Algunas no tenemos remedio, siempre igual.
Recuerdo que cuando tuve que entregar mi tesina, como no me daba tiempo a imprimirla (tras aquello descubrí una ley, que podría figurar en el libro de Murphy: el tiempo de impresión es siempre tres veces superior al previsto), me fui, impresora bajo el brazo, y me instalé en la secretaría del lugar. Allí me dispuse, horas tras hora, a imprimir el maldito trabajo, para ajustarme lo más posible a la hora límite de entrega. Afortunadamente, a esas alturas, era amiga de una de las secretarias, que no por ello dejó de estar sorprendida por mi acción. Además, me lo encuadernó. Bendita mujer.

Hace pocos días, una conocida se vio en una situación similar:
El perro se había comido el cargador del portátil portador de la valiosa información. Ante la imposibilidad, por circunstancias varias, de poder sustituir dicho cargador, se dirigió, ni corta ni perezosa, al departamento de “Menaje del hogar” de una gran superficie, y le explicó al dependiente su problema. El dependiente, absolutamente descolocado, le permitió, durante un día y medio, trabajar sobre la moqueta y aprovechar el cargador de uno de los portátiles expuestos.
El trabajo fue debidamente impreso, encuadernado y entregado a tiempo.

Historias.

Que luego pa ná, pero historias son.

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