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Ya sé que un rollo contarle tus sueños (los que tienes cuando duermes) a los demás, porque es algo que generalmente sólo le sorprende/interesa a uno mismo. Pero en esta ocasión, y aprovechando que tengo blog, me voy a expandir. Hacía mucho tiempo que no tenía pesadillas; es más, apenas recordaba mis sueños, pero últimamente llevo una racha nada despreciable. Esta noche he tenido una, y me despertado una hora antes de lo que marcaba mi despertador. Ya no me puedo volver a dormir y, para lo que queda, he decidido bajar y escribir lo que he soñado, porque estoy flipando todavía. Ha sido un sueño larguísimo, de los más largos que he tenido nunca, por lo que ni siquiera voy a contarlo con detenimiento, aunque recuerdo detalles increíbles. Voy a resumirlo:

Yo me despierto, en el sueño, en una especie de instalación militar, de ambiente carcelario, aunque noto enseguida que no estoy presa, sino que se trata más bien de un orfanato. Hay más gente en mi misma situación. Estamos formando dos filas hacia delante. Viene alguien con autoridad y nos dice que nos tenemos que cambiar de ropa, la cual nos proporcionan, y que nos ayude a vestirnos la persona que tenemos al lado. Yo no entiendo nada, ni recuerdo cómo he llegado allí. Una vez que nos hemos hemos vestido, esa persona nos empieza a contar algo extraño sin pies ni cabeza. Al rato empiezo a entender, y me cuesta creerlo. Por lo visto, ha caído una bomba nuclear (pero no lo dice exactamente con esas palabras, por lo que encuentro difícil comprenderlo) y somos afectados. Sobrentiendo que yo me desmayaría en el momento, por eso no recuerdo nada, y me alegro de estar viva, pero me preocupa un poco mi salud. Entre tanta gente no encuentro a nadie a quien preguntar, pero se acerca un chico que fue compañero mío en el colegio, Eric [!, ni siquiera era tan amigo mío, pero hace meses lo volví a ver], que de casualidad trabaja allí, y me dice cosas de manera muy enigmática, especie de dobles sentidos, y al final me dice, al comprobar mi confusión, que no me preocupe que lo ha comprobado y todos los míos están bien, excepto Malayerba, de quien no saben nada y estaban esperando a ver si yo tenía su teléfono. Yo me sorprendo mucho y le pregunto temerosa si en Cataluña ha caído una bomba también, sin terminar de comprender las dimensiones de la catástrofe, y me dice que no, pero que Malayerba estaba de vacaciones en un bloque de pisos de Algeciras [que vaya sitio cutre al que irse de vacaciones, pensándolo bien]. Me llevan a casa de mi madre, yo sigo muy confusa y sin poder dar crédito. Allí está mi hermana también. Están más serias que tristes. Me cuentan que yo me desmayé, que no sabían qué hacer y  llamaron a un familiar mío que me llevó a ese sitio. Les digo que no me he enterado muy bien, que qué es lo que ha pasado, quién ha tirado la bomba, si habían sido los… [islamistas, quería decir], y me dicen que no, que vino en un avión desde Gran Bretaña, que entró por San Roque y la tiró en Tarifa (algo de San Roque y Tarifa habían contado antes en la especie de orfanato, pero no entendía nada). Les pregunto más y me dicen más o menos lo mismo, y que ha sido una V23 [las cosas que me invento, todo por la v3 de la 2ª Guerra Mundial]. Quiero preguntar si ha muerto mucha gente pero no lo hago porque está claro que sí. Entiendo que la tele funciona y los móviles más o menos, pero que la bomba ha debido de ser más grande que las de Hiroshima y Nagasaki, aunque no de las más grandes, lo suficiente como quedar nosotras en segunda línea de afectados. Mi hermana me enseña, seria, casi sin decir nada, carne que había en la cocina y la parte que estaba en contacto con el metal está derretida de una manera extraña. Me sorprende que estemos vivas, pero intuyo que los daños es posible que sean muy serios, que todavía no lo sabemos. Mi madre vuelve a poner la tele y hay un reportaje sobre todos los turistas extranjeros que han perdido sus casas, que muchos se han tenido que ir a otros lugares, como a las playas de Croacia, donde se ha llegado a imitar el ambiente andaluz para los nostálgicos y se ve en una playa a unos croatas vestidos de flamenco bailando muy mal. Les digo que agua tenemos y mi madre dice que sí [el agua del grifo aquí no la bebemos, por lo que siempre hay garrafas grandes acumuladas]. Entonces recuerdo que en el lugar tipo orfanato no nos duchamos, sólo nos cambiamos de ropa y le digo a mi madre -Pero no nos podemos duchar. Mi madre niega lentamente con la cabeza, y en ese momento entiendo que nos debemos ir para siempre de allí y que estamos esperando que nos evacuen.

En ese momento me desperté, y tardé unos segundos en saber si había sido sólo un sueño o verdad, de tan largo, detallado e intenso como lo había vivido. Despierta completamente, y sin saber qué hacer, decidí bajar y escribir este post. No lo he hecho en mi portátil porque llevo días sin el cargador, que lo royó la perra y al final se ha terminado por romper. Estoy esperando que me llegue otro por correo. Cuando bajé, me sorprendió mucho que había entrado mucha agua por una ventana de arriba, que tiene mal la junta, y que estaba el piso de abajo medio inundado (cuando acabe el post la recojo, que ahora mismo no tengo ganas). Pero mucha mucha agua, un charco del tamaño de una habitación, y cuando estas lluvias pasadas había calado sólo hasta crear un charquito, no más, por lo que calculo que esta noche ha debido de llover brutalmente (o el viento incidir además justo en la ventana), y es posible que yo asociara unas catástrofes con otras, o no sé. Supongo que el sueño tiene que ver con mi temor o certeza de la destrucción del espacio que me rodea, junto con más movidas internas. De eso me he dado cuenta según lo escribía, por lo que me ha venido bien hacerlo. Ahora quieren pasar una carretera por la huerta. Vaya movida, otro día os cuento eso. Es algo que he decidido no pensar más, dar por hecho que no va a ser así, porque me tiene amargada y necesito seguir estando motivada, pero está claro que las cosas no son tan fáciles de guardar así como así, que por algún sitio salen.

Acaba de bajar mi hermana y dice que no sabe si ha granizado o qué pasado, que se abrió una ventana y su cama se ha mojado toda de agua (tardó en darse cuenta porque dormía en una esquina), y que si han caído ramas o qué, que pensaba que el cristal se había roto y no se atrevía a acercarse. Que el gato se acojonó y se largó. Dice que no entiende cómo no me he podido despertar con el ruido que había. También ha entrado agua por la puerta de la terraza. Ya digo que la casa esta es nueva, bien hecha (lo único que tiene mal es la junta de la ventana), y que en las anteriores lluvias, aunque a mucha gente le ha entrado agua, y ha escarbado el asfalto de las calles, no había pasado nada, por lo que ahora me pregunto qué no habrá pasado en las demás casas, y cómo estarán mis arbolitos, tan pequeños (resistieron el día que todo el mundo dice que hizo el mayor viento de los últimos años, por lo que estoy relativamente confiada -y frutos todavía no dan, por lo que si ha granizado no me afecta mucho-).

Ha debido de ser un minitornado de ésos que a veces salen del mar.

Buf, me voy a poner a hacer cosas.

Hablemos del tiempo, que es de lo que se habla cuando no se tiene qué decir. O cuando todo cansa y sólo queda el fluir del momento.

Iba yo a escribir un post hace cuatro o cinco días comentando que ya había terminado el verano. Maldición, justo entonces se batió récord de temperatura, como suele ocurrir últimamente: 38 grados y medio, y un sopor que me hizo sentir enferma, (y este lugar, apunto, nunca fue Sevilla). Aunque nada en comparación con los 43 grados de unas semanas atrás. Macorina y yo, cada una en un sofá, como perrillos exhaustos. A ocho kilómetros hacia el interior hicieron 47 grados, 34 grados a las 4 de la mañana, y a esas horas no se produce el efecto invernadero dentro de los termómetros callejeros.

Pero ya ha terminado el verano, aunque siga sin llover. Hoy se ha levantado nublado y un viento brutal, que me gusta. Ha tumbado una maceta de más cincuenta centímetros de diámetro y la ha partido. Tenía una palmera dentro que transplantaré esta tarde, si me da por ahí. Qué pena, esa maceta la compré en Granada hace años. Me costó muy muy barata, lo peor fue transportarla. La palmera la compré en Ikea Alcorcón, el año terrible, cuando huí a Madrid, y para protegerme del agobio y la contaminación del centro, convertí mi salón en un jardín/invernadero, con sus muebles de jardín, sus regaderas, su terraza y sus cortinas de cuentas verdes. La palmera, oferta del momento, medía 30 centímetros y ahora es más alta que una persona. Ahora, que revienta de cantidad de raíces, la pondré en la tierra, como a mí, para que arraigue.

Mientras escribo estas palabras escucho “La Torre del La Vela”, de 091.

(siento el ruido de fondo) ,  (¡qué años!…)

Hace falta Granada -pequeña gran ciudad- para sentir la canción como es (Torre de La Vela = Alhambra), aunque haya cosas universales (Lorca, que estás en los cielos) . Y es que ya soy de muchos sitios. Je. Me retrotrae a antes, antes del año terrible, y así por fin todo tiene continuidad. El viento hace el ruido ése, el tipo peli de miedo, pero es mediodía. Lo peor es mi madre diciendo “¿otra cerveza de “ésas” te vas a beber?“, y yo “no es tanto, una normal es así“, y señalo la mitad dando más margen del real. Es sólo cerveza, y esta mañana he trabajado bien. Decía del viento, y de la palmera que arraiga, y yo no. Porque yo no. Es mentirijilla. Ya verás dentro de dos semanas, cuando coja carretera y manta.

Ya no siento la sensación de desarraigo total de hace cuatro años. Lo quise, lo conseguí y se cumplió la maldición de los deseos cumplidos. Extraña sensación, de desasosiego y flotabilidad, de magnífica libertad.

Me dispuse a plantar. Y era fácil, o así me resultó. Ahora me resisto a lo contrario, y también es fácil. Es sólo seguir como siempre.

Que sople, que sople más, que caigan todas la macetas, los toldos, los carteles. Hay gente que no lo soporta, mi madre, por ejemplo, que es de fuera, pero yo me crié en los vientos del sur. Escribió Almudena Grandes “Los aires difíciles“, y me decepcionó. Ella sabía de la importancia, intenta plasmar la influencia en los locales, pero se pierde. No encontré en el libro lo que esperaba.

Ocurrió otro episodio, ya escribí otro post al respecto, hace años, en el blog antiguo. Veré a ver si lo puedo recuperar. Pues no lo encuentro, cómo me exasperan estas cosas. Quizá nunca lo escribí, sólo lo soñé. O lo borré, no lo descarto. Argggg, me cabrea. Se me quitan hasta las ganas de reproducirlo. No, decía del viento que corrió sobre la plaza de Chueca, de pronto, y todas supimos interpretar que era el fin de todo, el fin del año terrible.

Noticias: El Tiempo (mi abuelo sólo veía de la tele El Tiempo -él era simple, pero sabio-). Mañana: ¡Levante grande en el Estrecho! Eso, que corra, que corra el aire.

Mañana levantazo: tiembla Euskadi, que voy pa yá, tiembla Lavapiés, que te voy a cerrar.

Hacía mucho tiempo que no oía a Van Morrison, hoy he vuelto a hacerlo, en el coche; sólo volvíamos a casa, pero hubiéramos llegado hasta Marrakech:

Days like this

Did ye get healed

Y ya que nos ponemos…

Queen Of The Slipstream

You’re the Queen of the slipstream
With eyes that shine
You have crossed many waters to be here
You have drank of the fountain of innocence
And experienced the long cold wintry years.

There’s a dream where the contents are visible
Where the poetic champions compose
Will you breathe not a word of this secrecy, and
Will you still be my special rose?

Goin’ away far across the sea
But I’ll be back for you
Tell you everything I know
Baby everything is true

Will the blush still remain
On your cheeks my love
In the light always seen
In your head?
Gold and sliver they placed
At your feet my dear
But I know you chose me instead

Goin’ away far across the sea
But I’ll be back for you
Tell you everything I know
Baby everything is true

You’re the Queen of the slipstream
I love you so
You have crossed many waters to be here
And you drink at the fountains of innocence
An experience you know very well

Ayer me extrajeron una muela, la del juicio, abajo a la izquierda. Una cosa fea, ahora parezco la prima desconocida del oso Yogui. Aprovecho para escribir entre Nolotil y Nolotil, por distraerme, que pa otra cosa no estoy.

Aunque breve, ha sido una de las peores experiencias en el dentista que recuerdo, y llevo muchas. Cosas de la genética, es la visita sanitaria recurrente en mi vida: ortodoncias, endodoncias y empastes con técnicas varias, no se me escapa nada. El implante caerá en breve.

Quizá fuera culpa de los comentarios previos de la gente (“tú verás, tú verás“, que ni a Malayerba en el parto), seguramente mi propia imaginación, o la edad, que en estos casos a mí me funciona al revés y cada vez tengo menos aguante en cuestiones de ansiedades y angustias. Por lo que fuera, por primera vez en una situación similar, la sugestión se apoderó de mí y rocé el desmayo. Tal como le dije al dentista era la primera vez que me había pasado, y me sonó a “esto no es lo que parece”, o casi como si hubiera tenido un gatillazo. Me sentí estúpida, pero no lo pude evitar.
Ya en la anestesia pinchó hueso y el líquido se me derramó por toda la boca. Por dos veces. Esto elevó mi nivel de ansiedad, que ya era alto de por sí. Qué amargor. (Claro que nada que ver con la ocasión en que –otra dentista- me derramó ácido en el labio, prefiero olvidarlo).
La muela estaba en posición horizontal y me tenían que raspar el hueso, la boca abierta todo lo que daba de sí. Si intentaba relajarme, poco a poco se me cerraba, y a cada instante el dentista me recordaba que la abriera. Me dijo que si me cansaba se lo dijera y parábamos un momento. Se lo dije y se ofuscó. Siguió. Oí un crack. No sonaba a cosa buena, escruté la cara del dentista y ni se inmutó. Me tuve que conformar con mi ignorancia y la confianza absoluta en un desconocido. Empecé a inquietarme y a descontrolar. Me tocó la lengua con la fresa o como se llame el torno ese terrorífico. Me la he mirado y no parece mucho, pero tuvo que ser profundo porque aún ahora me duele casi igual que la misma muela. Una mezcla de dolor y especie de congelación se fue expandiendo por toda la lengua, hasta alcanzar la punta y convertirse en una sensación insoportable. Hice señales de que parara. No sabía qué explicarle. Siguió. El dolor, aunque menor, continuaba. El dentista me advirtió que si no me quedaba quieta no podría seguir. Entonces empezó a coser, y yo a observar hilos negros demasiado largos entrar y salir de mi boca. Yo de odontología no sé, pero de costura sí, y cosía con hilo demasiado largo, sobre MI carne. Intenté relajarme, él decía que quedaba poco. In extremis, me obligué a pensar en lo típico, en la playa tranquila, en un prado sereno. Nada, no había manera, sentía que me iba, y me aterraba la idea de que si ocurría en mitad de la operación algo peor pudiera pasarme al cerrar la boca bruscamente. “Piensa en un post, en un post”, me decía a mí misma. (He aquí el post). “Está blanca”, oí decir a la chica ayudante. Tuvieron que parar, sospecho que ya al final. Después de bajar el cabecero de la silla lo más que daba de sí, para que me recuperara, no continuaron. No estoy segura de si llegué a perder el conocimiento del todo, creo que no, pero no hace falta decir que lo pasé fatal.

Los profesionales de la sanidad no se dan cuenta de que algunos no soportamos la sangre, que somos aprensivos, que si no lo fuéramos a lo mejor nos dedicábamos a otra cosa, como a sus trabajos, que bien pagados están.

Ahora, tengo que decir que me duele menos de lo esperado y que estoy segura de que este hombre hizo un buen trabajo. Esperemos que pase pronto la hinchazón y no se infecte. Vaya fin de semana más ameno, no os podéis imaginar. Hala, me voy a tomar otra ampollita de Nolotil. Vivan las drogas.

Si alguna vez trabajáis online sobre un escritorio remoto recordad siempre la norma número uno que acabo de descubrir: ¡nunca reiniciéis el ordenador remoto!
Malditas actualizaciones.
Ahora lo veo tan claro…, pero hay ocasiones en la vida en las que no tienes segunda oportunidad.

En fin, no dramaticemos, en el fondo estoy encantada con este descanso improvisado, así blogueo.
Amenazo con soltar los links de mis últimos descubrimientos en internet, pero tengo tantos que revisarlos (y ordenarlos de camino, que es lo que en realidad pretendo) me ocuparía una tarde entera. Lo dejaremos para cuando tenga tiempo. También quiero colgar algunas fotitos de Canarias, pero como cuando cojo una cámara me vuelvo loca tengo como unas cuatrocientas fotos por clasificar, la mayoría destinadas a la papelera de reciclaje. Lo que me pasa es que cuando fotografío juego a la probabilidad: de entre todas las fotos habrá una, por lo menos una, rescatable.
Pero eso próximamente.

Estos días he estado muy tentada a hablar de mis tres marías, pero me da un poco de reparo criticarlas tan abiertamente como me gustaría.

Bueno, me animo (no he necesitado mucho).

Tienen nombres adjudicados, desde el principio se los puse y con el tiempo no han cambiado: La Empleada Negativa, la Empleada Pelota y la Empleada Pava. Se llevan a matar entre ellas. Bueno, no, la Empleada Negativa y la Pava hacen piña a veces, pero cuando no está la Negativa, la Pava cambia de actitud. Yo sé que me critican (me consta que me odian, como la canción de Alaska), pero me da igual.

La Empleada Pelota es lo más falso que he visto en años, pero por lo menos tiene iniciativa. Es casi una persona normal. Es la mejor. No sólo hace la pelota, cosa que detesto pero que he aprendido a tolerar como mal menor. Como su afán es alabar, se dedica principalmente a alabarse a sí misma. Ella es la que lo hace todo, si no fuera por ella… Y como es verdad que hace muchas cosas (no tantas como dice), le tienes que estar diciendo, todo el rato, “sí, es verdad”.

La Empleada Pava es culpa mía tenerla, porque me daba lástima despedirla (anda que no explota lo de madre soltera) y ahora me la tengo que comer con papas. Encima, como no sabe (ni se lo creería si lo supiese) que está ahí por mí, ni siquiera me lo agradece. Es la típica que no hace ni el huevo, que tienes que estar detrás todo el día (que para eso harías tú el trabajo y terminarías antes) y si le vuelves la espalda va diciendo “pues que no piense que voy a hacer esto, o lo otro”. No es simpática, ni nada especial.

La Empleada Negativa es… Es inteligente y capaz, podría hacerlo bien si quisiera, pero no, porque “esto no sé yo”, “esto no…”. Cualquier iniciativa o mejora que con todo tu esfuerzo introduces, según ella está condenada al fracaso, después de mirarte con condescendencia.  Y la crisis acabará con todos nosotros, cómo no. Y qué oscura es la noche en invierno. La alegría de la huerta, vamos. Es muy impulsiva, le sale mal, se da cuenta de que lo ha hecho mal, se frustra y “esto no…”. Ejemplo, durante un cursillo: tacha la respuesta antes de que el profesor haya terminado de formular la pregunta. Está deprimida, yo lo sé, pero no es mi culpa. Está obsesionada con llenar cubos de la fregona y al poco tiempo cambiarles el agua. Es desordenada y exaspera a la Pelota cuando se encuentra sus cosas por medio. No te saluda cuando llegas, ni se despide cuando te marchas y tiene la bonita costumbre de tirarte las cosas, no entregártelas. Si fuera camarera no duraba ni un día. Pero su mayor habilidad es sacar de quicio a la gente. Lo ha conseguido hasta con la limpiadora, que es la impasibilidad en persona. Sabe hacerte la pregunta que más te jode en el momento más inoportuno.

Forman unas telenovelas estas tres… Me cuesta sudores mantener la “paz social”, evitar el cotilleo y el correveidile. A veces lo consigo, pero ya sé que es sólo hasta la próxima.

Ahora estoy a la búsqueda de la Empleada Perfecta. Yo sé que ella existe y desea que yo la encuentre. ¿Cuándo se unirán nuestros destinos?

(o ya lo sabía, pero fastidia)

Son las seis y media de la mañana y no me puedo dormir. Lo peor de todo es que tengo un compromiso en dos horas. Esto no viene a cuento, pero ayer me tomé dos redbulls y ando dispersa. ¿Igual por eso no puedo dormir? El plan es el siguiente: me mantengo despierta y luego, a las once, duermo hasta las dos o las tres. Yo en mi línea.

Bueno, a lo que iba:

Siempre me han apasionado las series/películas de “vamos a atrapar al asesino” (negras, para entendernos), desde la maravillosa “Se ha escrito un crimen” hasta la cansina CSI.

Sí, lo confieso, he visto mucho CSI, y como tal me veía puesta en las últimas técnicas de detección de ADN y lámparas fluorescentes que revelan cualquier tipo de fluido.

En realidad no soy tan ingenua como para pensar que esas técnicas se utilizan habitualmente en la investigación de crímenes, y menos en España, pero una cree que sabe más o menos cómo funciona el tema.

Hecha esta introducción, procedo con la historia.

No iba a contar quién era la protagonista, pero he decidido que sí, por abreviar. Es mi hermana (evito adjetivo).

Me llama a las tres de la mañana. Se lo cojo, el corazón alteradillo, pero como la conozco, y en seguida noto su tono calmado, me tranquilizo. Mi hermana tiene la bonita costumbre de llamarme a la hora que le da la gana (da igual el tiempo que hayamos estado sin hablar o que yo esté ocupadísima o dormida), para contarme desde que la ha dejado el novio hasta qué pena que el gato no come bien y está flaco, o qué me parece el precio de una alfombra que ha visto por eBay. Todo cabe, todo vale. Resignación.

Sin embargo, lo que me empezó a contar era ciertamente inquietante. Le habían entrado a robar en la casa.
– ¿¿¿Pero ahora???
– Noo, ahora nooo.
No, se había DADO CUENTA ahora.
Decía que se había dejado abierta la puerta de la casa (mira que le dije que a la cerradura siempre había que darle por lo menos una vuelta; que se lo dije, demostración mediante, hará dos meses, no más). Le habían robado el ordenador, la maleta pequeña y un cartón de tabaco. El ladrón era fumador (dato importantísimo -ironía-). Se había dado cuenta del robo al ir a fumar y al buscar el ordenador.
En el ordenador estaba EL PROYECTO. ¿Y no le has hecho copia en el disco duro? No sé ni para qué pregunté, según lo iba pronunciando sabía la respuesta: No. ¿Para qué?
El ladrón había sacado una bolsa de plástico con la ropa interior de la maleta donde estaba el ordenador y se había llevado la maleta con el ordenador dentro.
En ese momento se me encendió la bombilla CSI y me sentí taaann feliz de poder utilizar mis conocimientos: ¡En la bolsa pueden estar las huellas!
Estuvimos especulando sobre quién podía haber sido (alguien de su bloque, seguro, probablemente la vecina desequilibrada) y sobre las estrategias a seguir.

Ya al día siguiente, no antes, por no asustarla, le comenté que igual no se había dejado la puerta abierta, que se la habían podido abrir y por eso ella la encontró entreabierta o, añadió ella, si era alguien del bloque podía haberle sacado copia a la llave porque un día se dejó la llave en la cerradura (ejem, yo seré desastre, pero mi hermana supera todos los récords, nacionales, mundiales y olímpicos). Tenía que cambiar la cerradura (se admiten apuestas sobre cuándo lo hará).
Fue a poner la denuncia. Le comentó lo sucedido a algunos vecinos y todo el mundo estuvo de acuerdo en que era la vecina desequilibrada, y mi hermana más o menos lo confirmó porque ésta era siempre muy habladora con ella, excesivamente incluso, y ahora no le dirigía la palabra (aunque igual no ha sido, no lo sabemos).

Por la noche vino la policía a la casa, estuvieron mirando la bolsa, y OH DECEPCIÓN, dijeron que no se podían tomar huellas pasadas ¡tres horas!, y que tenía que ser en una superficie plana. Vaya porquería de poli. Tres horas, pues vaya, pues así no sé qué crimen van a descubrir. Vamos, eso lo pilla Grissom y saca hasta qué día hizo la primera comunión el ladrón.
Pero nada, así es la vida.

Ya veremos como evoluciona el caso, aunque yo tengo una esperanza nula.
Además, en realidad, no quiero saber más de la historia, así tiene más cuidado otra vez, y porque me ofusco.

Ay, qué sueño, veo borroso y ha pasado una bola azul por la pantalla.

ACTUALIZADO, IMP: Ahora ha venido la policía científica de verdad (la otra era la local), y dicen que lo de las tres horas es mentira y “la mayor estupidez que han oído en su vida” y quieren saber el nombre del agente que dijo eso porque provocó que mi hermana, pensando que la bolsa ya no tenía utilidad, la arrastrara por el suelo y la manoseara. Otra prueba era un cargador que también sacaron de la bolsa y que mi hermana ha tocado por encima.
Quieren el número de serie del ordenador y ahora encuéntralo tú. Niños, guardad siempre los números de serie de las cosas.

Bueno, ya estoy más feliz con nuestro CSI, y si poco aprecio le tenía a la policía de Madrid, menos se lo tengo ahora.

Algunas no tenemos remedio, siempre igual.
Recuerdo que cuando tuve que entregar mi tesina, como no me daba tiempo a imprimirla (tras aquello descubrí una ley, que podría figurar en el libro de Murphy: el tiempo de impresión es siempre tres veces superior al previsto), me fui, impresora bajo el brazo, y me instalé en la secretaría del lugar. Allí me dispuse, horas tras hora, a imprimir el maldito trabajo, para ajustarme lo más posible a la hora límite de entrega. Afortunadamente, a esas alturas, era amiga de una de las secretarias, que no por ello dejó de estar sorprendida por mi acción. Además, me lo encuadernó. Bendita mujer.

Hace pocos días, una conocida se vio en una situación similar:
El perro se había comido el cargador del portátil portador de la valiosa información. Ante la imposibilidad, por circunstancias varias, de poder sustituir dicho cargador, se dirigió, ni corta ni perezosa, al departamento de “Menaje del hogar” de una gran superficie, y le explicó al dependiente su problema. El dependiente, absolutamente descolocado, le permitió, durante un día y medio, trabajar sobre la moqueta y aprovechar el cargador de uno de los portátiles expuestos.
El trabajo fue debidamente impreso, encuadernado y entregado a tiempo.

Historias.

Que luego pa ná, pero historias son.

Al hilo del post de Óscar, en Normalizado, donde pregunta… (iba a escribir “lanza la pregunta”, pero he rectificado a tiempo, no quiero que Manzanita y sus purismos me crucifiquen :P, -no suelo utilizar la expresión, pero en este caso es que casi la lanza, parece decir: “ahí, ahí la lleváis” como final de post-).
Bueno, que me voy por la ramas, decía que Óscar pregunta, tras recuperar el billetero que había olvidado en la FNAC, sobre lo más valioso / extraño / avergonzante que nos hemos dejado por ahí.

Aparte de ocurrírseme obviedades, como la honra o la dignidad, que me las he dejado en más de una ocasión en los sitios más insospechados, y sobre todo con la que gente más insospechada, voy a relatar el caso de pérdida, de objeto, más espectacular que he sufrido, por las consecuencias, más que nada.

Antes, (me acaba de venir a la memoria), quiero mencionar una frase que a veces dice mi madre, y que proviene de mi abuela, en referencia a cuando uno tiene que rebajarse -quizá ésta sería la expresión más adecuada-. Dice mi madre: “El orgullo es una cosa que se coge, se tira, se pisotea, y luego coge una, lo sacude y queda como nuevo”. Mi abuela molaba mucho, pena que se muriera cuando yo era niña aún.

Y ahora sí, prometo no irme más por las ramas y contar mi “caso dramático”:

Sicilia, digo… Leuven, Bélgica, dos mil… algo.

Un día cualquiera, muy al principio de mi estancia en la ciudad (¿o debiera decir pueblo? mmm, ¡ciudad universitaria!), caminando por el centro, perdí (o me robaron, nunca lo sabré) la cartera con el dinero, pasaporte… todo. No sólo me quedé sin dinero para comer, sino que ni siquiera podía desplazarme al consulado, o llamar por el móvil, porque era de tarjeta y tenía el saldo justo, y menos desde una cabina. Como acababa de llegar al país, apenas conocía a nadie, y los pocos que conocía estaban de viaje. Lo llevaba todo encima porque estaba de papeleos, compras y las cosas típicas que se hacen tras una mudanza. Encima, llegaba el fin de semana. Lo peor de todo, o lo que me creaba más angustia en ese momento, tonta de mí, era que esa tarde llegaban los muebles de Ikea, y yo no tenía un duro para pagarles por el transporte, que se pagaba después de comprar, a la llegada de los muebles (la historia de cuando me quedé tirada en el polígono de Bruselas y me rescataron unos que tuneaban coches es bonita también, pero no viene a cuento).
Fui a la comisaria a denunciarlo. Aunque no estuviera segura del hecho, algo me decía que lo más conveniente era decir que me lo habían robado. Dificultades idiomáticas aparte, no me hicieron ni puñetero caso.
En este punto, tengo que decir dos cosas:

1) los que digan que en la parte flamenca de Bélgica todo el mundo habla inglés, mentira, mentira cochina. Lo hablan cuatro, el resto lo chapurrea y mal, con un acento que no lo entienden ni ellos. Los que venden cursos, de la materia que sea, en inglés en Flandes, deberían ser condenados, como mínimo, a una estancia de tres años, digamos en La Alpujarra, prometiéndoles, de la misma manera que ellos hacen, que allí se habla inglés, mucho inglés, vamos, allí los niños nacen bilingües y después de decir mamá, la siguiente palabra que pronuncian es excuse me. Bastante tiene el vulgo con aprender holandés, francés y después alemán, como para ponerse con el inglés, aunque mérito y capacidad no les niego a ninguno de ellos, y envidia me dan con tanto idioma de por medio.
2) es mucho mejor quedarse sin dinero en un país subdesarrollado (me ha pasado) que en la vieja y opulenta Europa; la gente, a pesar de ser más pobre en general, se muestra más amable y comprensiva, por paradójico que pueda parecer.

Sigamos con la historia, y la voy a resumir mucho, conste, que me pasaron más cosas:

Después de volver a casa, sentarme, levantarme, sentarme, maldecirme, angustiarme, acojonarme, ¿qué se me ocurrió? Mamá. Cobro revertido.
Ahí comienza el episodio Western Union, que es una mierda y no vale pa ná. Resulta que existe una manera interna de transferir dinero a través de esta compañía cuando el receptor no dispone de documentación, como era mi caso. Se trata de una palabra secreta que el emisor del dinero debe comunicar al que lo va a recibir, y que éste deberá pronunciar a la hora de cobrarlo. La palabra secreta era el nombre de una de nuestras gatas, Cleo. Al día siguiente, me voy a Western Union, me presento, espero la interminable cola, me sitúo ante el mostrador y el encargado me dice que no habla inglés. Mentira, seguro, pero bueno. Le cuento mi vida a uno que pasaba por allí y no tenía mucha prisa del todo, considerando que la oficina está situada en la estación de tren, y se ofrece a hacerme de intérprete. Volvemos a esperar la cola, hacemos todo el trámite, nombres y demás, y cuando llega la hora de decir la palabra secreta, el hijo de puta del encargado me dice, con sorna, que no entiende lo que le acabo de decir, que no es la palabra. Se la intento escribir pero no me deja un papel. Me da a entender que no puede esperar más y le da paso al siguiente de la cola. Mi intérprete se aleja confundido. El hijo de puta se ríe.
En ese momento, supe lo que eran ganas de poner una bomba (y lamentablemente ya no sólo por este caso, pues otros peores me esperarían en mi vida). Y me puedo imaginar la angustia de la gente que llega sin papeles, sin conocer a nadie, y encima los putean; y eso, que al fin y al cabo, yo sabía que antes o después lo mío se solucionaría, porque tengo una familia que me respalda, y una nacionalidad que me ampara, pero esta gente no, es la misma angustia sin visos de final.
Ah, los de Ikea llegaron, con las ganas que tenía de que me trajeran los muebles, pero les tuve que decir que volvieran otro día, a lo que accedieron sin sorprenderse demasiado, aunque a saber cuándo sería eso y si no habría malos entendidos con el envío que después yo no podría solucionar por problemas con el idioma.
El domingo, día en que la católica Leuven se asemeja a un desierto, me quedé en casa, sin salir, derrotada y pensando en las ideas más peregrinas. Aburrida, revisando los papeles de la universidad, comprobé que disponían una especie de servicio de asuntos sociales. Ésos eran los míos.
A la mañana siguiente, allí que me fui. Les conté toda la movida y me prestaron el dinero para poder ir en tren al consulado de Bruselas y así sacarme un pasaporte con el que poder tener acceso al dinero. Muy simpáticos, muy buenos y muy efectivos.
Tomé el tren y me dirigí al consulado. Me perdí mucho intentando encontrar el consulado, venga patearme Bruselas, pero al final llegué. Espero mi cola, hago los trámites, foto, huellas… y cuando voy a la ventanilla donde me tienen que entregar el pasaporte me dicen que por ese día ya es muy tarde, que vuelva mañana. En ese momento me doy cuenta de que no tengo dinero para volver a Leuven, a mi casa (=techo). Les digo que no puede ser, primero intento ser educada, explicarles mi situación, pero acabo por montar el número, medio llorando. Me siguen diciendo que nada, que no.
Salgo, paseo, vuelvo. Que no. Me siento en las escaleras de la entrada.
Llamo a mi madre. Me dice que espere, que va a intentar solucionarlo desde España. Desconfío, profundamente. Yo acababa de salir de dentro del consulado, ¿qué iba a hacer ella desde Cádiz?
Me siento, espero. Para pasar la noche en cualquier parte mejor esperaba allí, por si al final le daba pena a alguien.
Una hora después, se me presenta un señor mayor, con aspecto de dandi ajado. Me dice que es el cónsul, que ha hablado con mi madre, que ¡vaya mujer!, que no me preocupe que en un momento me dan el pasaporte. Lo miro con los ojos muy abiertos. Lo acompaño, me lo dan, y me dice, con toda su cara: “es que nos lo tenías que haber explicado mejor”. ¿MEJOR, MEJOR? Pero sonrío, y me callo, ¿qué mas daba ya? Él no me importaba, yo sólo visualizaba “banco, banco”. Le digo que tengo que ir al banco, que corría el riesgo de que cerrasen, y encontrarme en las mismas. Me dice que me acompaña, no vaya a ser que tenga algún problema. Vamos en metro, que “era más rápido”, consigo el dinero, y en la boca del metro al despedirme, el cónsul me dice: “¡pero antes de todo llama a tu madre, que se quede tranquila!”.

Qué no le diría mi madre. Me lo puedo imaginar, y no me extraña que respondiese así.

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Editado: a la Basílica de Guadalupe (horrorosa, de estilo neocatecumenal) nos llevó el guía obligados, y si flipáis con la foto friki del papamóvil me guardo la de la sábana santa. Todos tenemos nuestros momentos 😉

Tenía ganas de escribir este post, sobre todo porque ya tengo pensado el siguiente. Es difícil condensar quince días en unas líneas cuando han sido tan intensos.
En los viajes parece que el tiempo transcurra a otro ritmo. No sólo se trata de un vuelco sobre tus horarios, comidas y costumbres habituales. Son también los acontecimientos que se precipitan o ralentizan sin poder tomar control sobre ellos, es la gente nueva, los horizontes nuevos y tú misma, que te vas depurando en un proceso que te acerca a realidades diferentes, ya sean propias o ajenas. Ésos son los viajes buenos, los que por las circunstancias que sean, te golpean más allá.

Éste ha sido un gran viaje, mejor incluso que lo soñado, aunque me temo que será imposible transmitir toda su esencia aquí, en este resumen improvisado. Para ayudar, he colgado dos vídeos en internet, por si así me pudiera acercar más a lo que realmente ocurrió.

Me han sugerido que escriba este post por capítulos, pero ni creo que el viaje dé para tanto ni me apetece a mí prolongar la nostalgia más de lo necesario.

Queda largo, pero llevo mucho sin escribir y los blogueros cercanos no están muy prolíficos, por lo que espero que se sobrelleve bien.

Seguro que se me olvida algo, aunque todo tenga importancia relativa. Si con algo tuviera que quedarme sólo diría que fueron días muy felices.

Para empezar, un minitest de una sola pregunta:

¿Dónde me picaron bichos (pulgas supongo) de entre todos los medios de transporte que utilicé?

a) En el autobús primera clase DF-Oaxaca
b) En el autobús segunda clase Oaxaca-Pto.Escondid o
c) En la sala de espera de la estación de segunda clase
d) En el metro de MéxicoDF
e) En un coche alquilado
f) En un taxi mexicano cualquiera
g) En un taxi colectivo mexicano cualquiera
h) En una lancha de pescadores destartalada
i) En el avión de Iberia Madrid-MéxicoDF

Efectivamente, ¡en el avión de Iberia! Nada más llegar al DF ya estaba llenita de ronchas, ronchas que, todavía no lo sabía, aumentarían posteriormente con la picadura de mosquitos. Es lo que tienen los paraísos tropicales: los mosquitos.

Bueno va, no me enrollo más, resumen resumido:

El primer día, llegué al amanecer a la capital y nos dedicamos a descansar en el hotel bueno y dar una pequeña vuelta por los alrededores. Curiosamente, nuestro hotel estaba en pleno barrio gay, del que no hay nada que reseñar ya que viene a ser como el barrio gay de tantas ciudades.
El segundo día, decididas a hacer turismo, fuimos al Templo Mayor, las ruinas de la antigua ciudad precolombina, enclavada en pleno centro. Visitamos el museo. Muy interesante todo. Ahí, tan pronto, empecé a cogerle gusto a la comida mexicana, gusto que no despareció en todos los días de estancia en ese país. Poco me queda por probar, sólo los chapulines (especie de saltamontes asados), que no me atraen demasiado, no por escrúpulos, sino porque dicen que no son nada del otro mundo, y yo no estoy por perder el tiempo. 🙂
El tercer día, decidimos conocer un poco mejor la ciudad, y sin nada claro, comenzamos a movernos, un poco sin rumbo. En principio, en metro (le cogimos el truco rápido y a partir de ahí no prescindimos de él). El metro del DF cuesta menos de veinte céntimos de euro; vale, que en México el nivel de vida es más bajo, pero proporcionalmente no tanto como para esa diferencia. En definitiva, es muy barato. Se calcula que cuatro millones de personas lo utilizan diariamente. Era una parte más de esta ciudad tan… masiva. Existen los vagones sólo para mujeres, que pensándolo en frío me parece un error y una estupidez, por mucho que sea para protegerlas, pero a los que nos subimos no sólo porque te veías abocada a ello sino por curiosidad. Una tontería, lo dicho, sobre todo porque no dura toda la línea.
Luego fuimos a pie, a pie, a pie. Ese día me hice rozaduras en los pies, qué mala estrategia. Es que el DF es un poquito grande, un poquito nada más. Descubrimos que hay zonas temáticas. Ejemplos:
Las imprentas, todas en la misma plaza. Los mercadillos de bragas-calcetines-vaqueros con brillos. Son masivos, es que no se me ocurre otra palabra. Alucinante. Claro, México es una pequeña China, además que tienen que vestir a veinte millones de habitantes. Casi pesadilla. Pero no todo había acabado ahí. En nuestra errática e infructuosa búsqueda de la plaza Garibaldi (que no nos llamaba la atención especialmente, pero por ir a algún sitio), pasamos por las calles de los muebles, los juguetes, los trajes de puesta de largo y los trajes de caballero (y niño, muy importante), pero las definitivamente mortales fueron las de telas/mercerías. Calles, y calles, y populosas calles llenas de tiendas de telas, una tras otra, y no se acababan nunca. Ahí fui consciente de la pequeñez del ser humano, además del poco mundo que yo conocía. No hay manera de describirlo.
Por la tarde, una vez asumido que ése no era nuestro entorno, decidimos irnos a una zona más… universitaria. Así fuimos a parar a Coyoacán, que más que universitario es un barrio pijoguay, pero bueno va. Un barrio encantador en realidad. Allí vivía Frida Kalho, pero ése día el museo estaba cerrado. De todas formas, tampoco hubiésemos ido aunque estuviese abierto, creo.
Cosas que me sorprendieron de los mexicanos, por lo que pude observar, y que no hace en absoluto gala a su fama: beben muy poco (alguna cerveza suelta, a veces con las comidas) y fuman aún menos. Ahí me di cuenta de lo borrachuzos que somos los europeos. De todas formas, en este viaje apenas bebí, sólo un día. No es plan estar por ahí de resaca (¿Me estaré volviendo responsable con los años? Ummm, no creo).
En nuestra pequeña esquizofrenia de combinar hoteles caros (que no lo eran tanto, de algo nos tenía que servir este euro desbocado) con las peores penurias, la siguiente noche la pasamos en un autobús de camino a Oaxaca. Llegamos al amanecer y en la pulcra y novísima estación (de primera clase) nos sorprendió un terremoto. 6.7 escala de Richter. Silencio sepulcral en toda la estación, que por nueva y metálica todos intuimos segura. Ha sido el más fuerte que he vivido. La sensación fue de mareo, de mareo considerable, puesto que no sólo te mueves tú, sino que también se mueve el suelo, y si fijas mucho la vista (para comprobar que no estás soñando, principalmente) te acabas mareando. Después, resulta que la zona es propensa a los seísmos, y que antiguamente hasta había un dios de los temblores, pero una es ignorante. No pasó nada grave, algunas iglesias tocadas y unos pocos chavales que no pudieron ir a la escuela porque las aulas resultaron afectadas. La prensa, al día siguiente, afirmó que las alarmas antisísmicas no habían funcionado.
Salimos a conocer Oaxaca y ¡oh, sorpresa!, Oaxaca es preciosa. No sé por qué (por un boca a boca mal entendido, quizá) yo pensaba que iba a ser una cutrería de ciudad tercermundista que en principio contemplábamos visitar sólo de paso, y nada más lejos de la realidad. De nuevo, mi ignorancia, y sobre todo, la falta de organización del viaje. Bueno, después de la experiencia mercería decidimos comprarnos todas las guías del mundo (no eran muchas las disponibles) y tener un poquito más de previsión, y el resto del viaje estuvo mejor (no es que la experiencia mercería fuera tan horrible, conocimos la “verdadera realidad mexicana”, pero mejor no repetirla), y transcurrió sin ninguna sorpresa desagradable digna de mención.
Pues eso, que Oaxaca nos encantó. No recuerdo qué famoso escritor la llamó “la ciudad de jade”, y con toda razón. Lo que más sorprende de Oaxaca es que está plagada de edificios históricos de piedra verde, de tonalidad pastel, ya que se construyeron a partir de unas canteras cercanas cuyas piedras tenían ese color. En las fotos se aprecia mucho menos que en la realidad. El suelo de muchas calles también está cubierto de este material. Tiene un algo especial, único.
El resto de edificios estaban bastantes cuidados (para lo que es México) y pintados en colores muy vivos. La ciudad, tanto por tamaño y aspecto, como por ambiente, recordaba a cualquier ciudad de provincias española, pero con el encanto de lo exótico.
Quizá por ser ciudad universitaria, se notaba una vida cultural más que aceptable. Además, había bastante inquietud social, en sentido de reivindicaciones generalizadas, aunque no se percibiera de entrada. No hay que olvidar que hace menos de un año esta ciudad sufrió una revuelta considerable. A los responsables de lo de entonces los han encarcelado, son presos políticos, y cuando estuvimos había una huelga de hambre en la plaza principal por su liberación. Donde más notamos el ambiente caldeado fue en los transportes, con los taxis luciendo pegatinas en contra del gobernador (que tiene que ser un elemento bueno) y todo el mundo hablando mal del monopolio de transportes. Visto lo visto, y hablado lo hablado, decidimos irnos a Pto. Escondid-o en un autobús de segunda clase, de los que no cogen los turistas, porque descubrimos que tardaba ¡cuatro horas menos! Aún así el viaje se ponía en casi siete horas por carretera dura de montaña. Ahí descubrimos a nuestro héroe de conductor. Quita a Fernando Alonso, que no tiene mérito ninguno. Este hombre. Se debería hacer un concurso de conductores de autobús latinoamericanos, hay auténticos maquinones, y éste ganaría.

Pero antes de eso fuimos de visita a Monte Albán. Se trata de la primera urbe construida en Mesoamérica y es una maravilla. Ahí fuimos con guía y nos enteramos de todito todo.
Recuerdo el hotel. Me gustó mucho, costaba sólo 400 pesos, unos treinta euros dos personas, y era un edificio colonial (colonial-colonial, es decir, viejo), pero nos gustó porque era austero (evitaba la decoración hortera en la que suelen caer tantos hoteles) a la par que limpio, y el patio interior (que poseían todos los edificios del centro histórico, a modo español) era precioso.
El mercado Benito Juárez me impactó, qué pena no haber hecho ninguna foto del interior, aunque incluso así resultaría difícil recoger el ambiente que allí había. Quita tú cualquier zoco árabe, y auténtico auténtico. Estaba lleno de montones de cosas que yo no sabía lo que eran y de gente, barullo, vida en definitiva. Tras él se encontraba el mercado de comidas elaboradas y más allá el de artesanías, con los mejores precios del estado en alebrijes, tapetes, ropa tradicional y cerámica negra.
Oaxaca nos encantó tanto que decidimos pasar un día más allí a la vuelta y así poder comprar algunas artesanías.
Para el camino hasta Pto. Escondid o hicimos acopio de Biodramina y la verdad es que dormimos casi todo el viaje. Esta vez viajamos de día y llegamos al destino a la hora de comer. Buscamos hotel y encontramos uno que estaba muy bien, muy mono, no demasiado caro, en plena calle principal, aunque luego descubrimos que era un poco ruidoso y de ahí el precio, pero no nos importó demasiado. Este pueblo, no muy grande, es bastante turístico, con las típicas tiendas de souvenirs, camisetas, toallas y flotadores de pato, aunque aún no está masificado de la forma que conocemos España o como lo puede estar la zona de Cancún. Lo bueno es que pillamos temporada baja (en México las vacaciones son como en España) y la temporada de lluvias es de mayo a septiembre, por lo que viajamos en la época ideal, además de ser la buena del marisco. Nos dedicamos a turistear, a comer, principalmente, y nos fuimos a dormir pronto.
A la mañana siguiente, muy muy temprano, de noche aún, tal y como nos había aconsejado la de Información, nos dirigimos a la laguna. “Un viaje un poco loco” lo llamó. En este punto tengo que decir que la dos señoras que nos atendieron en Información Turística, tanto en Pto. como en Oaxaca, eran excelentes, de lo mejor que me he tropezado, aprender deberíamos de ellas, y no esos niños en prácticas que nos encontramos aquí a veces, claro que ése es otro tema.
La Laguna, que estaba a unos sesenta kilómetros, merece un capítulo aparte.

Cuesta trabajo no idealizarlo.
Había que coger (agarrar, por supuesto) un minibús y luego un taxi. Bueno, allí llaman colectivo a todo. Una vez llegadas a un pueblo de pescadores había que tomar, negociaciones mediante, una lancha que tras unos cuarenta minutos, a través de una preciosa laguna de agua salada rodeada de mangles, nos llevaría hasta el pueblo en el que nos íbamos a quedar, ya en la playa.
Continuaban las negociaciones. Allí puedes dormir en una choza, por un precio irrisorio, o acampar en el terreno de alguien, por un precio más irrisorio todavía. Nosotras decidimos acampar, y a pesar de que nos habían recomendado a algunas personas, al final optamos por quedarnos en el “porche” (de arena, primera línea de playa) de Doña Mode (Modesta).
De este lugar sorprende que la población es afromestiza, bastante diferente a otras zonas del estado, de hecho lo llaman “África en América”. Bueno, pronto nos dimos cuenta de que aquello era más bien una mini Jamaica de unos quinientos habitantes: nada más llegar y acampar nos ofrecieron pescado frito, y de postre, marihuana. Así, gratis, como gesto de hospitalidad. Vinieron a fumar los viejos del pueblo, supongo que llamados por la novedad. Allí fumaba todo el mundo, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, y nosotras fumamos gratis todos los días de nuestra estancia. La música que se escuchaba era sobre todo la cumbia, pero también el reggae.

No sería la única comida que nos ofrecerían. La verdad es que no paramos de comer en todo el tiempo que estuvimos allí. Solía ser pescado que Doña Mode amablemente se encargaba de cocinarnos (frito, en sopa…), siempre muy picante, pero también quesadillas, y ostras. Desayunábamos coco que también nos regalaron (no lo hacían con todo el mundo). Se notaba que les habíamos caído en gracia, porque había otros habitantes de fuera (cuatro o cinco, de la capital y unos argentinos) pero no eran tan amables con ellos.
Doña Mode era todo un personaje: cincuenta y tantos o sesenta años, malhablada, muchas veces malhumorada (aunque parecía que todo el mundo la quería), con tatuajes en los brazos, se pasaba el día en la hamaca, fumando marihuana y viendo telenovelas (y, oh, drama cuando se desintonizaba la tele, cosa que solía ocurrir con relativa frecuencia). Daba un poco de miedo a todo el mundo, pero a nosotras nos trató fenomenalmente bien. Por ejemplo, llegaba la pareja de mexicanos y le pedían que si podía cocinarles un pescado y ella: “No”. Así, seco, sin más explicaciones. Nosotras flipando mientras nos comíamos el pescado que nos acababa de preparar. O alguien, que si le podía dar agua, y ella: “No”. La verdad es que el agua escaseaba, diría que incluso más que la cerveza, y en alguna ocasión le tuvimos que dar a Doña Mode agua de nuestra botella. A veces Doña Mode no tenía limones, o tortillas, y vivía del pescado que le regalaban y de trapichear un poco con marihuana y con cervezas, que revendía un poco más caras, porque ella tenía ¡nevera!, con candado, por supuesto.
Allí no es que vivan al día, viven al momento. Las conversaciones eran del tipo “me debes quince pesos”, “toma estos diez pesos”, “cuesta cinco pesos” (diez pesos son unos setenta céntimos de euro).
Lo bueno es que allí la comida nunca falta porque la laguna es riquísima en pesca. De hecho, estas personas, con estas carencias materiales, consideran, por ejemplo, que comerse un pescado que tenga más de seis horas es una guarrería porque ya no está fresco “y no sabe igual”, ni siquiera conservado en frigorífico.
Y felices viven, eso se nota nada más llegar, todo el día tirados en las tumbonas, o haciendo surf los jóvenes, “tableando”.
Por la tarde, comprándole unas ostras (a buen precio gracias a Doña Mode), conocimos a Honorio, que se convertiría en nuestro guía. Por unos ocho euros nos llevó de excursión, en lancha, durante varias horas, por las salinas, aprovechando la marea baja y que iba a atardecer. También venía Héctor, llamado “el General”, un señor mayor al que todos le tenían cierto respeto.
Aquello es ESPECTACULAR, sólo tenéis que ver las fotos, cualquier cosa que diga se queda corta, y las sensaciones de paz y libertad infinitas.
Compramos pescado, baratísimo, a una familia de otra lancha, y pensamos en regalarle uno a Doña Mode. Ella, encantada y agradecida, nos cocinó gratis el resto de nuestra estancia. También pescamos ostras con Honorio y nos las fuimos comiendo durante el trayecto. Las ostras se crían en abundancia en las ramas de los mangles, las que penetran en el agua, junto con mejillones, y no hay más que arrancarlas con un cuchillo. También hay berberechos, pero curiosamente allí nadie los come, no les gustan.
A Honorio le caímos muy bien y nos propuso irnos al día siguiente de pesca, ya sin cobrarnos, como amigos. Nosotras encantadas, aunque no nos hubiera importado pagarle.
Llegamos anocheciendo, y por desgracia, en el transcurso de ir desde donde nos dejaba la lancha hasta nuestra tienda, donde teníamos la crema repelente de mosquitos, nos picaron muchos, lo que nos amargó un poco la estancia, pero fue llevadero. Sí había luz eléctrica, una o dos bombillas por casa.
Al día siguiente, quedamos con Honorio para ir a pescar. También vendría con nosotras su amigo Ricardo.
Doña Mode, entre charla y charla, nos puso al día de los cotilleos del pueblo. Para empezar aquello no era tan idílico como parecía, porque además de contarnos historias un tanto truculentas descubrimos que algunos estaban peleados con otros.
Nos contó, por ejemplo, que Ricardo acababa de salir de la cárcel después de unos días por una falsa acusación de violación por parte de una pija de la capital. La verdad es que conociendo los detalles de la historia y al hombre en cuestión nos la creímos. Íbamos un poco temerosas por nuestra seguridad allí y resulta que los que tenían miedo de los de fuera eran ellos. También nos contó la tremenda historia de cómo se había hecho Honorio la cicatriz que le abarcaba desde el cuello hasta la boca, tan sólo unos meses atrás. Resulta que Honorio,
muy buenecito, tímido e inocentón, de unos veinte años, que todavía vivía con los padres, era gay y en una visita a su hermana, en Tijuana, conoció a un estadounidense negro (lo de que fuese negro negro les llamaba mucho la atención) que quedó prendado de él. El tipo este, completamente obsesionado, fue tras Honorio hasta el pueblo de la laguna y le propuso irse a vivir con él a EEUU, pero Honorio no quería y el tipo este, en un arrebato “mío o de nadie” partió una botella y con el casco fue a rajarle el cuello, directo a la yugular, pero Honorio afortunadamente sobrevivió. Al tipo lo metieron en la cárcel y poco después EEUU pidió su extradición. Ahora está en una cárcel de EEUU y Honorio con una cicatriz de por vida que me temo que lo tiene amargado. Las historias de la gente de los lugares.
Dormimos en nuestra tienda, divinamente, y nos despertamos con la luz del día.
Me hizo gracia Doña Mode. La noche anterior, viernes, había estado dándole al tequila en el bar del pueblo y andaba con una resaca de caballo. Le di una pastilla de ibuprofeno y se quedó maravillada. Amiga… Antes de irme le regalé la caja.
Ese día estuvo muy bien, salimos en canoa con Honorio y Ricardo. Las lanchas a motor sólo las usan con los turistas, ellos usan canoa, para ahorrar combustible. Pescaron básicamente ellos, no voy a mentir, pero decían que les habíamos traído suerte, porque llevaban días buscando unas conchas que se llaman “callos de hach a” y por fin dieron con un filón. Éstas nunca las venden vivas, porque lo valioso es la concha, que usan en artesanía, por lo que nunca acaban en restaurantes, se las comen ellos. Como nosotras nunca las habíamos probado nos invitaron a comerlas después, así que nos podemos considerar afortunadas de que probamos una delicatesen rarísima. Después de pescar subimos al faro, desde donde había unas vistas increíbles. Ya anochecido, los invitamos a unas cervezas y ellos a nosotras a unas tapas de ostras, conchas-nácar y callos de hach a, y todos tan felices.

De entre todas las cosas que nos contaron me llamó la atención especialmente una: cada comunidad se organiza a su manera y ellos estaban organizados de tal manera que todo lo que pescaban, y no fueran a comer, se lo compraba automáticamente la comunidad, por lo que ellos no tenían que preocuparse en venderlo. Todos estaban muy contentos con esta organización.

Con un poco de pena, aunque sintiéndonos afortunadas por haberlo vivido, nos despedimos de toda esta gente tan amable preguntándonos si nos quedaríamos a vivir ahí toda la vida y respondiéndonos que por un lado sí (aunque con wc y ducha propias, decíamos, porque ahí eran compartidos por un montón de casas, -pese a lo cual, y la falta de agua durante algunas horas, se mantenían razonablemente limpios-).

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Regresamos a Pto. Escondid o y nos dedicamos un día a hacer, de manera improvisada, lo que llamamos “chiringuiting”, que consiste en tomarse una cerveza y una tapa en cada chiringuito del pueblo que se nos fue ocurriendo. Acabamos de noche. Al día siguiente, alquilamos un coche y fuimos por un montón de playas maravillosas que hay a lo largo de la costa oaxaqueña. Acabamos en Huatulco, que no nos gustó nada, porque eso sí que era masificado en plan España y cadenas hoteleras. Al día siguiente regresamos a Oaxaca (otro palizón), pasamos el día allí, de compras, o más bien de paseo y de ruta gastronómica, como acostumbramos. Esa noche vimos un eclipse total de luna. Tuvo su magia.

Después México DF otra vez y Teotihuacán, espectacular. Teotihuacan está a unos cincuenta kilómetros del centro y durante esa ruta se pueden observar los millones de casas en cemento visto que conforman esa ciudad tan imponente y dura que es México DF.
Y hotel bueno otra vez y volver. Y paliza de avión y jetlag y ya no estar ahí.

Me ratifico: fueron unos días muy felices.

— canción para amenizarnos —

Se dice que hay ocasiones en que la realidad supera a la ficción. La historia que voy a contar a continuación (larga, nada del otro mundo), trata simplemente de un caso extremo, de película, uno de ésos que no crees posible que ocurra tan fácilmente, y menos un día cualquiera, en una aventura controlada.

¿Os acordáis de aquel año en que Granada iba a albergar el Campeonato del Mundo de Esquí y fue el único año que no nevó?
Pues en realidad sí nevó, un día, y fue el día en que yo acampaba en la sierra.
Claro, como no nevaba, no nevaba, no íbamos preparados, y a pesar de los años, y mis no pocas aventuras, correrías y situaciones precarias, que las he tenido, ése sigue constando en mi currículum como el día que pasé más frío de toda mi vida.
Qué malo es el frío, sobre todo cuando se quiere dormir.

Resumiré, porque es largo, no conocéis a los protagonistas y han pasado ya unos cuantos añitos.

Resulta que decidimos ir de excursión un grupo de unas quince personas, amigos de la universidad. El plan original era caminata de ocho horas, acampada y vuelta al día siguiente. Entre los excursionistas se encontraban dos o tres montañeros casi profesionales, que trabajaban en campamentos de verano en la sierra y se conocían todas las rutas. Se suponía que nuestra meta era llegar hasta un refugio, pero no nos quedaríamos a dormir en él porque era muy pequeño y nosotros demasiadas personas, por lo que llevábamos dos tiendas de campaña grandes.
La caminata en sí misma tenía su enjundia, sobre todo para los que no estábamos acostumbrados y éramos fumadores, pero la aguanté como una campeona y, de hecho, me llamaban “el equipo revelación” (qué cabrones, pensaban que les iba a fastidiar la excursión), aunque tengo que reconocer, aquí entre nosotros, y muchos años después, que lo pasé un poquillo mal.

Cuando nos faltaban un par de horas por llegar, retrasados sobre el horario previsto, cómo no, (pero no por mi culpa, conste), al llegar a un alto, comenzó una fina nevada, preciosa, porque se apreciaban las diferentes formaciones de cristales perfectamente. Todos “ohhh, qué boniiiito”. Sí sí, qué bonito.
Ya en ese momento hubo algún avispado que propuso volver atrás, pero era una locura, nos hubiera pillado la noche con toda seguridad, y en realidad, en el fondo, también teníamos muchas ganas de la experiencia, había costado juntarnos a todos y ponernos de acuerdo, y apetecía la noche de hoguera. En cualquier caso, la nevada pareció cesar.

Lo que muchos no sabíamos era que la última parte del trayecto iba a ser la más dura, no sólo porque a esas alturas (nunca mejor dicho) estábamos bastante cansados, sino porque el camino se estrechaba hasta convertirse en un sendero de unos escasos treinta centímetros de anchura, con caída de decenas de metros a un lado, y había que permanecer en fila india y coordinar con precisión el avance en grupo.

Alcanzamos el refugio al anochecer, muy cansados todos, y todavía quedaba la labor de plantar las tiendas y buscar leña.

En el refugio había una pareja que recibió horrorizada nuestra llegada y, sin mediar palabra, ni responder a nuestros saludos, se largó de allí. No nos dieron tiempo ni a decirles que no nos quedaríamos en el refugio, que llevábamos nuestras propias tiendas. Nunca supimos a dónde fueron, porque estábamos muy lejos no sólo de cualquier lugar habitado, sino a horas de cualquier otro sitio donde se pudiera pasar la noche en condiciones medianamente seguras, incluso si llevabas tienda.

Bueno, volvamos a la operación instalación de tiendas. Ya en ese momento surgieron las primeras discrepancias. Por un lado, había un grupo que opinaba que había que instalar las tiendas al lado del refugio, ya que éste serviría de cortavientos y así haría menos frío. Por otro lado, se formó otro grupo, con el que yo estaba de acuerdo, que sostenía que al lado del refugio el terreno era demasiado abrupto y las piedras harían que fuese incómodo a la hora de dormir, por lo que era más conveniente instalarla en un pequeño alto situado a una mayor distancia de allí. Todo hay que decirlo, al primer grupo pertenecían los más “expertos”, y al segundo los “cafres”, pero la segunda tienda iba a estar más animada sin duda.

La que en un principio parecía una discusión técnica y amable terminó por agriarse, supongo que en gran parte fruto del cansancio todos teníamos, y los grupos se separaron de forma menos amistosa de lo deseable, formándose corrillos de critiqueo.

Tardamos mucho más de lo esperado en montar las tiendas, sobre todo mi grupo, y nos fue muy difícil encontrar leña, porque era de noche y por aquel lugar tampoco abundaba. Finalmente, conseguimos hacer un fuego medianamente decente al lado del refugio, cenar y montar la típica reunión de licor y guitarra.

Antes de lo que en principio hubiésemos imaginado, nos fuimos a dormir. Ahí surgió un problema grave: no había suficientes aislantes. Esto era debido a que algunos directamente no habían traído porque era gente que apenas acampaba y no tenían el equipo completo o habían pedido sacos prestados, y también porque, en una confusión, en la tienda de los “preparados” se habían quedado con algún aislante nuestro, pero eso lo descubriríamos al día siguiente.
Total, que hubo que repartir los pocos aislantes de los que disponíamos entre todos los sacos, con lo que cabíamos a medio aislante por personas, eso con suerte, porque hay que considerar el reajuste de los movimientos una vez dentro. Para mayor dificultad, la tienda se nos quedaba pequeña, porque en la pelea que había ocurrido con anterioridad la distribución de grupos no había sido exactamente numérica, sino más bien por afinidad, de tal manera que en nuestra tienda sobraban un o dos personas mientras que en la otra estaban más holgados, pero nadie quería ser el que se fuera a la otra tienda.

Describiré mi posición: incrustada en un lateral de la tienda (canadiense, es decir, de pico, no iglú, con lo que el lateral formaba un ángulo de unos cuarenta y cinco grados), con el plástico cubriéndome la cara en su mayor parte, y al otro lado las rodillas de… Pedro (que era el que me caía peor de la tienda con diferencia). No había manera de encontrar una postura medianamente cómoda. Imposible. Cuando no era el uno que se movía, era el otro que se levantaba a mear, con la consiguiente reacción en cadena de todos los ocupantes de la tienda. Y hablar, y risas, y “échate para allá, por favor, que me estás clavando el codo/pillando el pelo/aplastando el brazo”. Y de pronto, “qué frío”. Cada vez hacía más frío, además de que se nos estaba pasando el efecto del licorcillo que hubiéramos podido tomar. La falta de aislantes se dejaba notar, además de que muchos sacos no eran precisamente para “alta montaña”. Yo me enzarcé en un forcejeo particular con Pedro, y aquello estaba empezando a llegar al nivel de la mala hostia. Qué pesadilla, cada vez había menos risas y hacía más frío. Ni aún estando apiñados se calentaba aquello.
Pasaban las horas y yo no me podía dormir de puro frío, de frío mortal, ni por todo lo cansada que estaba después de la caminata. Frío en la cara, en los pies, en los costados. Me tenía que dar la vuelta cada diez minutos porque toda la parte del cuerpo que estaba en contacto con el suelo se me quedaba congelada. Así una hora, y otra. Alguna gente, los menos, habían conseguido conciliar el sueño. El resto se esforzaba en ello, pero cada cierto tiempo se oía susurrar: “qué frío”, “¿tú puedes dormir?”, “estoy congelado”, y reestructuraciones de saco y resoplidos.

En un momento en que alguien volvió de fuera oí decir que estaba nevando, pero ya no sabía si era sueño o realidad.

Al final, conseguí dormir una hora o así, calculo, pero puedo afirmar que, a pesar del tiempo que ha pasado, ésa fue la noche que más frío he pasado en toda mi vida.

Por la mañana, nos levantamos temprano, todos a la vez. “Ha nevado”, “ha nevado”, se oía decir, unos con mayor tono de preocupación que otros.

Al principio no capté la gravedad del asunto. Empecé a darme cuenta cuando fui a coger mis botas, en la entrada, fuera de la tienda, desesperada como estaba por irme tras un arbusto porque no me había sentido capaz de salir en toda la noche.
Yo pensaba que habría nevado… un poquito. No aquello. Mis botas estaban enterradas bajo cincuenta centímetros de nieve. Ni las encontraba. Salía una bota de uno, otra de otro… La tienda estaba asimismo rodeada de cincuenta centímetros de nieve, por lo que las paredes, alrededor de la parte donde descansábamos, estaban literalmente cubiertas de nieve. Con razón, aquello no era normal.
Las botas ni siquiera mojadas, congeladas. Las mías y las de todos.
De las dos tiendas comenzó a salir gente que miraba a su alrededor como si estuviesen en otro planeta, y poco a poco, uno detrás de otro fuimos concientes de todos los problemas que aquella situación, en principio pintoresca, acarreaba.

Dos de los montañeros expertos (los expertos de verdad) fueron a echar un vistazo al camino: era imposible volver, el sendero no se distinguía bajo la nieve, y durante casi un kilómetro tenía una caída de decenas de metros. Era peligrosísimo intentarlo, un suicidio.

-“¿Alguien sabe dónde estamos?
No, por increíble que parezca, tras una rápida encuesta entre todos los presentes, nadie del exterior sabía dónde estábamos. Algunos familiares y amigos sabían que habíamos ido de excursión a la sierra, pero ninguno el lugar exacto. Al ser un grupo tan grande a nadie se le había ocurrido que pudiera pasar algo, o habían delegado la responsabilidad en otros que a su vez habían hecho lo mismo. Además, nadie podía prever que iba a nevar, las noticias no lo mencionaron, y menos de aquella manera.

Los montañeros expertos dijeron que como el día se había levantado despejado era posible que parte de la nieve se derritiese a lo largo del día y dejase ver esa primera parte del sendero, que era la más peligrosa, porque la de más adelante era más fácil. Sin embargo, aunque hacía sol, también mucho frío y no parecía que la nieve se fuese a derretir. Además, había un temor añadido, y era que a lo largo del sendero la nieve se convirtiese en hielo si tardábamos mucho en salir.

Nos reunimos en el terreno de nadie que había entre las dos tiendas para discutir la situación. Había que decidir si volver o no, inmediatamente. Si lo volvíamos habría que ir retirando la nieve con matas y palos e ir avanzando poco a poco, y no sabíamos cómo estaba el resto del camino, sólo hasta donde nos alcanzaba la vista, no teníamos ni idea de lo que nos podíamos encontrar más adelante, ni si habría algún punto en el que no se podría seguir una vez metidos en faena y tener que volver atrás. Estaba chungo, chungo, chungo.

La prudencia aconsejaba quedarnos y esperar a que la nieve o el hielo desapareciesen.
Sin embargo, había un problema grave: no teníamos leña, la poca que se pudiera encontrar estaba mojada y además era peligroso estar andando de un lado a otro a más de treinta metros del refugio porque la nieve lo cubría todo y te podías caer por cualquier barranco. Y esperar, con ese frío y todo nevado, a casi tres mil metros de altura, sin ropas adecuadas ni fuego, no era ninguna tontería.

Había otro problema, este de aparente menor importancia, y era que no teníamos muchos alimentos. El viaje estaba en principio planeado para acabar unas horas después, no para estar un día más en la montaña. Un día o los que fuesen.

Otro temor más, si nos quedábamos esperando, era que el tiempo volviese a empeorar (aunque en principio no pareciese que eso fuera a ocurrir), nevase de nuevo y el problema se agravara aún más.

Llegados a este punto, tomada conciencia por parte de todos de la situación, se desató la crisis, y los nervios. Las “niñas pavas” de la tienda de los “expertos” se pusieron a llorar. De hecho, las únicas que no lloramos fuimos mi compañera de piso y yo. Flipadita me quedé. Bueno, y E., que no lloró en ese momento pero lo haría posteriormente, por una pelea que tuvo con su novio, motivada también sin duda por las malas condiciones ambientales.
Lloros, lamentos, soluciones absurdas, ataques de risa histérica, algún “vamos a morir” sincero, de todo se oyó en aquel momento.
Uno decía que tenía que volver porque tenía que sacar el contenedor de la basura de la comunidad y que si no lo hacía lo iban a matar/despedir, y que necesitaba el dinero. Se nos fue media conversión en discutir sobre la importancia de sacar el contenedor de la basura, y en convencer al chaval de que lo olvidara y que su vida era más valiosa que aquel dinero.

Se hizo una votación para saber quiénes querían volver. Sólo dos personas, de las que mejores equipos llevaban, decidieron volver (el chaval de la basura era uno de ellos, el otro uno de los montañeros expertos). Quedamos en que si los demás no habíamos vuelto al día siguiente llamarían a la guardia civil.
Los despedimos, lloros y lamentos de nuevo, como si se fueran a la guerra, o nuestras vidas dependiesen de ellos. Bueno, en realidad era un poco así.

A pesar de todo esto las divisiones internas continuaron. Algunos del grupo de mi tienda consideramos que se le estaba dando un dramatismo excesivo a la situación, y los de la otra tienda nos empezaron a mirar mal, como si fuésemos unos irresponsables, y a cuchichear y tomar decisiones entre ellos sin tenernos en cuenta.

De alguna manera, conseguimos ponernos de acuerdo en crear un grupo que iría a buscar leña, con mucho cuidado, para que se fuera secando y poder hacer fuego, mientras otros limpiábamos de nieve los alrededores de las tiendas para no matarnos y para que cuando llegase la noche no estuviesen tan frías.
Otra decisión que se tomó, con la que nunca estuve de acuerdo por exagerada, fue la de reunir todos los alimentos de los que disponíamos en un solo montón. Luego se descubrió que alguna gente había escondidos alimentos, “uy, no me había dado cuenta que de que tenía esa tableta de chocolate en el bolsillo de la mochila”…
Pasamos el día de más mal rollo que bueno, sobre todo los de la otra tienda.
Hubo pelea también porque algunos de los que habían ido a por leña consideraban poco menos que habían arriesgado su vida por los demás, por lo que los teníamos casi que servir el resto del día.

En fin, la naturaleza humana, que es como es, en todo su esplendor.

Al llegar la noche, algunos consideraron la posibilidad de dormir en el refugio, yo misma me lo planteé, pero como todos no cabíamos, y por no pelearnos más, se decidió que nadie dormiría allí.
Entre los mismos grupos hubo disensiones, algunos de una tienda (los que habían dormido con piedras bajo la tienda) se fueron a la otra y viceversa (los que habían pasado mucho frío, -aunque no sabían que casi todos habían pasado el mismo frío-). Continuó la discusión del día anterior, “ésta tienda es mejor que la otra”, “la vuestra la habéis colocado fatal”, “ a ver la vuestra”, blablabla.
La segunda noche pasamos menos frío porque pudimos prepararlo todo mejor.

Al día siguiente el cielo se levantó despejado, pero volvieron diciendo que el camino se había helado.
Había que hacer una reunión de nuevo y decidir si irnos o quedarnos. Si nos quedábamos, los que se fueron el día anterior llamarían a la guardia civil, como tenían encargado, con lo cual sería un follón, y a esas alturas ya todos estábamos más que hartos de dormir en esas condiciones, además de que no quedaba mucha comida, por lo que decidimos intentarlo y emprender el camino de vuelta.

Era muy peligroso, y cada vez que lo recuerdo pienso que podría haber pasado una desgracia, pero lo hecho, hecho está. El problema era la gente que no tenía botas adecuadas, entre las que me encontraba. Cuando digo hielo, era hielo, capas de uno y dos dedos de grosor, caída al vacío si te resbalabas. Además, llevábamos peso encima, las mochilas, los sacos y demás. Los que llevaban zapatos adecuados cargaron con las cosas de los que no. Se perdieron un par de sacos por el camino. Por supuesto, lo que se caía pasábamos de recuperarlo.
En una ocasión estuve a punto, a punto, a punto de no contarlo, y pocas veces he sentido más alivio que cuando dejamos atrás el sendero maldito. El resto del camino fue mucho más fácil, o así nos lo pareció, aunque sólo fuera en comparación.

Y así quedó, por fin, como una anécdota para contar, como acabo de hacer. Espero no haberos aburrido mucho, que larga era.