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earth

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“Si alguna vez vais a tomar el té con el Papa, decidle que una bruja transgénero ha dicho que Jesús es una niña de Afganistán”.

Antony, el de los Johnson, dixit. La bruja transgénero es él.
No era una frase preparada, la pronunció sobre la marcha durante su último concierto en Madrid, en mitad de un discurso feminista de más diez minutos que a algunos cargó ligeramente y a mí me entusiasmó (contra lo que pueda parecer, es un tipo divertido). Después interpretó al piano cómo sería la segunda venida de Jesús, encarnado en la niña de Afganistán, cómo sale de una cueva y divide las aguas y, (suspense…) todos, y ella misma, toman consciencia de que es Jesús. Se le va la bola, pero es un ser maravilloso.

Ésta es mi canción favorita de Antony: Cripple and the Starfish

La cantó en el concierto. En un momento dado se bloqueó. Podía haber seguido, acompañado por unos músicos excelentes, y prácticamente nadie se hubiera dado cuenta (¿cuántas veces no hemos visto eso en un concierto?), pero paró y ordenó a sus sorprendidos acompañantes que pararan. Dijo que a veces se bloqueaba cuando cantaba esa canción (no me extraña, yo estaba extasiada); la gente aplaudió y él dijo, disgustado consigo mismo, que no aplaudieran, que las cosas malas no se aplauden. Y volvió, con mucha aplicación, al teclado.

◊◊◊

Estos días han muerto Antonio Vega y Mario Benedetti. El mundo está hecho una mierda, pero cuando piensas en estas personas, te das cuenta de que también está lleno de seres maravillosos, artistas y poetas que regalan magia, y gente corriente también, gente con enormes corazones que por lo menos te permiten pensar que este paseo merece la pena.

De nuevo he cambiado mi vida, no tengo remedio.
Cuando por fin comencé el proyecto fue como estar enamorada. Me acostaba pensando en él. Me despertaba, al amanecer, hecha polvo, y sin dolor, ilusionada, me iba hacia allá.
El enamoramiento pasó casi a obsesión, tengo tendencia, y ahora estoy buscando equilibrios.
No sólo encontré a la empleada perfecta, ¡encontré a dos! No hay nada como desear las cosas, tengo la maldición.
Fui a Lisboa, el último día conseguí desconectar. Fui a Madrid y me hubiera quedado. Volví y el dinosaurio seguía allí 🙂

No paro de aprender cosas y el cielo me parece más grande que antes, aunque a veces no pueda sino preguntarme por qué iría a plantar la estaca aquí.

Desayunamos en un bar de viejos, puedes ver a algunos con el carajillo, otros con las tragaperras, tan temprano. Allí te enteras de todo y puedes contratar personal, maquinaria, lo que quieras.
A media mañana vamos al bar ultrapijo del puerto deportivo, donde además hay wifi. Con nuestras peores pintas, las botas hasta arriba de barro, allí nos plantamos, entre jubilados ricos y parásitos varios. En este lugar también se hacen negocios, ventas de yates de millonarios venidos a menos y esas cosas.
Algunos días, por la tarde, si hay que hablar más cosas, vamos al chiringuito moderno que está más lejos, donde a veces los guiris se reúnen a ver el fútbol.
Un día fuimos a la playa, a la bonita, por cambiar, pero allí no hay mesas.

También nos vienen a visitar, no sólo los de los presupuestos, sino toda una procesión de gentes variadas que se dan largos paseos para preguntar qué es lo que hacemos allí. Unos aconsejan, otros se entusiasman, los malvados desaniman.

Es un mundo extraño, para qué lo voy a negar, pero una aventura más.

Lo único, la distancia: la previsible soledad y el temido olvido. Y organizar viajes, escalas y encuentros, arañar los días para poder repartirme.

Algún día volverá a cambiar mi vida, pero para eso todavía queda mucho. Mientras, tras el enamoramiento, tengo un compromiso con un trocito de tierra.