Las autoridades gibraltareñas planean el sacrificio de veinticinco monos.

¿La razón? Molestan.

Los monos (Macaca sylvanus), que campan a sus anchas en el Peñón y lo que no es el Peñón (léase costa mediterránea española colindante), se han reproducido excesivamente, y aparte de tirar de los pelos a turistas y robarles sus chucherías (son unos gamberros de lo peor, eso tengo que reconocerlo), se dedican a entrar en casas y hoteles, por las ventanas abiertas, y dejarlo todo manga por hombro. La verdad es que tiene que ser un susto encontrarte un mono en tu cocina, y la tienen que dejar que no me lo quiero ni imaginar para limpiar luego eso.
Ahora que llega el verano, el “peligro” es mayor.

Diversas asociaciones han pedido que los manden a zoológicos o al norte de África, donde escasean, pero no parece que les hagan caso. El Proyecto Gran Simio nunca fue tan aplicable como en esta ocasión (aunque no incluyera a los macacos, me refiero a su filosofía), pero, ah, amigo, Gibraltar no es español… ni siquiera europeo (UE). Y no oses tú opinar sobre sus leyes, que ellos se bastan y se sobran.

La gente española anda un poco escandalizada y no he hablado con ningún llanito, pero no parece que se opongan en exceso, algunos todo lo contrario. Me refiero a los cuatro habitantes físicos de Gibraltar, no a los cientos de miles de sociedades mercantiles, que ésas no hablan.

Los monos llevan bajando del Peñón ni se sabe, aunque casi siempre vuelven a refugiarse en las alturas. Son listos, éstos se han creado allí su microhábitat y controlan más de lo que parece.

No es la primera vez que se habla de reducir su población, aunque sí de hacerlo legalmente.
Hace años, un afamado dentista de la costa, cazador convencido, mató a tiros a unos cuantos monos en la zona española de los alcornocales que lindan con la playa. Contaba, desencajado de risa, que “chillaban como personas”.
Dentista.

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