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Alguien a quien quiero me dijo una vez que no se podía dejar la mente en blanco, que siempre se pensaba en algo. No estoy de acuerdo. Yo lo consigo. O igual esa persona tenga razón, y lo que ocurre es que se me olvida todo en el mismo instante de pensarlo. Sólo sé que es uno de mis estados favoritos, y que a veces, sin darme cuenta, espero que pasen los días, anodinos o especiales, como procuro que siempre sean y no todas las veces consigo, que pase el día hasta poder sumirme en ese estado, que no es ni siquiera de ensoñación, sino de absoluto y precioso vacío, con mi mente flotando como una balsa a la deriva sobre aguas tranquilas.
A veces antes de dormir, otras en mitad de cualquier conversación.
No voy a ninguna parte, no pretendo nada, sólo estar, pasar.
La muerte no será tan terrible, quizá se parezca a ello. Es consuelo.
Me satisface, pero no por ello creáis que adoro la muerte. Precisamente todo lo contrario: porque apuro los instantes, a veces se me escapan otros, y caigo, irremediable y afortunadamente, en el vacío del infinito.

Ahora que lo pienso, sólo hay un lugar que se le asemeje, y a él se llega a través de la música. Al fin y al cabo, ésta no podría existir sin el silencio.

En este momento me encantaría poner una canción que tengo en mente, estoy segura de que pertenece a la banda sonora de una película, pero por más que lo intento no consigo recordar su título. Qué pena, es tan bonita.

Tres de la tarde. Suena el fijo en casa de mi madre. No le presto mayor atención, lo coge ella. La oigo contarle a quien sea su edad, situación laboral… Sí, no, sí, sí. ¿Con quién estará hablando? me pregunto, cualquiera la ha pillado para una encuesta, esta madre mía… Cinco minutos después, la oigo decir su dni. Blabla, muy bien, muy bien, gracias, gracias.

No me atrevo a preguntar, pero al final lo hago:

-¿Con quién hablabas?
– Con Telefónica.

Un escalofrío me recorre el cuerpo.
– ¿Y le has dado todos tus datos a Telefónica?
– Sí.
– ¿Y qué querían?
– Pues dicen que me dan un servicio que por menos dinero del que pagamos ahora nos ponen más de cuarenta canales por cable y las llamadas gratis.

Pongo los ojos en blanco, las llamadas las tenía por otra compañía y no sé hasta qué punto ambos contratos se solapan.
– ¿Tú estás segura de lo que has contratado y por cuánto tiempo?
– No, por cuánto tiempo no sé.

Seguimos la conversación brevemente y al final la dejo, por no quitarle la ilusión en los nuevos canales (luego tiene la tdt y no la pone) y porque es su casa, su dinero y ella sabrá.

Cinco minutos después, no más:

Llaman a mi móvil.
Número desconocido. ¿En qué maldita hora le daría mi número a tanta gente del trabajo? Ahora tengo que cogerlo.

–    ¿Sí?
–    Hola (no me dice de entrada quién es, malo)
–    Hola
–    Hola, la llamo de Movistar (con el típico acento sudamericano de teleoperadora), quería saber si está usted interesada en conocer nuestras nuevas tarifas.
–    No, no estoy interesada, lo siento.
–    Usted es de Orange, ¿verdad?
–    Sí, soy de Orange. Paso en falso, ya le debería haber colgado.
–    ¿Me puede decir su nombre?
–    Iwi (le digo el nombre con reticencia, pero el nombre no se niega, por educación –la que ellos no tienen-). Ni piense que le voy a dar el apellido.
–    ¿Me puede decir cuánto está pagando mensualmente con Orange?
Indignación. Lo primero que se me ocurre es: ¡¿y a usted qué coño le importa?!, pero me sale un ¡pero bueno! E inmediatamente le digo: “he comprobado recientemente las tarifas de todas las compañías y me va muy bien como estoy, gracias, ya le he dicho que no estoy interesada”.
–    Ah, muy bien.
–    Hasta luego, le respondo tan seca como me es posible, pero me quedo con la sensación de haber querido cortarle antes y al mismo tiempo con ganas de pelear.
–    Hasta luego.

Preguntas:

¿De dónde ha sacado Telefónica mi número, si yo siempre he sido de Orange –antes Amena- ? Pregunta ingenua, lo sé.
Aún habiendo obtenido –ilegalmente, a todas luces- mi número de teléfono, ¿quién le da permiso para utilizarlo, llamarme y molestarme, encima con una finalidad comercial?

Ya sé que son preguntas retóricas. Y que éste tema no es la última novedad, que llevamos años sufriéndolo casi todos, pero hoy me he vuelto a indignar.

Mi fijo de Madrid lo tienen acribillado. Mi compañero de piso no sé a cuántos números ha llamado ya pidiendo que borren su número de las bases de datos. Lo he visto cabrearse, gritar, suplicar, de todo. Ese fijo, si no conozco el número que llama, directamente no lo cojo, y procuro no dárselo a nadie.

Cuando me llaman así como hoy, me acojono, me parece que me va a pasar como con el fijo. Vale que te llamen de tu propia compañía para comprobar si estás contenta con el servicio, ofrecerte nuevas tarifas, eso tendría un pase, pero ¿qué te llamen de otras?

¿Por qué alguien no para esto ya?

musiquita de acompañamiento: listenwin.php?v=3b8f0c4

Estaría ciega si no me diese cuenta de que los buenos tiempos son éstos.

Me refiero a mi tiempo personal, porque del mundo buenos no son. Claro que tampoco debían de ser buenos los de las guerras del siglo pasado, o que te pillara en medio de la Guerra de los Cien Años, o en las Termópilas, que seguro que era un spa de lo más in, pero no con salvajes pegando lanzazos por doquier.

¿Por qué me voy tanto por las ramas?

Lo mejor de los buenos tiempos es cuando eres consciente de ello, y de lo efímero que pueden llegar a ser. Porque yo ya tuve otros buenos tiempos, y bendita juventud, pensé que serían para siempre. ¿Pensé? Ni siquiera eso, di por hecho.
Supe que habían sido buenos cuando llegaron los malos. Paso a paso, se me iba jodiendo la vida, a más no poder. Entonces, siguiendo el mismo proceso, concluí que nada nunca sería igual, que había vivido un espejismo.
Nunca vuelve a ser igual, pero puede ser mejor.

Estoy bien de salud, ilusionada con mis proyectos, mi familia está bien y no nos peleamos, en el amor no me puedo quejar, tengo amigos estupendos, de los que valen un montón, y yo los quiero y ellos me quieren.

Ahora sé que no será para siempre, nada es para siempre, por eso lo paladeo con mayor satisfacción.

Mira, un tío que se dedica a hacer arte en los cristales sucios de los coches:

(Como lo de “lávame, guarro”, pero en fino).


Ahora, mi pequeño y absurdo drama doméstico: Llevo tres días quejándome de que no tengo internet y no puedo trabajar online. Pensaba mañana llamar al técnico, qué tedio, me estaba haciendo a la idea, así como del esperado palizón tras eso; y de pronto, mierda, ¡va y se arregla solo!.
Hoy, no mañana.
Me puedo poner a trabajar ya, no debería estar escribiendo este post.

Nooooooooooo

¡Porca miseria!

Snif, snif.

Hace poco vi un documental de la BBC, lamentablemente no recuerdo el nombre, en él contaban un caso que me llamó la atención. El documental iba sobre la implantación de estados totalitarios y hacía un recorrido por la sociedad alemana durante la Segunda Guerra Mundial.
Al parecer, ante la inminente llegada de los aliados, los nazis destruían apresuradamente todos sus archivos. Todos los de la GESTAPO desaparecieron, con excepción del de la Baja Baviera, que se salvó in extremis. En él se podía constatar que el número de oficiales dedicados al control de una población de más de un millón de personas era escasamente de diez o doce. El documental se pregunta cómo es posible entonces que, con tan poco personal dedicado a ello, hubiese tal sensación de opresión que trascendió fronteras e incluso se ha plasmado en series de tv y películas.
La respuesta que dan es la colaboración ciudadana. Había tal paranoia colectiva que era frecuente ir a declarar, en muchas ocasiones voluntariamente, sobre actividades sospechosas de los vecinos.
El documental se centra en el caso de una mujer que finalmente murió en un campo de concentración, sobre la que recaían diversas denuncias, pero ninguna clara. Que era “rara”, que tenía amigos judíos, nada concreto. A la mujer la detuvieron cuando intentaba pasar a Suiza y la encarcelaron después de declarar abiertamente que se iba porque ya no le gustaba vivir en ese país.
Una de las denuncias la había hecho una de sus vecinas, quien voluntariamente fue a declarar que no se fiaba de ella, que tenía horarios sospechosos y amigos que podían ser judíos. Los periodistas fueron a visitar a esta vecina que, muchos años después, se había convertido en una encantadora ancianita que se interesaba por si tenían hijos y les decía que se abrigasen. Al preguntarle por estos hechos, la ancianita declaró no recordar nada, y de verdad se veía que no se acordaba.

Y, no sé cómo, el caso de esa mujer que no se me quita de la cabeza lo relaciono con Estados Unidos, qué tontería, ¿por qué será?

TEWG son las siglas para Terrorism Early Warning Group, y consiste en un grupo de personas, principalmente personal paramédico y empleados del estado, como bomberos y policías, que se dedican a detectar e informar de actividades sospechosas de tener que ver con el terrorismo. Según un memorando del Departamento de Justicia, “tomar fotos sin valor estético aparente” o “tomar notas” podrían constituir actividad sospechosa. Esta información posteriormente se deposita en bases de datos gubernamentales.
Existe ya en siete estados. También se encargan de ello instituciones privadas, como la eléctrica Xcel Energy, de Colorado. Lo explica el Denver Post.

[Oferta de trabajo para ser “chivato”, “espía cotidiano” o como queramos llamarlo. ¿Quién se apunta?]

Más de lo mismo:

El Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos se ha mostrado muy interesado en el llamado “Brazalete de identificación electrónica”, un invento recientemente patentado, que consiste en utilizar, en vez de la tarjeta de embarque en los aeropuertos, un brazalete con todos los datos del pasajero, que a demanda de cualquier miembro de la tripulación puede inmovilizarlo con una descarga eléctrica. Una monada.

Este Youtube lo explica, en inglés:

Dudo mucho que al final lo incorporen, pero tengo claro que en este país van a acabar fatal. Se les va la pinza, se les va.

Lo que sí está ocurriendo es algo que pocos años atrás nos hubiera parecido impensable. El New York Times denunciaba en su editorial del pasado jueves (más) que en los aeropuertos se está revisando la información contenida en portátiles, blackberries e iphones de los estadounidenses que regresan a su país. No se sabe bien la frecuencia de estos registros, pero la Association of Corporate Travel Executives estima que es del 7%. Todos imaginamos el contenido que puede haber en estos aparatos: desde informes financieros o datos médicos hasta cartas personales. Así, por el forro.
Son más exhaustivos con los musulmanes; los abogados y periodistas denuncian que puede violar la confidencialidad característica de sus profesiones…; bueno, ahí está, os leéis el artículo.

No es por nada, será que una está muy acostumbrada a esto de los derechos fundamentales, pero me imagino la escena a escala local, la guardia civil a mi regreso a Málaga revisando mi portátil (***mi*** portátil), y me entra de todo.

PD: Pregunta (un tanto maliciosilla, no lo niego): ¿Sabrán los guardias civiles de Málaga descargar la información de un iPhone? Mm.

He visto unas cuantas películas estos tres últimos días. Resumo, porque no me apetece mucho escribir, pero sí contarlo.

Pozos de ambición (“There will be blood” es el título original), sobre el negocio del petróleo a principios del siglo XX en Estados Unidos; oscura, lenta, distinta, pero no la recomiendo, demasiado larga.

Shaun of the death (Zombies party (una noche… de muerte)), ¡qué buena!, comedia inglesa de zombies. Una risa grande, apta incluso para los que recelan del género.

El incidente, de director del Sexto Sentido, consiguió llamar mucho mi atención al principio, pero luego se diluye como un telefilm cualquiera. Qué pena, porque El bosque y La joven del agua, de este mismo director, sí me gustaron.
Definitivamente, es la década de los zombies. Las pelis de terror son un reflejo de su tiempo. Aunque a mí siempre me aterrorizarán/seducirán más los vampiros, ya lo dije.

En el cine vi La princesa de Nebraska, de Wayne Wang. Mmmm, no. Estética llamativa, los teléfonos móviles siempre presentes, mucho plano urbano, a veces me recordaba remotamente a Lost in Translation, en ocasiones preciosista, pero no me llegó. Pertenece a un nuevo género que hemos bautizado como “de embarazos”. Juno pertenecería a éste género. Juno tampoco me gustó, aunque sé que a mucha gente sí y lo entiendo. Un guión ingenioso, una chica guapa y colores brillantes. Ya. En realidad la historia es una tontería, no se la cree nadie. La princesa de Nebraska es infinitamente más realista. A mi acompañante le gustó más que a mí, por lo que tampoco os disuado completamente de verla. Me resultó curioso que transcurre en Chinatown (San Francisco), y es interesante la parte antropológica de los chinos allí. Es china la peli y hablan en chino. Bueno, eso.

En el tren de hoy echaban una horrorosa, fantástica (me suelen gustar mucho las fantásticas, pero no las de niños), de la cual no sé ni el título. Sé que Nicole Kidman hacía de mala y uno de los protagonistas era un oso polar que hablaba. Al final no sé como, entre lectura y cabezada, la vi casi entera.

También en el tren, pero ya en el portátil, vi la película que más me ha atrapado: Code 46. De hace unos años, la vi hoy, y para nada queda desfasada. Es ciencia ficción con dramón detrás, de las que me suelen gustar. Contiene mucha denuncia social y quizá ahí podríamos tener un largo debate sobre muchos aspectos. Se sitúa en un mundo no demasiado lejano… La verdad es que es deprimente a reventar, pero tiene una historia de amor tan bonita… Igual es que estoy sensiblona estos días. Un mundo no demasiado lejano, donde el planeta es medio desértico, la gente rica se aglomera en grandes ciudades, los pobres desahuciados fuera, sin posibilidad de conseguir pasaporte. Es complicado moverse desde un punto del planeta a otro y ésa es una parte central de la historia; la otra es la ingeniería genética, los avances médicos deshumanizados. Los protagonistas absolutos son Tim Robbins y una maravillosa Samantha Morton. Los personajes se enamoran, pero son incompatibles genéticamente.
Transcurre en Shangai, e inevitablemente veía paralelismos con la del día anterior, aunque ésta es en inglés. Es interesante verla en versión original porque se puede observar como incorporan palabras de distintas lenguas queriendo mostrar una hipotética evolución (toman algunas del español). La recomiendo, sobre todo por la historia de amor (y las escenas de sexo, que son muy buenas), pero puedo entender que no le guste a todo el mundo.

El ojo de Horus:

(qué listos eran los egipcios, y qué poquito sabemos de ellos):

Y esto es genial:

La animación más antigua de la historia está representada en un cuenco persa de hace 5.200 años:

(c) Terrae Antiqvae

Decía Endesa que subía los precios porque apenas le daba para cubrir costos, bla bla bla, pobrecitos. Pero para comprar la eléctrica irlandesa sí tienen dinero. (noticia) Menuda tomadura de pelo.

Habría que consumir menos electricidad, por motivos medioambientales, y quizá que sea cara inhiba su consumo, pero me parece que pagarían justos por pecadores, y ésas no son las formas. Además, no lo hacen por nuestro bien, ni por el del planeta, sino por el suyo.

Hablando de otra cosa, y de lo mismo,

me fascina esto, yo quiero:

vídeo

Cádiz, 2008:

“Shiquiiiya, a partí de ahora en burra”, y le responde otra, más joven y moderna, pero igualmente a grito pelado: “noooo, en bicicleta”.

Son comentarios surgidos a raíz del precio de los combustibles.

La reciente huelga de transportes hizo que pudiésemos atisbar, envueltos en falsas escaseces, cómo serían las cosas en una situación económica peor de la que hemos disfrutado estos años.
A ver, no nos vamos a morir, ni por ésta ni por las que vendrán, el ser humano es como las ratas, duro de exterminar.
Así que mejor buscar unas gafas del color que nos agrade.

Ejemplos de cosas aparentemente negativas que se nos avecinan y que no debieran serlo tanto:

Precios altos en los alimentos y posible escasez.

En Cuba llevan así la tira de años y no se han muerto. Vale, no es el mejor ejemplo.

Hay que tener cuidado al bromear con esto porque al final siempre la pagan los mismos, y en muchos países, si no actuamos desde los más desarrollados, lo van a pasar mal, y quien dice mal dice morirse de hambre un montón de gente. Pero tampoco olvidemos que actualmente producimos alimentos de sobra para todo el planeta.

Últimamente, una pregunta flota en el aire por todas partes. Si los productores ganan cada vez menos y los alimentos están cada vez más caros, ¿quién se queda ese dinero? Muchos ya sabemos quién se queda ese dinero, pero no está mal que la pregunta siga flotando.

Vivimos en una sociedad asquerosamente opulenta, se tiran toneladas y toneladas de alimentos todos los días. No creo que sea tan malo que apreciemos un poco más lo que tenemos, en general, y comparándonos con países digamos africanos.

Que no hay pescado. Así se renuevan los caladeros, que buena falta les hace. Eso sí, a los pescadores hay que ayudarlos, pero ahí yo ya no sé la solución, si no estaría trabajando en un ministerio o algo.

Nota histórica:
En 1940 los caladeros del Mar del Norte estaban prácticamente esquilmados, después de siglos en los que las grandes potencias europeas se dedicaron a pescar en ellos sin pausa. Al comenzar la Segunda Guerra Mundial, se hizo prácticamente imposible la pesca debido a la presencia de unidades militares. Al finalizar la guerra, los caladeros se habían recuperado espectacularmente. La naturaleza tiene un poder de regeneración tan grande como el de destrucción que nos muestra ahora, nunca la subestimemos, sólo hay que ayudarla un poquito.

Petróleo por las nubes, y subiendo.

Esto, sin duda, puede acelerar la búsqueda de alternativas de transportes, tanto de nuevos medios menos contaminantes, como potenciar definitivamente los transportes colectivos eficaces.

Otro apunte histórico: Cuando EEUU entró en la Segunda Guerra Mundial tardó tan sólo seis meses en reconducir toda su industria hacia la armamentística (por cierto, llevada por mujeres). Se puede hacer lo mismo dirigido hacia cualquier tipo de industria, incluso una que suponga prescindir definitivamente del petróleo. Seis meses, y no había los medios que hay ahora.

Cuanto antes lo hagamos menor será el costo, en todos los sentidos.

Algunos expertos en economía opinan que no se deberían reducir los impuestos sobre los combustibles, para que la gente se vaya acostumbrando. Es buena idea, hay que evitar los cambios demasiado bruscos, por la estabilidad social.

Otra nota: Es curioso que son menos de los esperados los que culpan al gobierno de la situación económica (sí es verdad que la falta de ideas y determinación por parte del gobierno de Zapatero ante la situación es impresentable, aunque no sean los únicos), ¿Dónde quedó la piña del PP? El ejemplo de que en Francia e Italia gobiernan la derecha y están igual, es incontestable. (Por cierto, el Berlusconi cada día da más miedo, ¿lo habéis visto en sus últimas apariciones?, ninguneando al sistema judicial y blindándose en el poder. E Italia no tiene un historial muy fino en este sentido. En fin…).
Y si no es culpa de los gobiernos nacionales, A+B = ¿entonces quiénes son los dueños de las compañías de petróleo?

En este punto, tengo que hacer una observación: en seis meses el mundo no consume mucho más de pronto, no queda mucho menos petróleo y China crece, sí, pero no tantísimo en tan pocos meses como para justificar semejante subida en los precios. Probablemente sea cierto que hemos alcanzado el cenit de producción de petróleo, el famoso Peak Oil, pero ni los más pesimistas de los observadores sostienen que se pueda producir un declive tan brusco, el proceso es una curva.
Se trata sobre todo de un movimiento especulativo de los grandes inversores (ya sabemos lo que es eso, lo sufrimos en carne propia con la vivienda), que ante el agotamiento del mercado inmobiliario, se han lanzado a por lo seguro, por ahora. Las eléctricas, primas hermanas, son la otra baza; y el mercado de la alimentación, menospreciado en los últimos años, comienza a subir.

Hay que buscar la manera de prescindir del petróleo lo antes posible, y casi mejor si es obligados, y casi mejor aún antes de que se acabe del todo.
Si a todo esto se unen los innumerables desastres naturales por todos lados, tenemos la concienciación ahí, en un plis, a base de guantazos, eso sí, como era de suponer, pero la tenemos ahí. Se está cociendo.

Los gobiernos se callan como putos, ¿para qué hablar del agotamiento de un sistema basado en el petróleo si no se tienen soluciones?, (o si éstas son tan impopulares para grandes sectores de la economía). El motor del cambio tiene que ser la sociedad, y lo será. Al final, será para bien. El no tener tantos bienes materiales repercute en una sociedad menos individualista donde todos necesitan de todos.

Ha de producirse una reducción del despilfarro y un consumo racional, lo que dará lugar, inevitablemente, a un reajuste de la producción = Tonterías fuera.
Se perderán muchos puestos de trabajo y aparecerán otros. Habrá que buscarse la vida. La imaginación al poder.
Sí, lo vamos a pasar mal, unos más que otros, por desgracia. Es preocupante la destrucción de la clase media aquí, en nuestra Europa (¿62-65 horas semanales?, ¿se les ha ido la pinza?, ¿pensarán trabajar eso los laboristas ingleses que promueven la ley?), pero no se podrá anular semejante potencial humano.

Las crisis no son necesariamente algo negativo, sino un cambio, y las revoluciones un cambio profundo y rápido en las estructuras sociales y económicas.
Habrá que dejar de hablar de crecimiento como algo positivo, lo que supone un cambio radical en la mentalidad de todos. El crecimiento no siempre es bueno, como no lo es, por ejemplo, que crezcan las células cancerígenas. Se puede invertir la tendencia, y hacer que todos los factores involucrados converjan hacia un nuevo modelo más aceptable y respetuoso con la naturaleza y nosotros mismos.
Hay que reinventarse muchas cosas.
Son muy interesantes los movimientos que están surgiendo, como la revisión de la llamada bioeconomía.

Me quedo con las palabras de la periodista argentina Alicia Dujovne:  “Lo que en concreto se promueve con este abandono de la fe en el progreso infinito –absurda, en un planeta finito como el nuestro–, no es regresar a la Edad Media, sino a la producción material de los años 60-70; evitar los viajes kilométricos de las mercancías; relocalizar las actividades; reducir el despilfarro energético; penalizar el gasto publicitario; volver a una agricultura próxima al habitante y a una vida frugal. En otros términos, reducir la acumulación, escuchando el consejo del oráculo de Delfos, más válido que nunca: “De nada demasiado”.”

Ay, no os quejéis, que nos está tocando vivir unos tiempos apasionantes.