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Como debe ser, a estas horas (semiborracha) y Johnny Cash de fondo (“Ain´t no grave”).
He dudado, y dudo, si cerrar todo esto y borrarlo. Cosas que pasan. Y poner, de título, “este blog se autodestruirá en … segundos, días…”. Como el Superagente 86. Cosas que pasan.
Me siento tan bien en Madrid….
Por fin. Llegué, con el estrés de la muerte, sin saberlo. Dormí, y me desperté. Y me sentía tan bien…
Tengo planes de ser madre. Igual no sale. Por suerte no soy de ésas obsesionadas. Si sale, bien, si no tampoco me voy a morir, otras cosas ganaré.
Pero claro, si soy madre se me cortará este rollo trasnochador y bohemio.
He vivido, he vivido tanto como para morirme satisfecha en este mismo momento. Pero quiero apurar. Hoy, el “Escape”, histórico bar de bolleras, un martes. Nada del otro mundo,  sólo un rato agradable.
Cerveza, whisky (me ha dado otra vez por ahí, recuerdo de viejos tiempos), y ron, comodín y lo más aceptable que había en casa, mientras escribo esto.
Sí, éste es mi blog, y como se dice por ahí “me lo follo cuando quiero” o “escribo lo que me parece”. (Estoy envalentonada, igual mañana lo cierro).
Yo creo que a Gurb le gustaría esta canción, y entendería mi estado de ánimo. Igual no mi actitud, la presión de cerrar esto, o igual sí.
Y Nay, que me despidió antes del taxi, hace media hora, y todos, que el blog ha sido mi vida, y C. (“Satisfied mind”).
Voy a tener que ir al baño.
Sí, hermanita de mi vida, lectora inesperada de mi blog, no sólo hablo de “lesbianismo y cocaína”, sino de todo lo que me va pareciendo. Es la vida (sé la ví).
Me dan tres días, tres, después de dos meses y medio de levantarme a las 7-8 de la mañana y vuelvo a las andadas: nocturna perdida, pero perdida perdida, no tengo remedio. (Dicen que un niño te da la noche: ¡bah…!).
Quiero una noche, de verano, ahora o mejor más tarde, en Estepona, Cataluña o Portugal, en la playa o cerca, con la gente de este blog, de vino y rosas, de vino y noche larga, de hablar y música de fondo, de hablar y disfrutar. Quiero. Lo haremos, ¿verdad?
Y quiero, y tengo, que agotar los tiempos, de aquí a entonces, de aquí a dentro de nada. Y bailar: el viernes voy al klubbers no sé qué, a klubbers.com (Faithless), y follar, y comer y beber, y no sé qué, y nada, como he hecho siempre, agotar los tiempos.
Y de todas formas da igual. Tengo una edad. La juventud no se puede prolongar. Sí la ilusión de vivir. Eso no acabará.
Una noche de verano, de hablar y amar. En el Mediterráneo, contigo, tú.
Me dice Nay que yo, antes (hace tres años -y siempre, añado yo-), era más ansiosa, impulsiva y ciclotímica, y es verdad. No entro en detalles, pero estoy mejor, sorprendentemente, para lo que nunca se pudo esperar de mí.
El post que se quedó en un puf.
Mañana quiero ir a charlar, a contarnos las vidas, el jueves a ver exposiciones y filosofar, el viernes a bailar, el sábado puede que eche de menos a C. pero me aguante, el domingo no querré pensar y me aferraré a lo que surja, el lunes a duras penas asumiré unos pocos compromisos, el martes decidiré qué hacer. El miércoles vete tú a saber.
Me encantaría, no sé, que todo fuera… no sé.

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Ya sé que un rollo contarle tus sueños (los que tienes cuando duermes) a los demás, porque es algo que generalmente sólo le sorprende/interesa a uno mismo. Pero en esta ocasión, y aprovechando que tengo blog, me voy a expandir. Hacía mucho tiempo que no tenía pesadillas; es más, apenas recordaba mis sueños, pero últimamente llevo una racha nada despreciable. Esta noche he tenido una, y me despertado una hora antes de lo que marcaba mi despertador. Ya no me puedo volver a dormir y, para lo que queda, he decidido bajar y escribir lo que he soñado, porque estoy flipando todavía. Ha sido un sueño larguísimo, de los más largos que he tenido nunca, por lo que ni siquiera voy a contarlo con detenimiento, aunque recuerdo detalles increíbles. Voy a resumirlo:

Yo me despierto, en el sueño, en una especie de instalación militar, de ambiente carcelario, aunque noto enseguida que no estoy presa, sino que se trata más bien de un orfanato. Hay más gente en mi misma situación. Estamos formando dos filas hacia delante. Viene alguien con autoridad y nos dice que nos tenemos que cambiar de ropa, la cual nos proporcionan, y que nos ayude a vestirnos la persona que tenemos al lado. Yo no entiendo nada, ni recuerdo cómo he llegado allí. Una vez que nos hemos hemos vestido, esa persona nos empieza a contar algo extraño sin pies ni cabeza. Al rato empiezo a entender, y me cuesta creerlo. Por lo visto, ha caído una bomba nuclear (pero no lo dice exactamente con esas palabras, por lo que encuentro difícil comprenderlo) y somos afectados. Sobrentiendo que yo me desmayaría en el momento, por eso no recuerdo nada, y me alegro de estar viva, pero me preocupa un poco mi salud. Entre tanta gente no encuentro a nadie a quien preguntar, pero se acerca un chico que fue compañero mío en el colegio, Eric [!, ni siquiera era tan amigo mío, pero hace meses lo volví a ver], que de casualidad trabaja allí, y me dice cosas de manera muy enigmática, especie de dobles sentidos, y al final me dice, al comprobar mi confusión, que no me preocupe que lo ha comprobado y todos los míos están bien, excepto Malayerba, de quien no saben nada y estaban esperando a ver si yo tenía su teléfono. Yo me sorprendo mucho y le pregunto temerosa si en Cataluña ha caído una bomba también, sin terminar de comprender las dimensiones de la catástrofe, y me dice que no, pero que Malayerba estaba de vacaciones en un bloque de pisos de Algeciras [que vaya sitio cutre al que irse de vacaciones, pensándolo bien]. Me llevan a casa de mi madre, yo sigo muy confusa y sin poder dar crédito. Allí está mi hermana también. Están más serias que tristes. Me cuentan que yo me desmayé, que no sabían qué hacer y  llamaron a un familiar mío que me llevó a ese sitio. Les digo que no me he enterado muy bien, que qué es lo que ha pasado, quién ha tirado la bomba, si habían sido los… [islamistas, quería decir], y me dicen que no, que vino en un avión desde Gran Bretaña, que entró por San Roque y la tiró en Tarifa (algo de San Roque y Tarifa habían contado antes en la especie de orfanato, pero no entendía nada). Les pregunto más y me dicen más o menos lo mismo, y que ha sido una V23 [las cosas que me invento, todo por la v3 de la 2ª Guerra Mundial]. Quiero preguntar si ha muerto mucha gente pero no lo hago porque está claro que sí. Entiendo que la tele funciona y los móviles más o menos, pero que la bomba ha debido de ser más grande que las de Hiroshima y Nagasaki, aunque no de las más grandes, lo suficiente como quedar nosotras en segunda línea de afectados. Mi hermana me enseña, seria, casi sin decir nada, carne que había en la cocina y la parte que estaba en contacto con el metal está derretida de una manera extraña. Me sorprende que estemos vivas, pero intuyo que los daños es posible que sean muy serios, que todavía no lo sabemos. Mi madre vuelve a poner la tele y hay un reportaje sobre todos los turistas extranjeros que han perdido sus casas, que muchos se han tenido que ir a otros lugares, como a las playas de Croacia, donde se ha llegado a imitar el ambiente andaluz para los nostálgicos y se ve en una playa a unos croatas vestidos de flamenco bailando muy mal. Les digo que agua tenemos y mi madre dice que sí [el agua del grifo aquí no la bebemos, por lo que siempre hay garrafas grandes acumuladas]. Entonces recuerdo que en el lugar tipo orfanato no nos duchamos, sólo nos cambiamos de ropa y le digo a mi madre -Pero no nos podemos duchar. Mi madre niega lentamente con la cabeza, y en ese momento entiendo que nos debemos ir para siempre de allí y que estamos esperando que nos evacuen.

En ese momento me desperté, y tardé unos segundos en saber si había sido sólo un sueño o verdad, de tan largo, detallado e intenso como lo había vivido. Despierta completamente, y sin saber qué hacer, decidí bajar y escribir este post. No lo he hecho en mi portátil porque llevo días sin el cargador, que lo royó la perra y al final se ha terminado por romper. Estoy esperando que me llegue otro por correo. Cuando bajé, me sorprendió mucho que había entrado mucha agua por una ventana de arriba, que tiene mal la junta, y que estaba el piso de abajo medio inundado (cuando acabe el post la recojo, que ahora mismo no tengo ganas). Pero mucha mucha agua, un charco del tamaño de una habitación, y cuando estas lluvias pasadas había calado sólo hasta crear un charquito, no más, por lo que calculo que esta noche ha debido de llover brutalmente (o el viento incidir además justo en la ventana), y es posible que yo asociara unas catástrofes con otras, o no sé. Supongo que el sueño tiene que ver con mi temor o certeza de la destrucción del espacio que me rodea, junto con más movidas internas. De eso me he dado cuenta según lo escribía, por lo que me ha venido bien hacerlo. Ahora quieren pasar una carretera por la huerta. Vaya movida, otro día os cuento eso. Es algo que he decidido no pensar más, dar por hecho que no va a ser así, porque me tiene amargada y necesito seguir estando motivada, pero está claro que las cosas no son tan fáciles de guardar así como así, que por algún sitio salen.

Acaba de bajar mi hermana y dice que no sabe si ha granizado o qué pasado, que se abrió una ventana y su cama se ha mojado toda de agua (tardó en darse cuenta porque dormía en una esquina), y que si han caído ramas o qué, que pensaba que el cristal se había roto y no se atrevía a acercarse. Que el gato se acojonó y se largó. Dice que no entiende cómo no me he podido despertar con el ruido que había. También ha entrado agua por la puerta de la terraza. Ya digo que la casa esta es nueva, bien hecha (lo único que tiene mal es la junta de la ventana), y que en las anteriores lluvias, aunque a mucha gente le ha entrado agua, y ha escarbado el asfalto de las calles, no había pasado nada, por lo que ahora me pregunto qué no habrá pasado en las demás casas, y cómo estarán mis arbolitos, tan pequeños (resistieron el día que todo el mundo dice que hizo el mayor viento de los últimos años, por lo que estoy relativamente confiada -y frutos todavía no dan, por lo que si ha granizado no me afecta mucho-).

Ha debido de ser un minitornado de ésos que a veces salen del mar.

Buf, me voy a poner a hacer cosas.

Hablemos del tiempo, que es de lo que se habla cuando no se tiene qué decir. O cuando todo cansa y sólo queda el fluir del momento.

Iba yo a escribir un post hace cuatro o cinco días comentando que ya había terminado el verano. Maldición, justo entonces se batió récord de temperatura, como suele ocurrir últimamente: 38 grados y medio, y un sopor que me hizo sentir enferma, (y este lugar, apunto, nunca fue Sevilla). Aunque nada en comparación con los 43 grados de unas semanas atrás. Macorina y yo, cada una en un sofá, como perrillos exhaustos. A ocho kilómetros hacia el interior hicieron 47 grados, 34 grados a las 4 de la mañana, y a esas horas no se produce el efecto invernadero dentro de los termómetros callejeros.

Pero ya ha terminado el verano, aunque siga sin llover. Hoy se ha levantado nublado y un viento brutal, que me gusta. Ha tumbado una maceta de más cincuenta centímetros de diámetro y la ha partido. Tenía una palmera dentro que transplantaré esta tarde, si me da por ahí. Qué pena, esa maceta la compré en Granada hace años. Me costó muy muy barata, lo peor fue transportarla. La palmera la compré en Ikea Alcorcón, el año terrible, cuando huí a Madrid, y para protegerme del agobio y la contaminación del centro, convertí mi salón en un jardín/invernadero, con sus muebles de jardín, sus regaderas, su terraza y sus cortinas de cuentas verdes. La palmera, oferta del momento, medía 30 centímetros y ahora es más alta que una persona. Ahora, que revienta de cantidad de raíces, la pondré en la tierra, como a mí, para que arraigue.

Mientras escribo estas palabras escucho “La Torre del La Vela”, de 091.

(siento el ruido de fondo) ,  (¡qué años!…)

Hace falta Granada -pequeña gran ciudad- para sentir la canción como es (Torre de La Vela = Alhambra), aunque haya cosas universales (Lorca, que estás en los cielos) . Y es que ya soy de muchos sitios. Je. Me retrotrae a antes, antes del año terrible, y así por fin todo tiene continuidad. El viento hace el ruido ése, el tipo peli de miedo, pero es mediodía. Lo peor es mi madre diciendo “¿otra cerveza de “ésas” te vas a beber?“, y yo “no es tanto, una normal es así“, y señalo la mitad dando más margen del real. Es sólo cerveza, y esta mañana he trabajado bien. Decía del viento, y de la palmera que arraiga, y yo no. Porque yo no. Es mentirijilla. Ya verás dentro de dos semanas, cuando coja carretera y manta.

Ya no siento la sensación de desarraigo total de hace cuatro años. Lo quise, lo conseguí y se cumplió la maldición de los deseos cumplidos. Extraña sensación, de desasosiego y flotabilidad, de magnífica libertad.

Me dispuse a plantar. Y era fácil, o así me resultó. Ahora me resisto a lo contrario, y también es fácil. Es sólo seguir como siempre.

Que sople, que sople más, que caigan todas la macetas, los toldos, los carteles. Hay gente que no lo soporta, mi madre, por ejemplo, que es de fuera, pero yo me crié en los vientos del sur. Escribió Almudena Grandes “Los aires difíciles“, y me decepcionó. Ella sabía de la importancia, intenta plasmar la influencia en los locales, pero se pierde. No encontré en el libro lo que esperaba.

Ocurrió otro episodio, ya escribí otro post al respecto, hace años, en el blog antiguo. Veré a ver si lo puedo recuperar. Pues no lo encuentro, cómo me exasperan estas cosas. Quizá nunca lo escribí, sólo lo soñé. O lo borré, no lo descarto. Argggg, me cabrea. Se me quitan hasta las ganas de reproducirlo. No, decía del viento que corrió sobre la plaza de Chueca, de pronto, y todas supimos interpretar que era el fin de todo, el fin del año terrible.

Noticias: El Tiempo (mi abuelo sólo veía de la tele El Tiempo -él era simple, pero sabio-). Mañana: ¡Levante grande en el Estrecho! Eso, que corra, que corra el aire.

Mañana levantazo: tiembla Euskadi, que voy pa yá, tiembla Lavapiés, que te voy a cerrar.

Desciendo por el Spotify y la música me evoca otra noche de verano: el paisaje más desértico, un pueblo costero de cuestas imposibles, porros y copas en los callejones… Besos furtivos, el coche… y pasar del cielo al infierno en diez segundos. Los objetos pesaban más y yo nunca me había sentido tan utilizada. El volante, la radio con sus luces azules, los ojos inaccesibles, y me dice “me gusta esta canción”, y yo respondí, estúpidamente, enojada, “esta canción siempre fue muy bonita”. La oimos y se fue. Y sólo me quedó aquel cielo enorme, tan estrellado que daba rabia, la radio y el volante inútil, el salpicadero gris y las ganas de morirme.

Nada que ver con aquella otra noche… también en verano, en verano sería puesto que nos bañábamos desnudas en la playa, ¿cuándo fue? Cómo falla y traiciona la memoria… Lo típico, a la luz de la luna llena, perfecto todo, pero empezó a hacer frío y salimos del agua. Y entonces va y me dice la tía: “¿dónde está la parte de arriba de mi bikini?”, “pues no sé”, “¿dónde la dejé?”, “no sé, tú sabrás”, “pues de aquí no nos vamos hasta que no la encontremos, que es nuevo el bikini”. Quince minutos o más tardamos, medio borrachas, en encontrar el bikini. Vaya manera de joder el momento romántico. Y luego a dormir en el coche, por algo estábamos en el quinto pino y habíamos bebido. E intentamos colocar los asientos abatibles como cama, tal y como indicaban las instrucciones del manual, pero de noche y en aquel estado no había manera, de pronto tropezabas en la arena con trozos de tu propio coche. Desistimos y dormimos a la manera tradicional, es decir, mal.

Y una vez más juré no volver a dormir en el coche, pero seguí sin cumplirlo.

Y la vez del terremoto… En el paisaje más desértico, pero con otras. Decidimos dormir en el suelo, pero hubo un terremoto. Un terremoto, cuando duermes directamente en el suelo, es una experiencia, a nosotras nos supo a punto 8 en la escala Richter. Alguien gritó, seguramente a kilómetros, pero en el paisaje desértico y con la noche tan quieta sonó al lado. A una le dio miedo y decidió por todas que había que dormir en el coche ya que existía el riesgo de que nos violaran (!). Qué calor, qué infierno…

Y la vez de los gatos… El “gomina&go”. Salimos a la playa, en la bolsa un bote de gomina como único producto cosmético. Ese día no volvimos a casa. Acabamos en un pequeño pueblo de interior de otra provincia, en la discoteca con los bikinis y los vestidillos. ¡Cuánto ligamos! Sin dinero, había que dormir en el coche. Como no conocíamos el lugar decidimos quedarnos en la plaza del pueblo, por seguridad y, sobre todo, porque tras tanta invitación habíamos acabado borrachas como cubas, y éramos incapaces de mover el coche siquiera unos metros más allá. Unos cinco minutos después de habernos instalado descubrimos que estábamos justo debajo de una farola. Pero una farola que deslumbraba tanto que era imposible conciliar el sueño. A mi acompañante entonces se le ocurrió utilizar las partes de arriba del bikini a modo de antifaz. Un cuadro. Aún así, allí no se podía estar, así que transcurrido un rato, saqué fuerzas de flaqueza y desplacé el coche unos diez metros, más no pude. A los cinco minutos, aproximadamente, descubrimos que habíamos aparcado al lado de un contenedor de basura y que los gatos nos empezaba a invadir, a saltar y subirse por el capó, y a pasearse por él descaradamente. Yo dije que ya no movía más el coche, que así se quedaba, me puse el bikini de antifaz porque seguía habiendo bastante luz y me dormí. A la mañana siguiente nos despertamos más o menos a la vez. Para nuestra sorpresa, el coche ya no estaba rodeado de gatos, sino de un montón de vecinos curiosos alucinados por nuestra presencia (y por nuestros curiosos antifaces). Pero mucha mucha gente, y todos nos miraban. Dijimos, al tiempo, “¡vámonos de aquí!”.
Y acabamos en una playa tan bonita como la del paisaje más desértico, otro día más. Nos duchábamos en la playa, gomina&go.

Siempre así, en mi afán por apurar los momentos.

Se me ha caducado la licencia del Word y ahora no puedo abrirlo. Era pirata, por supuesto. Podría decir que por eso no escribo posts con tanta frecuencia, pero mentiría. No escribo porque cada momento libre que encuentro me dedico a jugar a absurdos juegos de ordenador, casi todos online, sin el valor suficiente para abordar uno verdaderamente en condiciones, un juego con mayúsculas, de los que te ocupan horas y horas de tu vida, un Diablo, un Civilization, un Sims mismamente. No leo blogs ni periódicos digitales, sólo tengo ecos de las noticias, abducida por el embotamiento de agosto.

No me aguanto ni yo.
Este verano se me está haciendo tan pesado que sólo es comparable a cuando estaba en la facultad y me quedaban para septiembre. Calor, mal humor y lucha por que mi motivación pase de ser fingida a real, así se puede resumir la situación. Y una necesidad de evasión de que no tiene límites. Pereza e inutilidad.
Como no tengo el Word, utilizo, por primera vez en serio, el Pages del Mac. No está mal, tiene su aquél, debería descubrirlo, aunque ahora mismo no estoy para eso, me conformaré con salir del paso. Como todo en Mac, estéticamente es más agradecido.
Sigo con mi retahíla: me han vuelto a comer los mosquitos, ahora, a la vejez, en mitad de agosto, vinieron un día y me comieron. Desde el despiste de México no me atacaban así. Debo de tener algún tipo de reacción alérgica, pero sólo en determinadas ocasiones, porque estas hinchazones y picores no son normales.
Y la casa llena de gente… Y tener que comprar, cocinar y mantener la compostura. Feliz y sonriente. Sin música se vaya a despertar el niño. Vestida.
Pero a la playa no voy, por eso no paso; un chiringuito al anochecer, como mucho.
Y lo peor es que sé que objetivamente no tengo motivo para quejarme, ni por esta acidez de estómago.
Sólo me puedo recluir en el lugar más caluroso de la casa, allí donde nadie va. Aguanto hasta el borde del síncope. Las noches son lo mejor, pero suelo estar cansada y me dan remordimientos porque temo no rendir al día siguiente, aunque de todas formas no lo vaya a hacer.
Engaño, miento, me invento ocupaciones imprescindibles y hago vistas gordas. No me reconozco y me sorprende mi ingenio para el escaqueo. Descubro que muchos funcionan así.
Me conforma que el verano pasará.
No pretendía este post así, pero si ha salido por algo será.
Tenía cosas en el tintero, unas canciones, un juego precioso, felicitar a Macorina por haber vuelto a escribir, pero hoy no van.
Quizá debería rendirme ante la evidencia, admitir que necesito fines de semana como todo el mundo, y no descansarlo luego todo junto. Mañana es sábado y me estoy inventando que puedo trasnochar. No he ido al concierto de flamenco bajo la luz de la luna en lugar paradisíaco por remordimiento, pero me desquito tomándome mi copa yo sola.
Desciendo por el Spotify y la música me evoca otra noche de verano: el paisaje más desértico, (sé que la música en verano se comunica por las ventanas abiertas, pero me da igual), el paisaje más desértico…

Hace un calor horroroso (NO quiero que empecéis los norteños “uy, pues aquí ha refrescado”, que yo también veo El Tiempo). Repito, hace un calor horroroso, estoy de mala leche, la perra se ha vuelto a subir en el sofá recién limpio y paso de decirle por enésima vez que se baje, y pensé que me iba a salir un post más bonito, pero no. Definitivamente no me gusta el verano, no voy a decir odio porque me reservo la palabra para personas e instituciones. Me han vuelto a denegar un permiso, esta vez uno realmente importante y estoy entre desanimada, asqueada, deprimida, aburrida y yo qué sé. Es que manda huevos, se pone una, crea una empresa que da empleo -en estos tiempos-, buena para el medio ambiente y la salud de las personas, ¿y qué hacen las instituciones? Joderte. Como si ya no fuera suficientemente difícil en sí mismo. ¿Pero qué se puede esperar de ellos? Si son todos unos corruptos, unos ineptos, unos tarados. Este país es UNA MIERDA, no me extraña que estemos como estamos. Es como en los tiempos de la facultad, a más tonto el profesor más suspendía, tenía que remarcar el puesto que ostentaba. En este caso, estamos entre el “bajo cuerda”, por el que ya he tragado (y encantada, al menos es un camino establecido, a eso hemos llegado) y la más absoluta incompetencia. Y acabo de borrar la frase que había escrito porque ya me estoy pasando y soy una señorita 😛 😀

No, pero sobreviviré, como en la canción, y me vengaré, como en las pelis.

Pero con el calor no puedo. Qué sopor. Hasta el ordenador pilla unos recalentones que se me ha apagado cuatro o cinco veces en la última semana. Va haciendo falta otro. No me extraña, son dos años y medio de todo el día, todo el día, para ocio y para trabajo.

No es parálisis, como otras veces, es desgana.

Sí que me está saliendo feo el post, con la de cosas que se me ocurrían mientras viajaba. En fin, es el momento, no me voy a morir ni nada.

A ver, voy a buscar un Youtube bonico, para no dejaros mal sabor de boca:

Uy, en Estocolmo, qué fresquito:

bonita versión: • Romeo and Juliet – The Killers

Cada día me parezco más a mi madre. Hoy he estado con mi hermana y me lo ha comentado justo después de que yo lo pensara. No es que me queje, que mi madre es una mujer admirable, pero no deja de sorprenderme.

Mañana tengo que estar, activa y en otro lugar, a las siete de la mañana. No tengo remedio: la hora en que me duermo es inversamente proporcional a la hora en que tengo que levantarme y a la importancia de la cita. Cuanto más relevante el evento, más tarde me acuesto, menos duermo. Deben ser los nervios, rechazo interno, o quién sabe. Pensaba que con el tiempo la costumbre se iría atenuando, pero no, soy incorregible. Por eso me acuerdo de que me parezco a mi madre, ella siempre dice que cuando tiene que viajar, aunque sea algo irrelevante, la noche antes se pone nerviosa y no puede dormir. Y ya tiene la tira de años, y sigue así. Va a ser que esto no tiene solución.
Será el riesgo, la negación, o vete tú a saber.
Y aquí estoy, que últimamente no escribo un post ni a la de tres; pues hoy, esta noche, me ha dado por ahí. Y con copita y todo, que me he puesto para amenizarme a mí misma. Bueno, ya tengo dos dedos de frente (al menos eso quiero creer) y no me voy a dar el pasote, pero el amago lo tengo.
Me he puesto a los Smiths, altito, que no falte de ná. Cuánto tiempo.
Mañana me voy cagar. Qué finura hablando/escribiendo, ¿verdad? Es la pura verdad.
Asquito de días intensos que estoy teniendo. Tiempo ha me hubiera largado con viento fresco, pero no tengo más remedio que apencar.
Yo no se qué le pasa a esta perra que cada día ladra más, ¿será la música? Son las 23:45 h. Ya se aburrirá, espero.
He tenido tantos posts que escribir estos últimos tiempos… Se los llevará el viento, como los besos que no diste, o como diga la canción.
De verdad que necesito aire puro y éste es mi último reducto.
Qué bonitas canciones las de Morrisey.  Y qué pena que se acabe la copa, y la noche.
Hace un rato he estado con chicas veiteañeras, jóvenes, risueñas y despreocupadas. Me adapté, reí, volví a viejas anécdotas, y sentí vacío y desarraigo.
Que no se acabe la noche.
No puedo decir que sea duro. Duro sería no tener qué comer mañana, el terror, la desesperanza.
Sólo es… un peso.
¿Qué hubiera sido de mi vida de quedarme en Gales, con o sin ella?, ¿de seguir viajando? Cada día que pasa eliges, eliminas posibles.
Me gusta la brisa del mar que siempre corre aquí. Cambió el paradigma, que es como se llama ahora a que el mundo no tiene nada que ver con lo que era o te imaginaste que pudiera ser, ya no existe nada de lo que fue. Y no soy una viejecita flipada con el invento de la radio, y adoro internet, pero estoy asqueada de que todo ha ido a peor. No es sólo que nos vendieran algo que nunca fue, es que esto… no.
Creo que he pillado un poco de insolación; si es que yo el sol… fatal.
No quiero ser pesimista, seguiré riendo, pero ya creo en menos cosas. Sí en que la revolución está en cada uno de nosotros y es mental.
Vaya post a trompicones, todavía soy capaz de colgarlo.
Tiempo, dinero. Ganas.
Me acuerdo cuando me miró, se le iluminaron los ojos, sonrió y me dijo, entre sorprendida y maravillada: “¡Estás soñando!”. Sí, yo sueño, siempre he soñado, despierta, que se disfruta más. Soñaba que me quería mientras me estaba queriendo.
Se va a acabar la noche, lo estoy viendo. Y mañana no voy a estar lúcida, también lo estoy viendo. Si alguna vez lo estuve.
Y pasaré el día a trompicones, como el post.

Para situarnos en esta historia de claros y oscuros, hay que remontarse a los años anteriores a la guerra civil (a riesgo de parecer Garci, pero no, no va a ser tan horrible :P, aunque un poco larga sí).

Sucedió en uno de los municipios de la Serranía de Ronda, en la provincia de Málaga. Por aquel entonces, y aún hoy, se trata de pequeños pueblos muy aislados por las condiciones orográficas, donde había clanes rurales con unas leyes internas diferentes y un sentido de la propiedad muy arraigado.

Este suceso que voy a contar fue tergiversado por los medios de comunicación de la época para entretener a los lectores. Los periodistas se basaron en habladurías y versiones de segunda mano, porque repito, estos pueblos estaban muy aislados y los viajeros lo más lejos que llegaban era a Ronda. Ya existen pocas personas vivas que sepan del suceso, pero alguna queda.

Fernando Fajardo Arroyo era un pastor de cabras de treinta y cinco años, casado y con cinco hijos, de buen carácter en general, aunque algo camorrista y muy influenciable por los comentarios de su familia. No tenía buena fama en el pueblo, y se sospechaba que había robado ganado. Tenía arrendadas unas tierras junto a la finca de su suegro, llamada La Fuencaliente. Aunque era pastor había pensando dedicarse a la agricultura y cuando se enteró de que su suegro iba vender la finca, famosa por su excelente producción, no dudó en mostrar interés. Sin embargo, y aunque ofrecía más dinero que nadie, el suegro se negó a vendérsela, no sabemos la razón (pero ya se la podía haber vendido). Prefirió hacerlo a Santiago Bermúdez, primo de Fernando. Cuando Fernando se enteró de que su primo había comprado las tierras montó en cólera. Él interpretaba que tendría más derecho que nadie a comprarlas. Furioso y enardecido por los comentarios del pueblo y la familia, exigió a Santiago que le revendiera la finca, a lo que éste se negó. Fernando lo consideró como una traición y juró vengarse. En el pueblo comentaba, cada vez que tenía ocasión, que la Fuencaliente tenía que ser suya.

Fuencaliente

Santiago, era un hombre trabajador que llevaba una ganadería, cultivaba la tierra y era guarda de unas minas. Vivía con su esposa y los cuatro hijos de ambos, la menor (que aún vive) de apenas unos meses.
Pasan unos meses y parece que los ánimos se habían calmado, pero Fernando va a la feria de ganado de Ronda en septiembre, vende las cabras y se compra una escopeta. Con el dinero en una mano y la escopeta en otra, va en busca de Santiago y le replantea la compra. Comienzan a discutir, Fernando dispara el arma, hiere a Santiago y, sin ser su intención, mata a la hija de éste, de dieciocho años, que viajaba con su padre en la parte de atrás del mulo.
Fernando se convierte en un forajido perseguido por la guardia civil y huye al monte. Aún así, su afán de conseguir la finca se incrementa y hace llegar la noticia de que su venganza no está cumplida, por lo que Santiago, temeroso, siempre se hace acompañar por un arma y la guardia civil establece un retén permanente para protegerle.
El 3 de diciembre de ese año el retén de la guardia civil marcha a reprimir una revuelta en el pueblo de al lado. En ese momento Fernando acecha la finca, pero es sabedor de su mala puntería. Envía a su hijo en busca de su sobrino, Paulino Fajardo, de veintitrés años, y le requiere para que le ayude en la venganza. No sabemos las motivaciones del joven, pero lo cierto es que colabora con su tío.
Van a la finca y sorprenden a Santiago y a su hijo mayor mientras trabajan el campo. Les disparan, matan al padre y dejan malherido al hijo que huye al monte entre la niebla. La esposa de Santiago, al oír los disparos, sale con la hija pequeña en brazos y también son tiroteadas, al igual que los otros dos hermanos. A continuación, sueltan a los cerdos para que terminen con ellos.
Tan sólo sobreviven el hijo mayor y la pequeña, a pesar de haber recibido disparos.
Fernando vuelve a la sierra, acompañado por su familia y su sobrino.

familia

Fotografía tomada antes de los crímenes: 1 y 2 el matrimonio asesinado Santiago Bermúdez y su mujer, 3 y 4 los dos hijos, 5 es el sobrino Paulino Fajardo colaborador del asesino, y 6 Fernando Fajardo.

Fue tal la crueldad del crimen que todo el país pedía justicia. Las autoridades se obsesionaron por atrapar al asesino.
Estuvieron a punto en varias ocasiones:
Cuentan que un día descansaba en un alto el bandolero junto a su hijo, al que había encargado que vigilara mientras él dormía. El niño no estuvo atento y cuando Fernando despertó una pareja de civiles estaba tan cerca que sólo le dio tiempo a coger la escopeta y salir corriendo, dejando allí la munición y al niño.
Los civiles capturaron al niño y lo llevaron con ellos a la casa de un pastor, donde estuvieron descansando y tomando café. Mientras, Fernando los vigilaba. Cuando se fueron, Fernando pasó por la casa, tomó café, y siguió a los civiles. Los encañonó y ordenó al niño que corriera hacia un lugar seguro.

Fernando visitaba con frecuencia las casas de la zona y los vecinos, por miedo o complicidad, no lo delataban. En una ocasión paró en un cortijo, entró en la casa y dejó la escopeta y el zurrón en el quicio de la puerta. Justo entonces pasaba por la zona una pareja de civiles que viendo la escopeta y el zurrón imaginaron que el bandolero se encontraba dentro del cortijo, dieron el alto a lo que Fernando respondió con un rápido movimiento que le permitió alcanzar la escopeta y encañonar a los civiles que huyeron despavoridos hacia el río, entre una lluvia de disparos. Los civiles subieron al cortijo varias horas después. Mientras tanto, Fernando hacía tiempo que se había marchado; los civiles tomaron como escudos humanos a dos hijas del dueño ante el temor de que Fernando se encontrara aún en el cortijo. Para justificar semejante ridículo la emprendieron a balazos con la fachada principal de la casa. Aún son visibles los impactos de los proyectiles en la pared de la casa.

A pesar de estas ocasiones en la que Fernando logró escapar, acabaron por dar con su paradero. Se produjo una emboscada y un enfrentamiento muy largo y duro que finalizó con la muerte de Fernando y dos de sus hijos, así como de un guardia civil.

El sobrino, Paulino Fajardo, huyó herido y desapareció, al tiempo que comenzaba su leyenda.
Paulino hace suyas las malas intenciones de su tío, extendidas ahora a toda la familia de los Bermúdez, a quienes acusaba del chivatazo que acabó con la vida de su tío y estuvo a punto de terminar con la suya.
Paulino, posiblemente, estimaba que la polémica entre Santiago y su tío Fernando era una cuestión familiar y no de justicia, que había que dilucidarla entre ellos. Quizás la idea que manejaban era matar a Santiago, pero una vez cumplido el objetivo la eliminación de testigos justificaba, para Paulino y Fernando, los otros asesinatos; ahora Paulino pretendía seguir matando a los Bermúdez, esta vez por chivatos.
Paulino contaba con grandes simpatías entre la gente del campo y en su pueblo; así se explica que, tan sólo un mes después de ser herido, hubiera curado sus heridas e intentara asesinar a otro de los Bermúdez, tiroteándolo cuando se dirigía a la Fuencaliente con su familia en un mulo. Con más puntería que su tío, más arrojo y más simpatías que él, siguió huido en la sierra. Con fama de comunista, para muchos era un referente de la situación convulsa que se vivía en el país. Su nombre, frecuentemente, se utilizaba como amenaza: “como baje Paulino Fajardo de la sierra, a más de uno…”, decían los naturales de la zona cuando los conflictos con los señoritos del lugar se tornaban especialmente difíciles. Se tiene constancia de varios tiroteos con la guardia civil, y también intentó tres nuevas agresiones contra los Bermúdez.
Con el estallido de la guerra civil, Paulino Fajardo pasó de proscrito a Jefe de Milicias Populares de su pueblo. La transformación fue radical: un hombre de campo, con una imagen rudimentaria de la justicia, que había intentado matar a sus parientes y había participado en una carnicería, asume responsabilidades de un cargo político. Aún en medio de una guerra y cuando más fácil tenía la venganza, parece que cambia sus reglas del juego y acepta normas hasta mucho más allá que sus correligionarios del Frente Popular. Así, de bandolero en la sierra pasó a protector de personas de derechas. Curiosamente, no volvió a ejercer ningún acto violento contra los Bermúdez. Una vez en el poder, no lo utiliza para vengarse.
Se tiene constancia de que también evitó la muerte del cura de su pueblo y de muchos otros de ideología de derechas. La secretaria local de falange fue capturada en Ronda y Paulino Fajardo fue hasta allí a lomos de un caballo blanco que había pertenecido al capitán de la guardia civil, para conseguir salvarla del fusilamiento, hecho que consiguió y que está certificado por esa misma persona.
Según dicen, aunque ya raya la idealización y hasta la extraña “santificación” de este personaje, Paulino Fajardo custodió personalmente la mano de Santa Teresa para que no sufriera daño alguno y posteriormente la depositó en un convento de Marbella. La mano, con el tiempo, fue donada a Franco que la mantuvo en su dormitorio como reliquia durante los años que ejerció la dictadura.
Sin embargo, Paulino debió conservar gusto por el modelo de justicia que trataron de aplicar su tío y él en la Fuencaliente: sabedor de que la moral de la tropa estaba baja y de la ineficacia de los comités locales, siguiendo su costumbre de participar en los ajustes de cuentas e impartir su peculiar justicia, mató de un tiro a bocajarro a un Jefe de Milicias de Marbella que se quedaba con dinero de los milicianos.
Antes, el Jefe de Milicias, había escrito una carta contra Queipo de Llano con insultos y amenazas y la firmó como Paulino Fajardo. Cuando las tropas franquistas tomaron Ronda, Paulino es puesto en busca y captura. Su madre, el cura, la falangista y otros muchos hablan por él y consiguen que se entregue con la promesa de que será tratado con justicia. Paulino se entrega, pero tres días después fue fusilado en la cárcel de Málaga sin que se le hubiera abierto causa judicial ninguna. Era el año 1.937.

“Si alguna vez vais a tomar el té con el Papa, decidle que una bruja transgénero ha dicho que Jesús es una niña de Afganistán”.

Antony, el de los Johnson, dixit. La bruja transgénero es él.
No era una frase preparada, la pronunció sobre la marcha durante su último concierto en Madrid, en mitad de un discurso feminista de más diez minutos que a algunos cargó ligeramente y a mí me entusiasmó (contra lo que pueda parecer, es un tipo divertido). Después interpretó al piano cómo sería la segunda venida de Jesús, encarnado en la niña de Afganistán, cómo sale de una cueva y divide las aguas y, (suspense…) todos, y ella misma, toman consciencia de que es Jesús. Se le va la bola, pero es un ser maravilloso.

Ésta es mi canción favorita de Antony: Cripple and the Starfish

La cantó en el concierto. En un momento dado se bloqueó. Podía haber seguido, acompañado por unos músicos excelentes, y prácticamente nadie se hubiera dado cuenta (¿cuántas veces no hemos visto eso en un concierto?), pero paró y ordenó a sus sorprendidos acompañantes que pararan. Dijo que a veces se bloqueaba cuando cantaba esa canción (no me extraña, yo estaba extasiada); la gente aplaudió y él dijo, disgustado consigo mismo, que no aplaudieran, que las cosas malas no se aplauden. Y volvió, con mucha aplicación, al teclado.

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Estos días han muerto Antonio Vega y Mario Benedetti. El mundo está hecho una mierda, pero cuando piensas en estas personas, te das cuenta de que también está lleno de seres maravillosos, artistas y poetas que regalan magia, y gente corriente también, gente con enormes corazones que por lo menos te permiten pensar que este paseo merece la pena.

De nuevo he cambiado mi vida, no tengo remedio.
Cuando por fin comencé el proyecto fue como estar enamorada. Me acostaba pensando en él. Me despertaba, al amanecer, hecha polvo, y sin dolor, ilusionada, me iba hacia allá.
El enamoramiento pasó casi a obsesión, tengo tendencia, y ahora estoy buscando equilibrios.
No sólo encontré a la empleada perfecta, ¡encontré a dos! No hay nada como desear las cosas, tengo la maldición.
Fui a Lisboa, el último día conseguí desconectar. Fui a Madrid y me hubiera quedado. Volví y el dinosaurio seguía allí 🙂

No paro de aprender cosas y el cielo me parece más grande que antes, aunque a veces no pueda sino preguntarme por qué iría a plantar la estaca aquí.

Desayunamos en un bar de viejos, puedes ver a algunos con el carajillo, otros con las tragaperras, tan temprano. Allí te enteras de todo y puedes contratar personal, maquinaria, lo que quieras.
A media mañana vamos al bar ultrapijo del puerto deportivo, donde además hay wifi. Con nuestras peores pintas, las botas hasta arriba de barro, allí nos plantamos, entre jubilados ricos y parásitos varios. En este lugar también se hacen negocios, ventas de yates de millonarios venidos a menos y esas cosas.
Algunos días, por la tarde, si hay que hablar más cosas, vamos al chiringuito moderno que está más lejos, donde a veces los guiris se reúnen a ver el fútbol.
Un día fuimos a la playa, a la bonita, por cambiar, pero allí no hay mesas.

También nos vienen a visitar, no sólo los de los presupuestos, sino toda una procesión de gentes variadas que se dan largos paseos para preguntar qué es lo que hacemos allí. Unos aconsejan, otros se entusiasman, los malvados desaniman.

Es un mundo extraño, para qué lo voy a negar, pero una aventura más.

Lo único, la distancia: la previsible soledad y el temido olvido. Y organizar viajes, escalas y encuentros, arañar los días para poder repartirme.

Algún día volverá a cambiar mi vida, pero para eso todavía queda mucho. Mientras, tras el enamoramiento, tengo un compromiso con un trocito de tierra.