Cansión

Hace unos años, en esas conversaciones que se tienen, una amiga me contó que su madre, cuando paseaba por la playa, buscaba la piedra blanca perfecta. Era algo que hacía desde joven, había dado con muchas candidatas, pero nunca encontrado la perfecta. “Siempre tienen alguna imperfección, fíjate. Mi madre se morirá y nunca la encontrará”.
Una loca me pareció su madre, y más ella.

A pesar de todo, sin darme cuenta, en el fondo intrigada por el placer que la madre podría encontrar en semejante actividad, acabé haciendo lo mismo: buscando la piedra blanca perfecta. Y me encontré a mí misma desoyendo voces que me llamaban a meterme en el mar, tan ocupada en mi labor secreta.

Hace una semana la encontré, la piedra blanca perfecta, y estaba en el lugar que menos podía imaginar: en una playa completamente llena de piedras negras perfectas, piedras volcánicas tinerfeñas. Allí estaba, pequeña, impoluta, desafiante. Blanca perfecta.

No es broma, está en mi bolso, la puedo enseñar a quien quiera comprobarlo.

Y sigue siendo perfecta.

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