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Desde hace unos días, tengo la oportunidad de conducir un Toyota Prius (coche híbrido) que me han prestado porque el mío sigue roto.
Siempre que lo conduzco, me digo que tengo que hacer un post sobre él. La verdad es que mientras conduzco en general se me ocurren mil cosas que pienso que debería escribir, pero luego se me olvidan. Me digo que debería llevar una grabadora en el coche, pero todos sabemos que eso nunca ocurrirá 🙂 .

El coche me gusta mucho, estoy enamoradita de él. Personalmente, me encantaría tener uno de éstos, pero mi economía no está muy boyante, por lo que calculo que tendré que esperar al menos un par de añitos.
A mí me encanta conducir y eso de poder tener la conciencia medio tranquila en la cuestión ecológica satisface mucho (tendré la conciencia tranquila del todo cuando sea eléctrico completamente, en vez de híbrido). También sé que cualquier producto manufacturado no es ecológico en sí mismo, pero si nos ponemos así apaga y vámonos.

Mientras lo conduces, es fácil imaginar ciudades y carreteras donde todos los coches fuesen silenciosos y poco contaminantes. Es un escenario idílico, pero que no debería estar tan lejano. Tuve un momento, conduciendo por una carretera comarcal rodeada del verde de la primavera, que al pasar un puente sobre el río sin contaminar, me crucé con unos ciclistas que me saludaron, y me pareció estar dentro de un anuncio.

El Toyota Prius por fuera no es la gran maravilla, aunque a mí no me disguste su diseño, pero donde se ve que es un gran coche es cuando te sientas en su interior. Es muy amplio y cómodo, no tiene nada que envidiar a una gran berlina.

Lo diferente y mejor viene a la hora de conducir, y donde más se nota es al arrancar. Es suave y tan silencioso que es imposible distinguir si está arrancado o no. La sensación, para los que sabéis conducir, es como cuando un coche está en punto muerto, no tiene puesto el freno de mano y avanza casi a la deriva. Descoloca un poco al principio, pero luego encanta. Cuando aceleras con fuerza sigue siendo muy suave, aunque algo más de ruido hace, pero poco, y se agarra muy bien. Es muy ligero y ágil en general.

Es automático, y en este sentido funciona como todos los automáticos. Es un poco aburrido de conducir, pero no se puede tener todo en la vida. Tiene el freno de mano en el pie, en el lateral izquierdo, y el embrague en el salpicadero, como los americanos.
Me ha ocurrido que me he acostumbrado a conducir en automático y el otro día cogí un coche de marchas normal y me encontré que llevaba diez minutos por la autopista en tercera. Ejem, esto que no salga de aquí.

Luego, conduciéndolo, he notado que el sistema no es como se comenta por ahí, que hasta los 50 km/h es eléctrico y luego pasa a ser de gasolina. No, más bien se trata de que cuando va cuesta arriba toma del motor de gasolina (que a su vez realimenta al otro) y cuando va cuesta abajo es eléctrico, con matices. Esto lo sé porque hay una opción en pantalla donde puedes comprobar el flujo de energía mediante unos gráficos. De hecho, he llegado a estar conduciendo a 120 km/h durante un par de kilómetros, en la bajada de la autovía de Torremolinos, consumiendo exclusivamente del eléctrico.
Por supuesto, tiene gps, voz de señora que te habla y todas las chorradas que no sé utilizar. Tiene cámara para cuando vas marcha atrás, y por lo visto, te aparca solo, pero de eso no me he enterado bien y no me he atrevido a probarlo, vayamos a tonterías, que el coche no es mío.

La gran ventaja de este coche, especialmente en los tiempos que corren, de subida imparable de los combustibles, es que consume poquísimo, como os podréis imaginar. Por ejemplo, llené el depósito, me hice unos doscientos kilómetros por autopista, metiéndole caña, es decir, tirando en exceso del motor de gasolina, y de los diez puntos de llenado del marcador del salpicadero, al concluir el viaje, aún estaba por el décimo (aunque también es verdad que todos sabemos que ese último punto en realidad refleja un margen mayor de gasolina que los otros, pero bueno está).

Conclusión, que el coche es cómodo, ágil, tiene una aceleración de cero a cien espectacular y consume muy poco.
Entonces, lo que me reconcome en estos días es: ¿por qué estando tan bien este coche (y supongo que sus similares también) la gente sigue comprándose Volkswagen Golf y Mercedes CLK -por ejemplo-? Puedo entender cuando se compran otros más baratos, porque no todos tienen la economía tan saneada y los híbridos son relativamente caros, pero si disponen del dinero, ¿por qué seguir introduciendo en el parque automovilístico vehículos tan contaminantes?
Creo que las medidas del gobierno al respecto son insuficientes, no sólo se debería subvencionar la compra de vehículos híbridos, sino gravar aún más los otros, (si no prohibirlos directamente una vez vendido el stock actual, pero sé que aquí me estoy pasando). Tampoco hay campañas institucionales, al menos no lo suficientemente fuertes, que animen al respecto.
Y socialmente, también se debería hacer más presión, quizá mirando mal a la gente que compra vehículos nuevos dependientes del petróleo, que el que se compra el Mercedes o el Porche descapotable no pueda ir presumiendo por ahí (que, no nos engañemos, ésta suele ser una de sus finalidades), sino que reciba miradas y comentarios de reprobación. No se me escapa que la gente que se compra este tipo de vehículo, de lujo y no tan de lujo, suele pertenecer a unos grupos sociales muy consumistas que no se caracterizan precisamente por su conciencia ecológica. Habría que ir cambiando esto.

Interesante esta página (Asociación para la promoción de vehículos eléctricos y no contaminantes en España).

NO SALDRÁS HASTA LAS CUATRO DE LA MAÑANA ENTRE SEMANA, sobre todo cuando al día siguiente tienes que estar a las nueve de la mañana, presentable y lúcida, a cien kilómetros de distancia, y te espera una jornada de diez horas sin parar.

Ay, qué mala estoy.

¿Quién me mandaría a mí? Parezco tonta, joder.

Y no aprendo.

——

Canción moderna de la modernidad “Electric Bloom”, de Foals. Vienen al Summercase, y no pienso ir a verlos porque ya dije que no iba al Summercase más, que es un infierno.

Al hilo del post de Óscar, en Normalizado, donde pregunta… (iba a escribir “lanza la pregunta”, pero he rectificado a tiempo, no quiero que Manzanita y sus purismos me crucifiquen :P, -no suelo utilizar la expresión, pero en este caso es que casi la lanza, parece decir: “ahí, ahí la lleváis” como final de post-).
Bueno, que me voy por la ramas, decía que Óscar pregunta, tras recuperar el billetero que había olvidado en la FNAC, sobre lo más valioso / extraño / avergonzante que nos hemos dejado por ahí.

Aparte de ocurrírseme obviedades, como la honra o la dignidad, que me las he dejado en más de una ocasión en los sitios más insospechados, y sobre todo con la que gente más insospechada, voy a relatar el caso de pérdida, de objeto, más espectacular que he sufrido, por las consecuencias, más que nada.

Antes, (me acaba de venir a la memoria), quiero mencionar una frase que a veces dice mi madre, y que proviene de mi abuela, en referencia a cuando uno tiene que rebajarse -quizá ésta sería la expresión más adecuada-. Dice mi madre: “El orgullo es una cosa que se coge, se tira, se pisotea, y luego coge una, lo sacude y queda como nuevo”. Mi abuela molaba mucho, pena que se muriera cuando yo era niña aún.

Y ahora sí, prometo no irme más por las ramas y contar mi “caso dramático”:

Sicilia, digo… Leuven, Bélgica, dos mil… algo.

Un día cualquiera, muy al principio de mi estancia en la ciudad (¿o debiera decir pueblo? mmm, ¡ciudad universitaria!), caminando por el centro, perdí (o me robaron, nunca lo sabré) la cartera con el dinero, pasaporte… todo. No sólo me quedé sin dinero para comer, sino que ni siquiera podía desplazarme al consulado, o llamar por el móvil, porque era de tarjeta y tenía el saldo justo, y menos desde una cabina. Como acababa de llegar al país, apenas conocía a nadie, y los pocos que conocía estaban de viaje. Lo llevaba todo encima porque estaba de papeleos, compras y las cosas típicas que se hacen tras una mudanza. Encima, llegaba el fin de semana. Lo peor de todo, o lo que me creaba más angustia en ese momento, tonta de mí, era que esa tarde llegaban los muebles de Ikea, y yo no tenía un duro para pagarles por el transporte, que se pagaba después de comprar, a la llegada de los muebles (la historia de cuando me quedé tirada en el polígono de Bruselas y me rescataron unos que tuneaban coches es bonita también, pero no viene a cuento).
Fui a la comisaria a denunciarlo. Aunque no estuviera segura del hecho, algo me decía que lo más conveniente era decir que me lo habían robado. Dificultades idiomáticas aparte, no me hicieron ni puñetero caso.
En este punto, tengo que decir dos cosas:

1) los que digan que en la parte flamenca de Bélgica todo el mundo habla inglés, mentira, mentira cochina. Lo hablan cuatro, el resto lo chapurrea y mal, con un acento que no lo entienden ni ellos. Los que venden cursos, de la materia que sea, en inglés en Flandes, deberían ser condenados, como mínimo, a una estancia de tres años, digamos en La Alpujarra, prometiéndoles, de la misma manera que ellos hacen, que allí se habla inglés, mucho inglés, vamos, allí los niños nacen bilingües y después de decir mamá, la siguiente palabra que pronuncian es excuse me. Bastante tiene el vulgo con aprender holandés, francés y después alemán, como para ponerse con el inglés, aunque mérito y capacidad no les niego a ninguno de ellos, y envidia me dan con tanto idioma de por medio.
2) es mucho mejor quedarse sin dinero en un país subdesarrollado (me ha pasado) que en la vieja y opulenta Europa; la gente, a pesar de ser más pobre en general, se muestra más amable y comprensiva, por paradójico que pueda parecer.

Sigamos con la historia, y la voy a resumir mucho, conste, que me pasaron más cosas:

Después de volver a casa, sentarme, levantarme, sentarme, maldecirme, angustiarme, acojonarme, ¿qué se me ocurrió? Mamá. Cobro revertido.
Ahí comienza el episodio Western Union, que es una mierda y no vale pa ná. Resulta que existe una manera interna de transferir dinero a través de esta compañía cuando el receptor no dispone de documentación, como era mi caso. Se trata de una palabra secreta que el emisor del dinero debe comunicar al que lo va a recibir, y que éste deberá pronunciar a la hora de cobrarlo. La palabra secreta era el nombre de una de nuestras gatas, Cleo. Al día siguiente, me voy a Western Union, me presento, espero la interminable cola, me sitúo ante el mostrador y el encargado me dice que no habla inglés. Mentira, seguro, pero bueno. Le cuento mi vida a uno que pasaba por allí y no tenía mucha prisa del todo, considerando que la oficina está situada en la estación de tren, y se ofrece a hacerme de intérprete. Volvemos a esperar la cola, hacemos todo el trámite, nombres y demás, y cuando llega la hora de decir la palabra secreta, el hijo de puta del encargado me dice, con sorna, que no entiende lo que le acabo de decir, que no es la palabra. Se la intento escribir pero no me deja un papel. Me da a entender que no puede esperar más y le da paso al siguiente de la cola. Mi intérprete se aleja confundido. El hijo de puta se ríe.
En ese momento, supe lo que eran ganas de poner una bomba (y lamentablemente ya no sólo por este caso, pues otros peores me esperarían en mi vida). Y me puedo imaginar la angustia de la gente que llega sin papeles, sin conocer a nadie, y encima los putean; y eso, que al fin y al cabo, yo sabía que antes o después lo mío se solucionaría, porque tengo una familia que me respalda, y una nacionalidad que me ampara, pero esta gente no, es la misma angustia sin visos de final.
Ah, los de Ikea llegaron, con las ganas que tenía de que me trajeran los muebles, pero les tuve que decir que volvieran otro día, a lo que accedieron sin sorprenderse demasiado, aunque a saber cuándo sería eso y si no habría malos entendidos con el envío que después yo no podría solucionar por problemas con el idioma.
El domingo, día en que la católica Leuven se asemeja a un desierto, me quedé en casa, sin salir, derrotada y pensando en las ideas más peregrinas. Aburrida, revisando los papeles de la universidad, comprobé que disponían una especie de servicio de asuntos sociales. Ésos eran los míos.
A la mañana siguiente, allí que me fui. Les conté toda la movida y me prestaron el dinero para poder ir en tren al consulado de Bruselas y así sacarme un pasaporte con el que poder tener acceso al dinero. Muy simpáticos, muy buenos y muy efectivos.
Tomé el tren y me dirigí al consulado. Me perdí mucho intentando encontrar el consulado, venga patearme Bruselas, pero al final llegué. Espero mi cola, hago los trámites, foto, huellas… y cuando voy a la ventanilla donde me tienen que entregar el pasaporte me dicen que por ese día ya es muy tarde, que vuelva mañana. En ese momento me doy cuenta de que no tengo dinero para volver a Leuven, a mi casa (=techo). Les digo que no puede ser, primero intento ser educada, explicarles mi situación, pero acabo por montar el número, medio llorando. Me siguen diciendo que nada, que no.
Salgo, paseo, vuelvo. Que no. Me siento en las escaleras de la entrada.
Llamo a mi madre. Me dice que espere, que va a intentar solucionarlo desde España. Desconfío, profundamente. Yo acababa de salir de dentro del consulado, ¿qué iba a hacer ella desde Cádiz?
Me siento, espero. Para pasar la noche en cualquier parte mejor esperaba allí, por si al final le daba pena a alguien.
Una hora después, se me presenta un señor mayor, con aspecto de dandi ajado. Me dice que es el cónsul, que ha hablado con mi madre, que ¡vaya mujer!, que no me preocupe que en un momento me dan el pasaporte. Lo miro con los ojos muy abiertos. Lo acompaño, me lo dan, y me dice, con toda su cara: “es que nos lo tenías que haber explicado mejor”. ¿MEJOR, MEJOR? Pero sonrío, y me callo, ¿qué mas daba ya? Él no me importaba, yo sólo visualizaba “banco, banco”. Le digo que tengo que ir al banco, que corría el riesgo de que cerrasen, y encontrarme en las mismas. Me dice que me acompaña, no vaya a ser que tenga algún problema. Vamos en metro, que “era más rápido”, consigo el dinero, y en la boca del metro al despedirme, el cónsul me dice: “¡pero antes de todo llama a tu madre, que se quede tranquila!”.

Qué no le diría mi madre. Me lo puedo imaginar, y no me extraña que respondiese así.

  • Hoy ya, por fin, he podido hacer vida de persona normal, después de una gastroenteritis DE CABALLO que he sufrido. Odio el Aquarius. He adelgazado, pero fijo que engordo otra vez, es mi sino y mi genética.
  • La perra de mi hermana (me refiero al animal de cuatro patas que recogió hace unos meses, un pastor catalán, no a que mi hermana sea una perra), es horrible. Es simpatiquísima, inteligentísima, cariñosísima, y todo lo que tú quieras, pero ¡qué pesada!, se te tira encima a las primeras de cambio, da igual lo que le digas. Y se lo come todo: zapatos varios, vestido de boda, regalos de México, el sofá (le ha sacado la espumilla) y ayer se fue a por el cargador de mi portátil, menos mal que la pillé a tiempo. Horrible, horrible, y los gatos viven aterrorizados, moviéndose sólo por los muebles altos. ¡Qué casa de locos!
  • Cuando alguien coge el teléfono se jode internet y hay que reiniciar el ordenador. ¿Por qué? Quí lo sá, como dice Brixta.
  • Después de una semana sin cargador del móvil, encendiéndolo sólo para consultar la agenda, por fin decidida a comprar uno nuevo, descubro que estaba en el fondo de la mochila, negro sobre negro, que no había mirado bien.

¿Y qué más cuento? Que ando de puntillas sobre los problemas; que sí, que era verdad, que iba a llover este fin de semana, porque ya está chispeando; que el pasado me persigue y, o lo encaro, o me come; que nunca había demostrado tanta dejadez como en esta ocasión a la hora de arreglar el coche, y tantas cosas; que pasito a pasito; que a ver si asumo que hay cosas de las que nunca me libraré; que no debiera utilizar el amor como evasión de la realidad; que ya me vale, treinta y tres años para llegar a esto.

Que por fin tengo un ratito para mí, para escribir, para soñar, para añorar.

Releo el post anterior, me ha dado por ahí, y me doy cuenta de que en mi vida principalmente me he movido por amor, y por desamor; y todavía no sé si eso está bien o mal.

Que me regalo una canción:
Una canción pequeñita, casi un poema. Está en portugués. Quizá una persona que supiera portugués podría traducírnosla, porque yo seguro que no lo hago bien del todo.

Os la regalo a vosotros también. Me encanta ese final:

http://www.urcloud.com/oir.php?id=4806c91b5fd91

o aquí.

Ainda que mal pergunte,
Ainda que mal respondas;
Ainda que mal te entenda,
Ainda que mal repitas;
Ainda que mal insista,
Ainda que mal desculpes;
Ainda que mal me exprima,
Ainda que mal me julgues;
Ainda que mal me mostre,
Ainda que mal me vejas;
Ainda que mal te encare,
Ainda que mal te furtes;
Ainda que mal te siga,
Ainda que mal te voltes;
Ainda que mal te ame,
Ainda que mal o saibas;
Ainda que mal te agarre,
Ainda que mal te mates;
Ainda assim te pergunto
E me queimando em teu seio,
Me salvo e me dano: amor.

(Lógicamente, la canción se llama Ainda que)
Las hay mejores, no es para tanto, pero esta canción me trae recuerdos, buenos, muy buenos, horrorosos…
Recuerdo cuando compré el disco, cuando lo escuchaba con ella, cuando me dejó plantada en el concierto (léase viejo post de mi viejo blog), cuando fui capaz de volverla a oír. A S. le gustó cuando la vio en una grabación de una actuación que emitieron por Canal+ (lástima que esté en VHS y perdida en alguna caja para siempre): cerraba los ojos al cantar, como ella, compartían fallo.
Luego, el desafortunado incidente, los discos que perdí, y que ahora, poco a poco, comienzo a recuperar, gracias a internet.
Y, ¿por qué no?, me voy a alabar: la certeza de que ahora amo mejor.

Por todo ello, la canción es MÍA.

PD: Si alguien lo desea, se puede descargar el disco entero en esta dirección. Los demás discos aquí.
Para subir canciones, he encontrado una página muy básica, cutre y estupenda, que no estoy segura de que funcione del todo bien, pero lo parece:
www.urcloud.com

Mañana emprendo un viaje al que me llevo resistiendo más de lo debido.

Quizá me corte el pelo, aprovechando una boda pepera de la que no me puedo escaquear. Parece tontería, pero hace dos años que no me lo corto, esperando no sé qué. Ni siquiera entonces lo hice, por negación.

Quizá visite a los amigos, quizá tome el sol (que brillará, brillará), quizá pierda la mirada en las calles de esa ciudad que dos veces me retiró el abrazo, mientras recuerdo lo que no fue. Málaga siempre se mostró ingrata conmigo, a pesar del entusiasmo que en ella derroché.

Soy mucho de largarme cuando veo los ciclos cumplidos, también cuando me asusto o me sé sola. Cuando no resisto el dolor.

Así estoy, con treinta y tantos años, varias carreras profesionales frustradas y amigos desperdigados por doquier, a los que no puedo atender como debiera, ni me pueden arropar como me gustaría.

Por fin, aprendí lo que significaba el desarraigo, lo busqué y lo encontré. Quise volver, asentarme, y ya no pude. No quedaba nada de lo antes, ni yo ni los demás.

De casa de mis padres me fui porque era lo que había que hacer, arrastrada por los acontecimientos, sin sospechar siquiera que nada sería como imaginaba.

De Málaga me fui porque… me echaron, literal, de la universidad. A la mierda.

Abandoné Londres porque no me podía quedar ahí toda la vida, porque era demasiado pronto y yo demasiado joven.

En Granada fue donde duré más, tuve incluso años dorados, falsos, pero dorados, cual bisutería fina.
Recuerdo la despedida, no se me olvida: la sierra nevada y la Alhambra a mi derecha, mientras conducía sola por la circunvalación, con dos cafés en el cuerpo en dos días, intentando ver la carretera a través de las lágrimas. Cuatrocientos kilómetros de infierno.

De Madrid me despedí en otra gran huída hacia delante. Madrid es una cuidad potente, dura. Puede ocurrir que no te adaptes, pero si te descuidas también te puede absorber. A mí me absorbió. Fueron mis meses oscuros. Un día me levanté y, sin mirar atrás, me largué de allí.

Me puse en manos del azar y acabé en Bélgica. Cantos de sirenas aparecieron por todas partes, pero me empeñé en cumplir el ciclo, al menos el académico.

Después surgió la magia, yo dije “un país celta”, ella echó los papeles y acabamos en Gales. Ahí me hubiera quedado toda la vida, viviendo la mentira que no sabía que era. Pensé, dudé, y como era demasiado bonito para ser verdad, concluí que no podía ser.

Así, sin querer, regresé a la ciudad que juré no volver a pisar. Granada me sonrió y me brindó unos meses inolvidables. Pequeñas vidas dentro de otras vidas.

Con recelo miré hacia Málaga, aparente salida natural. Aposté y perdí. No era mi sitio por mucho que hubiera insistido.
No podía quedarme allí, necesitaba aire, gente, probarme, empezar de nuevo. Cuestión de supervivencia.

Madrid me guiñó un ojo y yo me dejé querer. En esta ocasión, no me atraparía como antaño, ¿o sí?

Y ahora se tambalean los cimientos de nuevo, pero esta vez… esta vez no me voy a dejar, aquí estoy, aquí he plantado bandera y aquí me quedo.

[odeo=http://odeo.com/audio/2549323/view]

PD:
Pasa que ahora sé una cosa, que la vida te lleva por donde le da la gana, por mucho que te quieras resistir, buena bromista que es; contando con eso, ratifico mis palabras, aquí seguiré.
Por ahora.

Ya sé que Joaquín Sabina carga a muchos blogueros que por aquí pasean. A mí misma me ocurre, y durante mucho tiempo lo he evitado. Además, me cuesta desligarlo de la connotación progre que en los últimos años acarrean este hombre y los de su círculo.

Y SIN EMBARGO, me voy a permitir esta canción que probablemente sea una de mis favoritas del autor, tiene una letra preciosa, al césar lo que es del césar.

Me parece una excelente versión ésta que he encontrado en el Youtube y cuelgo abajo. La copla del mismo título (+ te quiero), que la precede, también es de las que más me gustan, aunque no precisamente así cantada, pero bueno, tampoco está tan mal:

En nuestro inexorable camino hacia la conversión en pequeño burgueses, hemos dado un paso adelante: hemos contratado una asistenta. Sí, señor. Ha costado, pero estamos más que felices con la decisión. Mi primera asistenta, chispas. Ahora seré de ésos que dicen con tonillo sabelotodo “es el dinero mejor invertido”, o “si eso te lo gastas en tres cañas a largo de la semana”. Sí, claro, pero tres cañas que me quito de la boca, pensaba yo; aunque es verdad, merece la pena.
Llevábamos un par de meses con los turnos de limpieza revueltos. Es lo que tiene la flexibilidad, que cuando menos te lo esperas se convierte en caos. Hoy no me apetece a mí, mañana tú no puedes, te cambio la cocina por el baño pero la semana que viene, y la casa por barrer, nunca mejor dicho. De esta manera A, que sin saber cómo se había cargado el grueso del trabajo, empezaba a estar de morros. Así que, ante el riesgo de acabar en crisis doméstica generalizada, creo que tomamos a tiempo la decisión correcta. Y qué gusto, oye, no tener que limpiar más el baño o la campana de la cocina. Ya sólo hay que limitarse al mantenimiento, cosa que siempre hemos hecho sin esfuerzo.
Es marroquí la señora, con su cabeza cubierta y todo, y me ha comentado la amiga que nos la recomendó que por eso tiene menos trabajo. A mí eso me da igual, con que limpie, que es para lo que le pagamos, me vale. Sí tiene ciertas costumbres a las que te tienes que adaptar, como que no te puede saludar (los dos besos) si están los hombres delante, y supongo que otras de las que no me he enterado bien. Ésta todavía no se ha dado cuenta del rollo que hay en mi casa (pareja de chicos y chica aparte, lesbiana además), porque si lo supiera le daría un pasmo, seguro, pero ya procuraremos nosotros que no lo pille. La queremos conservar, a toda costa, porque es la caña. Un maquinón.
Nos dimos cuenta el primer día, cuando descubrimos, ligeramente aterrados, que había desmontado la mampara de la ducha para limpiar bien los filitos. Siempre me mandan a mí a que le diga las cosas. Le hice saber que eso no era necesario. Estábamos mosqueados porque pensábamos que hacía estas cosas de entretenerse en tonterías para que pasara la hora, pero al vernos la cara ya se encargó ella, de la que empiezo a sospechar que adivina el pensamiento, de decirnos que cada día dedicaría un rato a un área concreta de la casa en más profundidad, sin dejar de hacer el resto. Así, descubrimos su gran afición y habilidad: ORDENAR. Va armario por armario, limpiándolos como nunca se han limpiado y colocando todo lo que hay dentro de una manera de la que sólo ella entiende la lógica. Algo nos indica que la tiene, porque el resultado final siempre es sorprendentemente armonioso, pero no sabemos cómo lo consigue. Lo que pasa es que lo deja todo tan tan limpio que no nos atrevemos a decirle nada. Tooodos los botes de la limpieza colocados como si fueran a estar en un escaparate. Increíble. Eso sí, para su frustración, le hemos prohibido que limpie la estantería donde están los muñequitos de cómic.
El primer día, después de que se fuera, nos dedicamos los tres a recorrer la casa, como si antes nunca hubiésemos pasado por allí, flipados: “miiira, el microondas por dentro”. Y conste que nuestra casa siempre ha estado razonablemente limpia y ordenada (la más de todas en las que he vivido), pero esto supera los límites de la normalidad.
El otro día, pasé por casa de la amiga que me la recomendó. Salí a la terraza y parecía otra, las macetas colocadas de una manera totalmente distinta, y mejor. Sólo dije: “Ha estado aquí, ¿verdad?”. “”, respondió ella, satisfecha.
Hemos concluido que la señora tiene una capacidad espacial más desarrollada que el resto de los mortales y le da desahogo por ahí.
Por todo esto, y porque posee una fuerza descomunal para su peso y altura, la hemos apodado “Limpieitor”. Que dure, que dure, por favor, y no nos salga rana.