos a intentarlo. De Sofía, el filo de la navaja. De Sofía, la luz.
De otra, la de los dibujos animados, los restaurantes japoneses… sí, me dejó algo, una herencia, me enseñó a echarle morro a la vida, que no es poco.

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¿Y de ti, qué heredaré?
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Ay, que empiezo a tener ligera idea.
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