De nuevo he cambiado mi vida, no tengo remedio.
Cuando por fin comencé el proyecto fue como estar enamorada. Me acostaba pensando en él. Me despertaba, al amanecer, hecha polvo, y sin dolor, ilusionada, me iba hacia allá.
El enamoramiento pasó casi a obsesión, tengo tendencia, y ahora estoy buscando equilibrios.
No sólo encontré a la empleada perfecta, ¡encontré a dos! No hay nada como desear las cosas, tengo la maldición.
Fui a Lisboa, el último día conseguí desconectar. Fui a Madrid y me hubiera quedado. Volví y el dinosaurio seguía allí 🙂

No paro de aprender cosas y el cielo me parece más grande que antes, aunque a veces no pueda sino preguntarme por qué iría a plantar la estaca aquí.

Desayunamos en un bar de viejos, puedes ver a algunos con el carajillo, otros con las tragaperras, tan temprano. Allí te enteras de todo y puedes contratar personal, maquinaria, lo que quieras.
A media mañana vamos al bar ultrapijo del puerto deportivo, donde además hay wifi. Con nuestras peores pintas, las botas hasta arriba de barro, allí nos plantamos, entre jubilados ricos y parásitos varios. En este lugar también se hacen negocios, ventas de yates de millonarios venidos a menos y esas cosas.
Algunos días, por la tarde, si hay que hablar más cosas, vamos al chiringuito moderno que está más lejos, donde a veces los guiris se reúnen a ver el fútbol.
Un día fuimos a la playa, a la bonita, por cambiar, pero allí no hay mesas.

También nos vienen a visitar, no sólo los de los presupuestos, sino toda una procesión de gentes variadas que se dan largos paseos para preguntar qué es lo que hacemos allí. Unos aconsejan, otros se entusiasman, los malvados desaniman.

Es un mundo extraño, para qué lo voy a negar, pero una aventura más.

Lo único, la distancia: la previsible soledad y el temido olvido. Y organizar viajes, escalas y encuentros, arañar los días para poder repartirme.

Algún día volverá a cambiar mi vida, pero para eso todavía queda mucho. Mientras, tras el enamoramiento, tengo un compromiso con un trocito de tierra.

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