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Estaría ciega si no me diese cuenta de que los buenos tiempos son éstos.

Me refiero a mi tiempo personal, porque del mundo buenos no son. Claro que tampoco debían de ser buenos los de las guerras del siglo pasado, o que te pillara en medio de la Guerra de los Cien Años, o en las Termópilas, que seguro que era un spa de lo más in, pero no con salvajes pegando lanzazos por doquier.

¿Por qué me voy tanto por las ramas?

Lo mejor de los buenos tiempos es cuando eres consciente de ello, y de lo efímero que pueden llegar a ser. Porque yo ya tuve otros buenos tiempos, y bendita juventud, pensé que serían para siempre. ¿Pensé? Ni siquiera eso, di por hecho.
Supe que habían sido buenos cuando llegaron los malos. Paso a paso, se me iba jodiendo la vida, a más no poder. Entonces, siguiendo el mismo proceso, concluí que nada nunca sería igual, que había vivido un espejismo.
Nunca vuelve a ser igual, pero puede ser mejor.

Estoy bien de salud, ilusionada con mis proyectos, mi familia está bien y no nos peleamos, en el amor no me puedo quejar, tengo amigos estupendos, de los que valen un montón, y yo los quiero y ellos me quieren.

Ahora sé que no será para siempre, nada es para siempre, por eso lo paladeo con mayor satisfacción.

Mira, un tío que se dedica a hacer arte en los cristales sucios de los coches:

(Como lo de “lávame, guarro”, pero en fino).


Ahora, mi pequeño y absurdo drama doméstico: Llevo tres días quejándome de que no tengo internet y no puedo trabajar online. Pensaba mañana llamar al técnico, qué tedio, me estaba haciendo a la idea, así como del esperado palizón tras eso; y de pronto, mierda, ¡va y se arregla solo!.
Hoy, no mañana.
Me puedo poner a trabajar ya, no debería estar escribiendo este post.

Nooooooooooo

¡Porca miseria!

Snif, snif.

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