Para situarnos en esta historia de claros y oscuros, hay que remontarse a los años anteriores a la guerra civil (a riesgo de parecer Garci, pero no, no va a ser tan horrible :P, aunque un poco larga sí).

Sucedió en uno de los municipios de la Serranía de Ronda, en la provincia de Málaga. Por aquel entonces, y aún hoy, se trata de pequeños pueblos muy aislados por las condiciones orográficas, donde había clanes rurales con unas leyes internas diferentes y un sentido de la propiedad muy arraigado.

Este suceso que voy a contar fue tergiversado por los medios de comunicación de la época para entretener a los lectores. Los periodistas se basaron en habladurías y versiones de segunda mano, porque repito, estos pueblos estaban muy aislados y los viajeros lo más lejos que llegaban era a Ronda. Ya existen pocas personas vivas que sepan del suceso, pero alguna queda.

Fernando Fajardo Arroyo era un pastor de cabras de treinta y cinco años, casado y con cinco hijos, de buen carácter en general, aunque algo camorrista y muy influenciable por los comentarios de su familia. No tenía buena fama en el pueblo, y se sospechaba que había robado ganado. Tenía arrendadas unas tierras junto a la finca de su suegro, llamada La Fuencaliente. Aunque era pastor había pensando dedicarse a la agricultura y cuando se enteró de que su suegro iba vender la finca, famosa por su excelente producción, no dudó en mostrar interés. Sin embargo, y aunque ofrecía más dinero que nadie, el suegro se negó a vendérsela, no sabemos la razón (pero ya se la podía haber vendido). Prefirió hacerlo a Santiago Bermúdez, primo de Fernando. Cuando Fernando se enteró de que su primo había comprado las tierras montó en cólera. Él interpretaba que tendría más derecho que nadie a comprarlas. Furioso y enardecido por los comentarios del pueblo y la familia, exigió a Santiago que le revendiera la finca, a lo que éste se negó. Fernando lo consideró como una traición y juró vengarse. En el pueblo comentaba, cada vez que tenía ocasión, que la Fuencaliente tenía que ser suya.

Fuencaliente

Santiago, era un hombre trabajador que llevaba una ganadería, cultivaba la tierra y era guarda de unas minas. Vivía con su esposa y los cuatro hijos de ambos, la menor (que aún vive) de apenas unos meses.
Pasan unos meses y parece que los ánimos se habían calmado, pero Fernando va a la feria de ganado de Ronda en septiembre, vende las cabras y se compra una escopeta. Con el dinero en una mano y la escopeta en otra, va en busca de Santiago y le replantea la compra. Comienzan a discutir, Fernando dispara el arma, hiere a Santiago y, sin ser su intención, mata a la hija de éste, de dieciocho años, que viajaba con su padre en la parte de atrás del mulo.
Fernando se convierte en un forajido perseguido por la guardia civil y huye al monte. Aún así, su afán de conseguir la finca se incrementa y hace llegar la noticia de que su venganza no está cumplida, por lo que Santiago, temeroso, siempre se hace acompañar por un arma y la guardia civil establece un retén permanente para protegerle.
El 3 de diciembre de ese año el retén de la guardia civil marcha a reprimir una revuelta en el pueblo de al lado. En ese momento Fernando acecha la finca, pero es sabedor de su mala puntería. Envía a su hijo en busca de su sobrino, Paulino Fajardo, de veintitrés años, y le requiere para que le ayude en la venganza. No sabemos las motivaciones del joven, pero lo cierto es que colabora con su tío.
Van a la finca y sorprenden a Santiago y a su hijo mayor mientras trabajan el campo. Les disparan, matan al padre y dejan malherido al hijo que huye al monte entre la niebla. La esposa de Santiago, al oír los disparos, sale con la hija pequeña en brazos y también son tiroteadas, al igual que los otros dos hermanos. A continuación, sueltan a los cerdos para que terminen con ellos.
Tan sólo sobreviven el hijo mayor y la pequeña, a pesar de haber recibido disparos.
Fernando vuelve a la sierra, acompañado por su familia y su sobrino.

familia

Fotografía tomada antes de los crímenes: 1 y 2 el matrimonio asesinado Santiago Bermúdez y su mujer, 3 y 4 los dos hijos, 5 es el sobrino Paulino Fajardo colaborador del asesino, y 6 Fernando Fajardo.

Fue tal la crueldad del crimen que todo el país pedía justicia. Las autoridades se obsesionaron por atrapar al asesino.
Estuvieron a punto en varias ocasiones:
Cuentan que un día descansaba en un alto el bandolero junto a su hijo, al que había encargado que vigilara mientras él dormía. El niño no estuvo atento y cuando Fernando despertó una pareja de civiles estaba tan cerca que sólo le dio tiempo a coger la escopeta y salir corriendo, dejando allí la munición y al niño.
Los civiles capturaron al niño y lo llevaron con ellos a la casa de un pastor, donde estuvieron descansando y tomando café. Mientras, Fernando los vigilaba. Cuando se fueron, Fernando pasó por la casa, tomó café, y siguió a los civiles. Los encañonó y ordenó al niño que corriera hacia un lugar seguro.

Fernando visitaba con frecuencia las casas de la zona y los vecinos, por miedo o complicidad, no lo delataban. En una ocasión paró en un cortijo, entró en la casa y dejó la escopeta y el zurrón en el quicio de la puerta. Justo entonces pasaba por la zona una pareja de civiles que viendo la escopeta y el zurrón imaginaron que el bandolero se encontraba dentro del cortijo, dieron el alto a lo que Fernando respondió con un rápido movimiento que le permitió alcanzar la escopeta y encañonar a los civiles que huyeron despavoridos hacia el río, entre una lluvia de disparos. Los civiles subieron al cortijo varias horas después. Mientras tanto, Fernando hacía tiempo que se había marchado; los civiles tomaron como escudos humanos a dos hijas del dueño ante el temor de que Fernando se encontrara aún en el cortijo. Para justificar semejante ridículo la emprendieron a balazos con la fachada principal de la casa. Aún son visibles los impactos de los proyectiles en la pared de la casa.

A pesar de estas ocasiones en la que Fernando logró escapar, acabaron por dar con su paradero. Se produjo una emboscada y un enfrentamiento muy largo y duro que finalizó con la muerte de Fernando y dos de sus hijos, así como de un guardia civil.

El sobrino, Paulino Fajardo, huyó herido y desapareció, al tiempo que comenzaba su leyenda.
Paulino hace suyas las malas intenciones de su tío, extendidas ahora a toda la familia de los Bermúdez, a quienes acusaba del chivatazo que acabó con la vida de su tío y estuvo a punto de terminar con la suya.
Paulino, posiblemente, estimaba que la polémica entre Santiago y su tío Fernando era una cuestión familiar y no de justicia, que había que dilucidarla entre ellos. Quizás la idea que manejaban era matar a Santiago, pero una vez cumplido el objetivo la eliminación de testigos justificaba, para Paulino y Fernando, los otros asesinatos; ahora Paulino pretendía seguir matando a los Bermúdez, esta vez por chivatos.
Paulino contaba con grandes simpatías entre la gente del campo y en su pueblo; así se explica que, tan sólo un mes después de ser herido, hubiera curado sus heridas e intentara asesinar a otro de los Bermúdez, tiroteándolo cuando se dirigía a la Fuencaliente con su familia en un mulo. Con más puntería que su tío, más arrojo y más simpatías que él, siguió huido en la sierra. Con fama de comunista, para muchos era un referente de la situación convulsa que se vivía en el país. Su nombre, frecuentemente, se utilizaba como amenaza: “como baje Paulino Fajardo de la sierra, a más de uno…”, decían los naturales de la zona cuando los conflictos con los señoritos del lugar se tornaban especialmente difíciles. Se tiene constancia de varios tiroteos con la guardia civil, y también intentó tres nuevas agresiones contra los Bermúdez.
Con el estallido de la guerra civil, Paulino Fajardo pasó de proscrito a Jefe de Milicias Populares de su pueblo. La transformación fue radical: un hombre de campo, con una imagen rudimentaria de la justicia, que había intentado matar a sus parientes y había participado en una carnicería, asume responsabilidades de un cargo político. Aún en medio de una guerra y cuando más fácil tenía la venganza, parece que cambia sus reglas del juego y acepta normas hasta mucho más allá que sus correligionarios del Frente Popular. Así, de bandolero en la sierra pasó a protector de personas de derechas. Curiosamente, no volvió a ejercer ningún acto violento contra los Bermúdez. Una vez en el poder, no lo utiliza para vengarse.
Se tiene constancia de que también evitó la muerte del cura de su pueblo y de muchos otros de ideología de derechas. La secretaria local de falange fue capturada en Ronda y Paulino Fajardo fue hasta allí a lomos de un caballo blanco que había pertenecido al capitán de la guardia civil, para conseguir salvarla del fusilamiento, hecho que consiguió y que está certificado por esa misma persona.
Según dicen, aunque ya raya la idealización y hasta la extraña “santificación” de este personaje, Paulino Fajardo custodió personalmente la mano de Santa Teresa para que no sufriera daño alguno y posteriormente la depositó en un convento de Marbella. La mano, con el tiempo, fue donada a Franco que la mantuvo en su dormitorio como reliquia durante los años que ejerció la dictadura.
Sin embargo, Paulino debió conservar gusto por el modelo de justicia que trataron de aplicar su tío y él en la Fuencaliente: sabedor de que la moral de la tropa estaba baja y de la ineficacia de los comités locales, siguiendo su costumbre de participar en los ajustes de cuentas e impartir su peculiar justicia, mató de un tiro a bocajarro a un Jefe de Milicias de Marbella que se quedaba con dinero de los milicianos.
Antes, el Jefe de Milicias, había escrito una carta contra Queipo de Llano con insultos y amenazas y la firmó como Paulino Fajardo. Cuando las tropas franquistas tomaron Ronda, Paulino es puesto en busca y captura. Su madre, el cura, la falangista y otros muchos hablan por él y consiguen que se entregue con la promesa de que será tratado con justicia. Paulino se entrega, pero tres días después fue fusilado en la cárcel de Málaga sin que se le hubiera abierto causa judicial ninguna. Era el año 1.937.

Anuncios