Desciendo por el Spotify y la música me evoca otra noche de verano: el paisaje más desértico, un pueblo costero de cuestas imposibles, porros y copas en los callejones… Besos furtivos, el coche… y pasar del cielo al infierno en diez segundos. Los objetos pesaban más y yo nunca me había sentido tan utilizada. El volante, la radio con sus luces azules, los ojos inaccesibles, y me dice “me gusta esta canción”, y yo respondí, estúpidamente, enojada, “esta canción siempre fue muy bonita”. La oimos y se fue. Y sólo me quedó aquel cielo enorme, tan estrellado que daba rabia, la radio y el volante inútil, el salpicadero gris y las ganas de morirme.

Nada que ver con aquella otra noche… también en verano, en verano sería puesto que nos bañábamos desnudas en la playa, ¿cuándo fue? Cómo falla y traiciona la memoria… Lo típico, a la luz de la luna llena, perfecto todo, pero empezó a hacer frío y salimos del agua. Y entonces va y me dice la tía: “¿dónde está la parte de arriba de mi bikini?”, “pues no sé”, “¿dónde la dejé?”, “no sé, tú sabrás”, “pues de aquí no nos vamos hasta que no la encontremos, que es nuevo el bikini”. Quince minutos o más tardamos, medio borrachas, en encontrar el bikini. Vaya manera de joder el momento romántico. Y luego a dormir en el coche, por algo estábamos en el quinto pino y habíamos bebido. E intentamos colocar los asientos abatibles como cama, tal y como indicaban las instrucciones del manual, pero de noche y en aquel estado no había manera, de pronto tropezabas en la arena con trozos de tu propio coche. Desistimos y dormimos a la manera tradicional, es decir, mal.

Y una vez más juré no volver a dormir en el coche, pero seguí sin cumplirlo.

Y la vez del terremoto… En el paisaje más desértico, pero con otras. Decidimos dormir en el suelo, pero hubo un terremoto. Un terremoto, cuando duermes directamente en el suelo, es una experiencia, a nosotras nos supo a punto 8 en la escala Richter. Alguien gritó, seguramente a kilómetros, pero en el paisaje desértico y con la noche tan quieta sonó al lado. A una le dio miedo y decidió por todas que había que dormir en el coche ya que existía el riesgo de que nos violaran (!). Qué calor, qué infierno…

Y la vez de los gatos… El “gomina&go”. Salimos a la playa, en la bolsa un bote de gomina como único producto cosmético. Ese día no volvimos a casa. Acabamos en un pequeño pueblo de interior de otra provincia, en la discoteca con los bikinis y los vestidillos. ¡Cuánto ligamos! Sin dinero, había que dormir en el coche. Como no conocíamos el lugar decidimos quedarnos en la plaza del pueblo, por seguridad y, sobre todo, porque tras tanta invitación habíamos acabado borrachas como cubas, y éramos incapaces de mover el coche siquiera unos metros más allá. Unos cinco minutos después de habernos instalado descubrimos que estábamos justo debajo de una farola. Pero una farola que deslumbraba tanto que era imposible conciliar el sueño. A mi acompañante entonces se le ocurrió utilizar las partes de arriba del bikini a modo de antifaz. Un cuadro. Aún así, allí no se podía estar, así que transcurrido un rato, saqué fuerzas de flaqueza y desplacé el coche unos diez metros, más no pude. A los cinco minutos, aproximadamente, descubrimos que habíamos aparcado al lado de un contenedor de basura y que los gatos nos empezaba a invadir, a saltar y subirse por el capó, y a pasearse por él descaradamente. Yo dije que ya no movía más el coche, que así se quedaba, me puse el bikini de antifaz porque seguía habiendo bastante luz y me dormí. A la mañana siguiente nos despertamos más o menos a la vez. Para nuestra sorpresa, el coche ya no estaba rodeado de gatos, sino de un montón de vecinos curiosos alucinados por nuestra presencia (y por nuestros curiosos antifaces). Pero mucha mucha gente, y todos nos miraban. Dijimos, al tiempo, “¡vámonos de aquí!”.
Y acabamos en una playa tan bonita como la del paisaje más desértico, otro día más. Nos duchábamos en la playa, gomina&go.

Siempre así, en mi afán por apurar los momentos.

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