Ayer me extrajeron una muela, la del juicio, abajo a la izquierda. Una cosa fea, ahora parezco la prima desconocida del oso Yogui. Aprovecho para escribir entre Nolotil y Nolotil, por distraerme, que pa otra cosa no estoy.

Aunque breve, ha sido una de las peores experiencias en el dentista que recuerdo, y llevo muchas. Cosas de la genética, es la visita sanitaria recurrente en mi vida: ortodoncias, endodoncias y empastes con técnicas varias, no se me escapa nada. El implante caerá en breve.

Quizá fuera culpa de los comentarios previos de la gente (“tú verás, tú verás“, que ni a Malayerba en el parto), seguramente mi propia imaginación, o la edad, que en estos casos a mí me funciona al revés y cada vez tengo menos aguante en cuestiones de ansiedades y angustias. Por lo que fuera, por primera vez en una situación similar, la sugestión se apoderó de mí y rocé el desmayo. Tal como le dije al dentista era la primera vez que me había pasado, y me sonó a “esto no es lo que parece”, o casi como si hubiera tenido un gatillazo. Me sentí estúpida, pero no lo pude evitar.
Ya en la anestesia pinchó hueso y el líquido se me derramó por toda la boca. Por dos veces. Esto elevó mi nivel de ansiedad, que ya era alto de por sí. Qué amargor. (Claro que nada que ver con la ocasión en que –otra dentista- me derramó ácido en el labio, prefiero olvidarlo).
La muela estaba en posición horizontal y me tenían que raspar el hueso, la boca abierta todo lo que daba de sí. Si intentaba relajarme, poco a poco se me cerraba, y a cada instante el dentista me recordaba que la abriera. Me dijo que si me cansaba se lo dijera y parábamos un momento. Se lo dije y se ofuscó. Siguió. Oí un crack. No sonaba a cosa buena, escruté la cara del dentista y ni se inmutó. Me tuve que conformar con mi ignorancia y la confianza absoluta en un desconocido. Empecé a inquietarme y a descontrolar. Me tocó la lengua con la fresa o como se llame el torno ese terrorífico. Me la he mirado y no parece mucho, pero tuvo que ser profundo porque aún ahora me duele casi igual que la misma muela. Una mezcla de dolor y especie de congelación se fue expandiendo por toda la lengua, hasta alcanzar la punta y convertirse en una sensación insoportable. Hice señales de que parara. No sabía qué explicarle. Siguió. El dolor, aunque menor, continuaba. El dentista me advirtió que si no me quedaba quieta no podría seguir. Entonces empezó a coser, y yo a observar hilos negros demasiado largos entrar y salir de mi boca. Yo de odontología no sé, pero de costura sí, y cosía con hilo demasiado largo, sobre MI carne. Intenté relajarme, él decía que quedaba poco. In extremis, me obligué a pensar en lo típico, en la playa tranquila, en un prado sereno. Nada, no había manera, sentía que me iba, y me aterraba la idea de que si ocurría en mitad de la operación algo peor pudiera pasarme al cerrar la boca bruscamente. “Piensa en un post, en un post”, me decía a mí misma. (He aquí el post). “Está blanca”, oí decir a la chica ayudante. Tuvieron que parar, sospecho que ya al final. Después de bajar el cabecero de la silla lo más que daba de sí, para que me recuperara, no continuaron. No estoy segura de si llegué a perder el conocimiento del todo, creo que no, pero no hace falta decir que lo pasé fatal.

Los profesionales de la sanidad no se dan cuenta de que algunos no soportamos la sangre, que somos aprensivos, que si no lo fuéramos a lo mejor nos dedicábamos a otra cosa, como a sus trabajos, que bien pagados están.

Ahora, tengo que decir que me duele menos de lo esperado y que estoy segura de que este hombre hizo un buen trabajo. Esperemos que pase pronto la hinchazón y no se infecte. Vaya fin de semana más ameno, no os podéis imaginar. Hala, me voy a tomar otra ampollita de Nolotil. Vivan las drogas.

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